ANGELUS DEL PAPA

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Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El Evangelio de la liturgia de hoy (Mc 9,30-37) nos cuenta que, de camino a Jerusalén, los discípulos de Jesús discutían sobre quién «era el más grande entre ellos» (v. 34). Entonces Jesús les habló de forma contundente, que también se aplica a nosotros hoy: «Si uno quiere ser el primero, sea el último de todos y el servidor de todos» (v. 35). Si quieres ser el primero, tienes que ir al final de la fila, ser el último y servir a todos. Con esta frase lapidaria, el Señor inaugura una inversión: da un vuelco a los criterios que marcan lo que realmente cuenta. El valor de una persona ya no depende del papel que desempeña, del éxito que tiene, del trabajo que hace, del dinero que tiene en el banco; no, no depende de eso; la grandeza y el éxito, a los ojos de Dios, tienen otro rasero: se miden por el servicio. No por lo que se tiene, sino por lo que se da. ¿Quieres sobresalir? Sirve. Este es el camino.

Hoy en día la palabra “servicio” parece un poco descolorida, desgastada por el uso. Pero en el Evangelio tiene un significado preciso y concreto. Servir no es una expresión de cortesía: es hacer como Jesús, que, resumiendo su vida en pocas palabras, dijo que había venido «no a ser servido, sino a servir» (Mc 10,45). Así dijo el Señor. Por eso, si queremos seguir a Jesús, debemos recorrer el camino que Él mismo ha trazado, el camino del servicio. Nuestra fidelidad al Señor depende de nuestra disponibilidad a servir. Y esto cuesta, lo sabemos, porque “sabe a cruz”. Pero a medida que crecemos en el cuidado y la disponibilidad hacia los demás, nos volvemos más libres por dentro, más parecidos a Jesús. Cuanto más servimos, más sentimos la presencia de Dios. Sobre todo, cuando servimos a los que no tienen nada que devolvernos, los pobres, abrazando sus dificultades y necesidades con la tierna compasión: y ahí descubrimos que a su vez somos amados y abrazados por Dios.

Precisamente para ilustrarlo, Jesús después de haber hablado de la primacía del servicio, hace un gesto. Hemos visto que los gestos de Jesús son más fuertes que las palabras que usa. Y ¿cuál es el gesto? Toma un niño y lo coloca en medio de los discípulos, en el centro, en el lugar más importante (cf. v. 36). El niño, en el Evangelio, no simboliza tanto la inocencia como la pequeñez. Porque los pequeños, como los niños, dependen de los demás, de los adultos, necesitan recibir. Jesús abraza a ese niño y dice que quien recibe a un pequeño, a un niño, lo recibe a Él (cf. v. 37). Esto es, en primer lugar, a quién servir: a los que necesitan recibir y no tienen nada que devolver. Servir a los que necesitan recibir y no tienen para devolver. Acogiendo a los que están en los márgenes, desatendidos, acogemos a Jesús, porque Él está ahí. Y en un pequeño, en un pobre al que servimos, también nosotros recibimos el tierno abrazo de Dios.

Queridos hermanos y hermanas, interpelados por el Evangelio, preguntémonos: yo, que sigo a Jesús, ¿me intereso por los más abandonados? ¿O, como los discípulos aquel día, busco la gratificación personal? ¿Entiendo la vida como una competición para abrirme un hueco a costa de los demás, o creo que sobresalir es servir? Y, concretamente: ¿dedico tiempo a algún “pequeño”, a una persona que no tiene medios para corresponder? ¿Me ocupo de alguien que no puede devolverme el favor, o sólo de mis familiares y amigos? Son preguntas que podemos hacernos.

Que la Virgen María, humilde sierva del Señor, nos ayude a comprender que servir no nos disminuye, sino que nos hace crecer. Y que hay más alegría en dar que en recibir (cf. Hch 20,35).

19 septiembre 2021

DE CAMINO

Lucas 8,1-3

. Lucas es el evangelista que describe la contribución de las mujeres al apostolado de Jesús. Cristo las ha liberado de las alienaciones de la sociedad judía. Acompañaron a Jesús desde el comienzo de su ministerio y gozaron de una condición o posición no muy distanciada de la de los Doce; después de la resurrección, ellas fueron las primeras en proclamar que Cristo había resucitado.

. Hay un paralelismo entre lo que Lucas dice del grupo de los “doce” en el capítulo 5 y lo que dice en el capítulo 8 que hoy hemos leído del grupo de las tres mujeres (María Magdalena, Juana, Susana) y el resto de sus compañeras.

. El “curriculum” de estas mujeres, sus méritos para entrar a formar parte de la comunidad de discípulos, es desconcertante. No se alude a cualidades especiales, ni a títulos de ningún tipo. Lo que estas mujeres tienen en común, y lo que a Lucas le interesa subrayar, es que “habían sido curadas de espíritus malos y de enfermedades”. Son mujeres que se sienten curadas por Jesús. Responden entregando sus personas (“lo acompañan por el camino”) y sus bienes.

. Juntamente con los Doce, son acompañantes o compañeras de Jesús mientras él va de pueblo en pueblo anunciando la Buena Noticia de salvación.

. En Jesús todos los prejuicios contra la mujer han caído, hombre y mujer tiene la misma dignidad, como al principio (Gen.1,27). A ambos Dios los bendijo y les confió la administración, el goce y humanización de la creación.

Con toda razón el reino anunciado e iniciado por Jesús se sale de todo molde, de toda expectativa.

San Pablo afirma: “ya no hay distinción entre judío y griego, esclavo y libre, hombre y mujer pues con el Mesías Jesús todos sois uno”.

El apóstol rompe todos los moldes de la época impulsando la reivindicación femenina en la Iglesia, fiel seguidor de la novedad revolucionaria de Cristo.

Supo valorar el esfuerzo y la responsabilidad de muchas mujeres necesarias para una efectiva evangelización a favor de la comunidad cristiana.

. En las Iglesias paulinas había mujeres que dirigían las asambleas de oración, mujeres profetas (1 Cor 11,3-5), diaconisas (Rom 16,1) y líderes femeninos capaces de explicar “con mayor exactitud el camino de Dios” (Hch 18,26.).

. En la catequesis del 8 de septiembre el Papa decía: “El apóstol afirma con gran audacia que la identidad recibida con el bautismo es una identidad totalmente nueva, como para prevalecer sobre las diferencias que existen a nivel étnico-religioso. Es decir, lo explica así: «ya no hay judío ni griego»; y también a nivel social: «ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer» (Ga 3,28).

La igualdad en Cristo supera la diferencia social entre los dos sexos, estableciendo una igualdad entre hombre y mujer entonces revolucionaria y que hay necesidad de reafirmar también hoy. Es necesario reafirmarla también hoy.

Hay en la historia, también hoy, una esclavitud de las mujeres: las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres. Debemos leer lo que dice Pablo: somos iguales en Cristo Jesús”.

DE CAMINO

Lucas 7,36-50

. La escena evangélica de hoy habla por sí sola. El fariseo y la mujer representan dos actitudes ante Dios, dos tipos de religiosidad.

El evangelista presenta el marco perfecto para que Jesús establezca la distancia enorme que hay entre el legalismo y la apertura a la experiencia de la novedad del reino.

. El fariseo Simón invita a Jesús a su casa, pero no lo toca, mantiene las distancias de seguridad. Admira a Jesús, pero no sabe bien quién es (“si fuera profeta”) y no acaba de fiarse. Procura ser cortés, pero se mantiene en su posición, no se entrega. Actúa según las normas.

La mujer pecadora da el primer paso: se introduce en la casa. Besa y unge a Jesús con perfume y lágrimas. No pierde el tiempo en averiguar “quién es”: se entrega sin condiciones. No justifica su conducta. Deja que fluyan las lágrimas. No pronuncia palabra. Su cuerpo entero se hace palabra

. Jesús se hizo cargo perfectamente de la situación; aprovecha la ocasión para dejar claro que él había sido enviado para llamar a los pecadores y salvar lo perdido y marginado. Dejó caer una de las parábolas de las suyas: Dos deudores insolventes debían cincuenta y quinientos denarios respectivamente. Ambos fueron perdonados por su acreedor. ¿Cuál le amará más? Preguntó al fariseo. Su respuesta es obvia: aquel a quien más perdonó.

Simón y la mujer sin nombre son los dos personajes de la parábola; el fariseo es el que debe cincuenta, y la mujer quinientos. Es evidente quién agradece más, quien más ama: la pecadora. “Sus muchos pecados han quedado perdonados, porque ha amado mucho”.

. Jesús enseña una lección muy importante: ni el cumplimiento más riguroso de la Ley, ni las privaciones, ni la “separación” en que viven los piadosos fariseos, ni el sentirse bueno, conmueven a Dios; sólo el amor y el reconocimiento interior de ser pecador atrae la misericordia y el perdón de Dios.

.  Para nosotros también, el encuentro de Jesús con nosotros es siempre un encuentro de perdón.

Decía el Papa el 12 junio 2016: «La mujer pecadora es juzgada y marginada, mientras Jesús la acoge y la defiende: “Porque tiene mucho amor”. Es esta la conclusión de Jesús, atento al sufrimiento y al llanto de aquella persona. Su ternura es signo del amor que Dios reserva para los que sufren y son excluidos».

DE CAMINO

Juan 3,13-17

. En la misa del domingo pasado celebrada por el Papa en Budapest decía: “La cruz no está nunca de moda,ni hoy ni en el pasado. Pero sana por dentro. Es delante del Crucificado que experimentamos una benéfica lucha interior, un áspero conflicto entre el pensar “como piensa Dios” y el pensar “como piensan los hombres”.

Y no podemos olvidar lo que el mismo Jesús nos decía, en el evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.

. En esta fiesta de “la Exaltación de la Santa Cruz” hemos de mirar al árbol de la cruz ”como piensa” Dios: “para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” “pues tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”. La cruz es el signo del amor de Dios a nosotros.

. Lo comenta San Pablo en la lectura de hoy: “se despojó de su rango”, en la Encarnación; “se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz”; y, por eso, “Dios lo levantó sobre todo, de modo que toda lengua proclame “Jesús es el Señor”.

El cristianismo es un mensaje de amor. ¿Por qué entonces exaltar la Cruz? Además, la Resurrección, más que la Cruz, da sentido a nuestra vida.

La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor y hacerlo redentor.

. Mirar a Jesús en la cruz es contemplar la paradoja: es suplicio e ignominia de esclavos, y resulta una exaltación. Jesús acepta la cruz por obediencia. Asume el mal que le lleva a la cruz y lo destruye con el poder de su amor.

Por eso, a los cristianos solo nos queda contemplar, mirar, agradecer, adorar, aceptar esta cruz.

. Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, el Santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes, aunque siga siendo un tremendo misterio.

En toda su vida Jesús no hizo más que bajar: en la Encarnación, en Belén, en el destierro. Perseguido, humillado, condenado. Sólo sube para ir a la Cruz. Y en ella está elevado, como la serpiente en el desierto, para que le veamos mejor, para atraernos e infundirnos esperanza.

Pues Jesús no nos salva desde fuera, como por arte de magia, sino compartiendo nuestros problemas. Jesús no está en la Cruz para adoctrinarnos con palabras, sino para compartir nuestro dolor solidariamente.

Seguimos a Cristo, y aceptamos nuestra cruz; si de verdad nos disponemos a amar, nos llegará, y pronto, la cruz. Pues esa es nuestra cruz. No busquemos otra.

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas:

Eucaristía significa “acción de gracias” y al finalizar esta Celebración, que cierra el Congreso Eucarístico y mi visita a Budapest, quisiera dar gracias de todo corazón. Gracias a la gran familia cristiana húngara, que deseo abrazar en sus ritos, en su historia, en las hermanas y hermanos católicos y de otras confesiones, todos en camino hacia la unidad plena. A este respecto, saludo de corazón al Patriarca Bartolomé, Hermano que nos honra con su presencia. Gracias, en particular, a mis amados hermanos obispos, a los sacerdotes, a los consagrados y consagradas, y a todos ustedes, queridos fieles. Un agradecimiento grande a quienes se han esforzado tanto por la realización del Congreso Eucarístico y de esta jornada.

Al renovar la gratitud a las autoridades civiles y religiosas que me han acogido quisiera decir köszönöm [gracias] a ti, pueblo de Hungría. El himno que ha acompañado el Congreso se dirige a ti de esta manera: «Durante mil años la cruz fue columna de tu salvación, que también ahora la señal de Cristo sea para ti la promesa de un futuro mejor». Esto es lo que les deseo, que la cruz sea vuestro puente entre el pasado y el futuro. El sentimiento religioso es la savia de esta nación, tan unida a sus raíces. Pero la cruz, plantada en la tierra, además de invitarnos a enraizarnos bien, eleva y extiende sus brazos hacia todos; exhorta a mantener firmes las raíces, pero sin encerrarse; a recurrir a las fuentes, abriéndose a los sedientos de nuestro tiempo. Mi deseo es que sean así: fundamentados y abiertos, arraigados y respetuosos. Isten éltessen! [¡Felicidades!] La “Cruz de la misión” es el símbolo de este Congreso. Que los lleve a anunciar con la vida el Evangelio liberador de la ternura sin límites que Dios tiene por cada uno. En la carestía de amor de hoy, es el alimento que el hombre espera.

Hoy, no muy lejos de aquí, en Varsovia, dos testigos del Evangelio son proclamados beatos: el Cardenal Esteban Wyszyński e Isabel Czacka, fundadora de las Hermanas Franciscanas Siervas de la Cruz. Dos figuras que conocieron de cerca la cruz: el Primado de Polonia, arrestado y segregado, fue siempre un pastor valiente según el corazón de Cristo, heraldo de la libertad y de la dignidad del hombre; sor Isabel, que perdió la vista muy joven, dedicó toda su vida a ayudar a los ciegos. Que el ejemplo de los nuevos beatos nos estimule a transformar las tinieblas en luz con la fuerza del amor.

Para finalizar rezamos el Ángelus, en este día en que veneramos el santísimo nombre de María. Antiguamente, por respeto, ustedes húngaros no pronunciaban el nombre de María, pero la llamaban con el mismo título honorífico utilizado para la reina. Que la “Beata Reina, vuestra antigua patrona” los acompañe y los bendiga. Mi bendición, desde esta gran ciudad, quiere llegar a todos, en particular a los niños y a los jóvenes, a los ancianos y a los enfermos, a los pobres y a los excluidos. Con ustedes y para ustedes digo: Isten, áldd meg a magyart! [¡Que Dios bendiga a los húngaros!]

DE CAMINO

Lucas 7,1-10

Hoy contemplamos la escena del centurión romano, quien, por medio de emisarios, pide a Jesús que cure a su criado. Jesús dice de él una gran alabanza: “Ni en Israel he encontrado tanta fe”.

Entre las reflexiones posibles de este texto de san Lucas tan trabajado podemos poner nuestra atención en el personaje del “centurión romano”.

. El centurión del evangelio es modelo de relación con Dios. Sabe ponerse en su lugar de siervo, sabe confiar en el poder infinito de Dios manifestado en Jesús; en ningún momento se presenta a Jesús, se sirve de intermediarios: los dirigentes judíos y unos amigos.

. Es un hombre atento, “a la escucha”: “al oír hablar de Jesús”, “tiene afecto a nuestro pueblo” dirán los ancianos a Jesús, “nos ha construido la sinagoga”, y es respetuoso con las costumbres judías: “le envió unos ancianos de los judíos” pues él, una autoridad romana, un centurión del ejército romano se consideraba indigno de presentarse ante Jesús. “Tampoco me sentí digno de venir a ti personalmente”.

La reacción de Jesús también es sorprendente; rompe con el esquema habitual de los milagros: no entra en relación directa con el enfermo; accede a la petición de los dirigentes judíos y posteriormente a la de los amigos; y alaba la fe del centurión, un no judío al que se le podía acusar de varias cosas. “Os digo que ni en Isreal he encontrado tanta fe”.

. La fe del centurión va más allá de los esperado. Considera que Jesús actúa con la autoridad de Dios y por ello no necesita tocar para sanar de raíz. Cuando se entera que “Jesús se puso en camino” pues “no estaba lejos de su casa, cuando el centurión le envió unos amigos” con un mensaje que los cristianos recordamos a lo largo de los siglos cuando nos acercamos a comulgar: “Señor, no te molestes, porque no soy digno de que entres bajo mi techo”.

. Hoy a lo largo del día, podemos repetir, imitando la actitud del centurión, “Señor, no soy digno de que entres en mi casa, pero una palabra tuya bastará para sanarme”

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

LO QUE ALGUNOS DICEN HOY

También en el nuevo milenio sigue resonando la pregunta de Jesús: «Y vosotros, ¿quién decís que soy yo?». No es para llevar a cabo un sondeo de opinión. Es una pregunta que nos sitúa a cada uno a un nivel más profundo: ¿quién es hoy Cristo para mí? ¿Qué sentido tiene realmente en mi vida? Las respuestas pueden ser muy diversas:

«No me interesa. Así de sencillo. No me dice nada; no cuento con él; sé que hay algunos a los que sigue interesando; yo me intereso por cosas más prácticas e inmediatas». Cristo ha desaparecido del horizonte real de estas personas.

«No tengo tiempo para eso. Bastante hago con enfrentarme a los problemas de cada día: vivo ocupado, con poco tiempo y humor para pensar en mucho más». En estas personas no hay un hueco para Cristo. No llegan a sospechar el estímulo y la fuerza que podría él aportar a sus vidas.

«Me resulta demasiado exigente. No quiero complicarme la vida. Se me hace incómodo pensar en Cristo. Y, además, luego viene todo eso de evitar el pecado, exigirme una vida virtuosa, las prácticas religiosas. Es demasiado». Estas personas desconocen a Cristo; no saben que podría introducir una libertad nueva en su existencia.

«Lo siento muy lejano. Todo lo que se refiere a Dios y a la religión me resulta teórico y lejano; son cosas de las que no se puede saber nada con seguridad; además, ¿qué puedo hacer para conocerlo mejor y entender de qué van las cosas?». Estas personas necesitan encontrar un camino que las lleve a una adhesión más viva con Cristo.

Este tipo de reacciones no son algo «inventado»: las he escuchado yo mismo en más de una ocasión. También conozco respuestas aparentemente más firmes: «soy agnóstico»; «adopto siempre posturas progresistas»; «solo creo en la ciencia». Estas afirmaciones me resultan inevitablemente artificiales, cuando no son resultado de una búsqueda personal y sincera.

Jesús sigue siendo un desconocido. Muchos no pueden ya intuir lo que es entender y vivir la vida desde él. Mientras tanto, ¿qué estamos haciendo sus seguidores?, ¿hablamos a alguien de Jesús?, ¿lo hacemos creíble con nuestra vida?, ¿hemos dejado de ser sus testigos?

 José Antonio Pagolaç

Marcos 8,27-35

Domingo XXIV TPO B

12 septiembre 2021

CATEQUESIS DEL PAPA

Catequesis 8. Somos hijos de Dios

Hermanos y hermanas, ¡buenos días! Proseguimos nuestro itinerario de profundización de la fe —de nuestra fe—- a la luz de la Carta de san Pablo a los Gálatas. El apóstol insiste con esos cristianos para que no olviden la novedad de la revelación de Dios que se les ha anunciado. Plenamente de acuerdo con el evangelista Juan (cf. 1 Jn 3,1-2), Pablo subraya que la fe en Jesucristo nos ha permitido convertirnos realmente en hijos de Dios y también en sus herederos. Nosotros, los cristianos, a menudo damos por descontado esta realidad de ser hijos de Dios. Sin embargo, siempre es bueno recordar de forma agradecida el momento en el que nos convertimos en ello, el de nuestro bautismo, para vivir con más consciencia el gran don recibido.

Si yo hoy preguntara: ¿quién de vosotros sabe la fecha de su bautismo?, creo que las manos levantadas no serían muchas. Y sin embargo es la fecha en la cual hemos sido salvados, es la fecha en la cual nos hemos convertido en hijos de Dios. Ahora, aquellos que no la conocen que pregunten al padrino, a la madrina, al padre, a la madre, al tío, a la tía: “¿Cuándo fui bautizado? ¿Cuándo fui bautizada?”; y recordar cada año esa fecha: es la fecha en la cual fuimos hechos hijos de Dios. ¿De acuerdo? ¿Haréis esto? [responden: ¡sí!] Es un “sí” así ¿eh? [ríen] Sigamos adelante…

De hecho, una vez «llegada la fe» en Jesucristo (v. 25), se crea la condición radicalmente nueva que conduce a la filiación divina. La filiación de la que habla Pablo ya no es la general que afecta a todos los hombres y las mujeres en cuanto hijos e hijas del único Creador. En el pasaje que hemos escuchado él afirma que la fe permite ser hijos de Dios «en Cristo» (v. 26): esta es la novedad. Es este “en Cristo” que hace la diferencia. No solamente hijo de Dios, como todos: todos los hombres y mujeres somos hijos de Dios, todos, cualquiera que sea la religión que tenemos. No. Pero “en Cristo” es lo que hace la diferencia en los cristianos, y esto solamente sucede en la participación a la redención de Cristo y en nosotros en el sacramente del bautismo, así empieza. Jesús se ha convertido en nuestro hermano, y con su muerte y resurrección nos ha reconciliado con el Padre. Quien acoge a Cristo en la fe, por el bautismo es “revestido” por Él y por la dignidad filial (cf. v. 27).

San Pablo en sus Cartas hace referencia en más de una ocasión al bautismo. Para él, ser bautizados equivale a participar de forma efectiva y real en el misterio de Jesús. Por ejemplo, en la Carta a los Romanos llegará incluso a decir que, en el bautismo, hemos muerto con Cristo y hemos sido sepultados con Él para poder vivir con Él (cf. 6,3-14). Muertos con Cristo, sepultados con Él para poder vivir con Él. Y esta es la gracia del bautismo: participar de la muerte y resurrección de Jesús. El bautismo, por tanto, no es un mero rito exterior. Quienes lo reciben son transformados en lo profundo, en el ser más íntimo, y poseen una vida nueva, precisamente esa que permite dirigirse a Dios e invocarlo con el nombre “Abbà”, es decir “papá”. “¿Padre?” No, “papá” (cf. Gal 4,6).

El apóstol afirma con gran audacia que la identidad recibida con el bautismo es una identidad totalmente nueva, como para prevalecer sobre las diferencias que existen a nivel étnico-religioso. Es decir, lo explica así: «ya no hay judío ni griego»; y también a nivel social: «ni esclavo ni libre; ni hombre ni mujer» (Ga 3,28). Se leen a menudo con demasiada prisa estas expresiones, sin acoger el valor revolucionario que poseen. Para Pablo, escribir a los gálatas que en Cristo “no hay judío ni griego” equivalía a una auténtica subversión en ámbito étnico-religioso. El judío, por el hecho de pertenecer al pueblo elegido, era privilegiado respecto al pagano (cf. Rm 2,17-20), y el mismo Pablo lo afirma (cf. Rm 9,4-5). No sorprende, por tanto, que esta nueva enseñanza del apóstol pudiera sonar como herética. “¿Pero cómo, iguales todos? ¡Somos diferentes!”. Suena un poco herético, ¿no?

También la segunda igualdad, entre “libres” y “esclavos”, abre perspectivas sorprendentes. Para la sociedad antigua era vital la distinción entre esclavos y ciudadanos libres. Estos gozaban por ley de todos los derechos, mientras a los esclavos no se les reconocía ni siquiera la dignidad humana. Esto sucede también hoy: mucha gente en el mundo, mucha, millones, que no tienen derecho a comer, no tienen derecho a la educación, no tienen derecho al trabajo: son los nuevos esclavos, son aquellos que están en las periferias, que son explotados por todos. También hoy existe la esclavitud. Pensemos un poco en esto. Nosotros negamos a esta gente la dignidad humana, son esclavos.

Así, finalmente, la igualdad en Cristo supera la diferencia social entre los dos sexos, estableciendo una igualdad entre hombre y mujer entonces revolucionaria y que hay necesidad de reafirmar también hoy. Es necesario reafirmarla también hoy. ¡Cuántas veces escuchamos expresiones que desprecian a las mujeres! Cuántas veces hemos escuchado: “Pero no, no hagas nada, [son] cosas de mujeres”. Pero mira que hombre y mujer tienen la misma dignidad, y hay en la historia, también hoy, una esclavitud de las mujeres: las mujeres no tienen las mismas oportunidades que los hombres. Debemos leer lo que dice Pablo: somos iguales en Cristo Jesús.

Como se puede ver, Pablo afirma la profunda unidad que existe entre todos los bautizados, a cualquier condición pertenezcan, sean hombres o mujeres, iguales, porque cada uno de ellos, en Cristo, es una criatura nueva. Toda distinción se convierte en secundaria respecto a la dignidad de ser hijos de Dios, el cual con su amor realiza una verdadera y sustancial igualdad. Todos, a través de la redención de Cristo y el bautismo que hemos recibido, somos iguales: hijos e hijas de Dios. Iguales.

Hermanos y hermanas, estamos por tanto llamados de forma más positiva a vivir una nueva vida que encuentra en la filiación con Dios su expresión fundamental. Iguales por ser hijos de Dios, e hijos de Dios porque nos ha redimido Jesucristo y hemos entrado en esta dignidad a través del bautismo. Es decisivo también para todos nosotros hoy redescubrir la belleza de ser hijos de Dios, ser hermanos y hermanas entre nosotros porque estamos insertos en Cristo que nos ha redimido. Las diferencias y los contrastes que crean separación no deberían tener morada en los creyentes en Cristo. Y uno de los apóstoles, en la Carta de Santiago, dice así: “Estad atentos a las diferencias, porque vosotros no sois justos cuando en la asamblea (es decir en la misa) entra uno que lleva un anillo de oro, está bien vestido: ‘¡Ah, adelante, adelante!’, y hacen que se siente en el primer lugar. Después, si entra otro que, pobrecillo, apenas se puede cubrir y se ve que es pobre, pobre, pobre: ‘sí, sí, siéntate ahí, al fondo’”. Estas diferencias las hacemos nosotros, muchas veces, de forma inconsciente. No, somos iguales. Nuestra vocación es más bien la de hacer concreta y evidente la llamada a la unidad de todo el género humano (cf. Conc. Ecum. Vat. II, Const. Lumen gentium, 1). Cualquier cosa que agrave las diferencias entre las personas, causando a menudo discriminaciones, todo esto, delante de Dios, ya no tiene consistencia, gracias a la salvación realizada en Cristo. Lo que cuenta es la fe que obra siguiendo el camino de la unidad indicado por el Espíritu Santo. Y nuestra responsabilidad es caminar decididamente por este camino de igualdad, pero igualdad que es sostenida, que ha sido hecha por la redención de Jesús.

Gracias. Y no os olvidéis, cuando volváis a casa: “¿Cuándo fui bautizada? ¿Cuándo fui bautizado?”. Preguntad, para recordar esta fecha. Y también celebrar cuando llegue la fecha. Gracias.

DE CAMINO

Mateo 11,18-23

Hoy celebramos la fiesta de la Natividad de la Virgen María, es decir, como su cumpleaños. No tenemos su acta de nacimiento, ni podemos afirmar que ella nació en este día, pero los cristianos movidos por el gran amor que le tenemos, queremos celebrar este gran acontecimiento para toda la humanidad.

. La liturgia, que es la oración propia de toda la Iglesia, se deja llevar por la alegría de la fiesta. Como una ambientación del día y una invitación al cumpleaños, recogemos algunas frases: “Celebremos con alegría el Nacimiento de María, la Virgen; de ella salió el sol de justicia: Cristo, nuestro Dios”, dice la entrada de la Misa. “Cuando nació la santísima Virgen, el mundo se iluminó”, canta la antífona de Laudes. “Que se alegre tu Iglesia y se goce en el Nacimiento de la Virgen María, aurora de salvación”, insiste la oración de la Misa.

. Los grandes eventos se van preparando en el silencio y en la pequeñez de muchos acontecimientos ordinarios. Antes del nacimiento del Bautista, el de la Virgen María es un anuncio del nacimiento de Jesús, el preludio de la Buena Nueva. La llegada de esta niña al hogar de Joaquín y Ana significa para el mundo la verdadera esperanza y la aurora de la salvación.

. Como siempre, miramos a María en el misterio de Cristo y de la Iglesia. Hoy nace la carne limpia, donde Dios plantará su tienda; esta niña que nace será la morada de Dios. Es decir, la maternidad divina de la Virgen ilumina y da sentido a toda su vida.

Es un eslabón muy importante en el plan de la salvación. Así es María, siempre pequeña, siempre en silencio, pero al mismo tiempo tan participativa, tan comprometida, tan entregada a la voluntad del Señor.

. Por eso hoy al celebrar con júbilo “su cumpleaños”, el más grande homenaje que le podemos hacer es parecernos a ella: hacer nuestras cosas de cada día con una gran dedicación y amor; escuchar la palabra de Dios y guardarla en nuestro corazón; en nuestro obrar y en nuestro sentir ser fieles a esa palabra; ponernos con toda confianza en las manos de Dios y querer cumplir su voluntad. En una palabra, querer vivir como verdaderos hijos, ya que un hijo se parece a su madre.

Con María construiremos el sueño de Jesús. Con María viviremos la fraternidad y el servicio. Que la gloria de María sea mirar cómo sus hijos viven la Palabra de Dios.

DE CAMINO

Lucas 6,12-19

. En el texto evangélico podemos distinguir dos espacios; el monte y el valle. El monte es, ante todo, el lugar de la oración, de dirigirse al Padre, de momentos de amistad y de encuentro. Y sin prisas, “pasó la noche entera”.

“Jesús salió al monte a orar y pasó la noche orando a Dios”. Es frecuente en los evangelios reseñar la oración de Jesús, pero en este caso se subraya que “pasó la noche orando”. El evangelista está subrayando que éste es ciertamente un momento muy importante. En efecto, Jesús ora antes de elegir a sus doce apóstoles de entre sus discípulos. En este clima, cuando llega la luz del día, elige a los suyos, a los doce.

. “Después de bajar con ellos, se paró en una llanura”.  Con los recién elegidos, bajará al valle. Aquí, el evangelista describe la escena: Está Cristo, el Maestro; los apóstoles, el círculo más íntimo; luego, el grupo de discípulos; por fin, el pueblo entero, incluso venidos de lejos, los extranjeros de Tiro y Sidón.

“Venían a oírlo y a que los curara de sus enfermedades”. Comienza la actividad evangelizadora: predicar y sanar, con la “fuerza que salía de él y curaba a todos”.

. Para llevar el evangelio a nuestra vida, nosotros también hemos sido elegidos, ahora también nos llama e invita Jesús a participar de esta gran aventura, pero antes nos anima a crecer en la amistad que nos fortalezca ante la dificultad del trabajo que se avecina.

Quiere compartir con nosotros su corazón y su vida, y que también nosotros pongamos en sus manos toda nuestra vida, con sus fracasos y sus éxitos, para que nazca esta amistad entre nosotros.

. “Pasó la noche orando a Dios”. La oración es fundamental para sentir, vivir la experiencia de la llamada. Acerquémonos a Jesús, participemos de todas sus actividades, escuchemos sus palabras y sintámonos orgullosos de poder ser llamados “sus amigos”

Jesús busca amigos que compartan con Él la amistad y la aventura de proponer una nueva vida en el Reino de Dios.