DE CAMINO

 

Lucas 7,36-50

Hoy Jesús da un paso más para marcar la distancia tan enorme entre el legalismo y la apertura de la novedad del evangelio.  El marco es la escena de la mujer que se acerca a Jesús mientras comparte la mesa en casa de un fariseo. La palabra y el comportamiento de Jesús son claros: El Dios que nos revela Jesús es el Padre de la compasión.

El evangelista Lucas ilumina, como ninguno, esta convicción con parábolas, signos y sentencias que salen de la boca de Jesús. Muestra una relación muy especial de Jesús con los pobres, con los marginados, con las mujeres, pero en especial, con todos los pecadores.

En la “pecadora” podemos reconocer a todas las personas excluidas en la vida: leprosos, pecadores, recaudadores, extranjeros.

Miremos a Jesús: ve el corazón, el amor y la gratitud de aquella mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. Es el profeta de la compasión, siempre está a punto para el perdón. Un perdón sin condiciones. Solo nos queda abrirnos a su amor, y experimentar su clemencia.

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DE CAMINO

Lucas 7,31-35

Las frases que hoy escuchamos a Jesús responden a la actitud de fariseos y doctores de la ley “que rechazaron lo que Dios quería de ellos, al no dejarse bautizar por él”, refiriéndose al Bautista.

Jesús responde con la parábola del “juego de niños”. Un grupo de niños cantan y danzan; otros entonan lamentaciones tristes. Ambos grupos, a la vez, no quieren participar en el juego y se acusan mutuamente: “no habéis bailado”, “no habéis llorado”.

Jesús denuncia las justificaciones y excusas para no aceptar el Evangelio y llama “inmaduros a aquellos que, por sus prejuicios, se cierran a la novedad de Dios.

Dios se revela al pueblo a través de sus enviados, el último es Juan, y a pesar de ese deseo de conocer la voluntad de Dios, rechazan a Juan y lo acusan de endemoniado. Dios sigue manifestándose en Jesús, acercándose al pobre, al excluido al marginado -es la respuesta que da Jesús a los enviado de Juan-, y también es rechazado por comilón y borracho, y por ser amigo de pecadores.

El pueblo hizo caso a Juan Bautista, y también a Jesús. Los jefes religiosos encontraron la manera de denigrarles para que la gente no fuera con ellos. No sólo no aceptaron el menaje, sino que hicieron todo lo posible por alejar al pueblo de su propia liberación. Continuar leyendo “DE CAMINO”

DE CAMINO

Juan 19,25-27

Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Recordamos que María está íntimamente asociada a la misión salvadora y redentora de su hijo Jesús. Ella, que estuvo al pie de la cruz, participó también de su resurrección y, como madre, nos acompaña y nos conduce a cada uno de nosotros en este camino de cruz y resurrección.

Ayer la Cruz nos hablaba de amor, hoy María nos muestra el dolor en el amor. María del dolor, María del silencio, María de la soledad. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre”. La Madre estaba junto a la cruz, y lloraba. Dolor de Madre, dolor de amor, dolor de fracaso.

María es la Madre del Crucificado. Está asociada, por sus dolores, a la muerte del Redentor. La mujer, esclava del Señor por su fe, está junto a su hijo que se hizo obediente “hasta la muerte y muerte de cruz”.

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DE CAMINO

Juan 3,13-17.

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, fiesta muy antigua que ya se celebraba en Jerusalén en el silo V. La Cruz no es signo de muerte sino de vida, de salvación y de amor.

La Cruz es la cumbre de la revelación, es el lugar del conocimiento verdadero de Jesús, como Hijo de Dios y lugar de atracción, que Él ejerce sobre toda la humanidad. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

San Pablo, que reflexionó profundamente sobre la paradoja de la cruz, decía: “Los judíos pìden signos, los griegos buscan sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para ls griegos; pero para los llamados a Cristo

-judíos o griegos- fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (I Cor. 1,22-24). La Pasión de San Juan que leemos el Viernes Santo contempla a Cristo en la Cruz, lleno de majestad.

Desde la misma predicación apostólica, el misterio de la cruz en la vida de Jesús es revelación cumbre del amor de Dios, y no consagración del dolor y sufrimiento. El sufrimiento solamente es medio para expresar el amor, pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

La muerte en cruz era el suplicio reservado sólo para los esclavos, tan cruel como lleno de ignominia. Un hombre inocente carga con todos los pecados de la humanidad. Condenado, no condena. En el mayor dolor brilla el mayor amor.  El amor que testimonia la cruz de Cristo es la única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos decimos sus discípulos seguimos su ejemplo.

Cristo muere para que el odio y el pecado sean vencidos por el amor, y este amor siga en el mundo como estilo debida de sus discípulos. Cristo entrega su vida para que nosotros vivamos como hermanos.

Esta historia de amor pide de nosotros una respuesta de amor “teniendo los mismos sentimientos de Cristo”. Una clave de la lectura de la Cruz es leerla desde la pasión y sufrimiento del hombre actual y en solidaridad con todos los crucificados de la tierra. En cada uno de estos hermanos nuestros “sufre y muere” Cristo pues Ël se identifica con ellos: “Todo eso conmigo lo hicisteis” (Mt.25,40).

Podemos pararnos a contemplar la santa cruz y escuchar a Jesús que nos invita a que tomemos “nuestra” cruz y le sigamos.

14 septiembre 2020

 

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

PERDONAR NOS HACE BIEN

Las grandes escuelas de psicoterapia apenas han estudiado la fuerza curadora del perdón. Hasta hace muy poco, los psicólogos no le concedían un papel en el crecimiento de una personalidad sana. Se pensaba erróneamente –y se sigue pensando– que el perdón es una actitud puramente religiosa.

Por otra parte, el mensaje del cristianismo se ha reducido con frecuencia a exhortar a las gentes a perdonar con generosidad, fundamentando ese comportamiento en el perdón que Dios nos concede, pero sin enseñar mucho más sobre los caminos que hay que recorrer para llegar a perdonar de corazón. No es, pues, extraño que haya personas que lo ignoren casi todo sobre el proceso del perdón.

Sin embargo, el perdón es necesario para convivir de manera sana: en la familia, donde los roces de la vida diaria pueden generar frecuentes tensiones y conflictos; en la amistad y el amor, donde hay que saber actuar ante humillaciones, engaños e infidelidades posibles; en múltiples situaciones de la vida, en las que hemos de reaccionar ante agresiones, injusticias y abusos. Quien no sabe perdonar puede quedar herido para siempre.

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DE CAMINO

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Lucas 6,27-38

Precisamente ayer, al comienzo de la catequesis, el Papa decía: “La respuesta cristiana a la pandemia y a las consecuentes crisis socio-económicas se basa en el amor, ante todo el amor de Dios que siempre nos precede”.

Hoy el evangelio nos pone delante el mandamiento del amor, también amor a los enemigos. Un amor de evangelio, un amor de fe, no pone condiciones ni marca fronteras. Quien ama  da más de lo que le piden,  y ama también a los  “no-dignos-de-amor”, incluso a los enemigos. El verdadero amor no juzga ni condena, sino que está siempre listo para mostrar compasión y perdón.

Jesús se dirige a cada uno de sus discípulos, hoy a nosotros, pues es el discípulo el que ha de cambiar; es a él a quien le afecta esa “revolución”: amar al enemigo es terrible. Y pone varios ejemplos: si te dan en una mejilla, le pones la otra; al que te quite la capa le dejas la túnica.

El perdón al enemigo es la prueba de fuego del amor del cristiano. El amor ha de ser sin límites ni condiciones, es decir, todo “por gracia”, como de Dios lo hemos recibido, como nos enseñó el Señor, “Como yo os he amado”.

Nos cuesta identificarnos con las palabras de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Pero, que sepamos que ha de sernuestro ideal y nuestra norma de vida.

¿En qué medida somos nosotros en este mundo, con nuestra vida y conducta, el signo viviente del amor mismo de Dios?

10 septiembre 2020

 

DE CAMINO

Lucas 6,20-26

El evangelista Lucas está impresionado por el hecho de que Jesús hizo en su vida un lugar especial para los pobres y marginados, a quienes nadie cuidaba en su entorno. Precisamente esta preocupación de Cristo viene a ser uno de los mayores énfasis en su evangelio, particularmente en sus aspectos sociales. La opción por los pobres es uno de los pilares que sustentan la identidad de la Iglesia.

Hoy San Lucas nos presenta cuatro bienaventuranzas y cuatro “ayes” o “maldiciones”, y nos hace enfrentarnos a la dura realidad de la pobreza, de la miseria, del dolor y el hambre.

Jesús comienza llamándonos a todos a la felicidad. Pero se dirige en especial a los pobres, los hambrientos, los que lloran, los despreciados a causa del Hijo del hombre.  Llama “felices y dichosos” a cuatro clases de personas: los pobres, los que pasan hambre, los que lloran y los que son perseguidos por causa de la fe.

Es la revolución de Jesús; poner patas arriba nuestra escala de valores. Ya no están en primera fila la riqueza, el dominio, el prestigio y cosas así. Quedan sustituidos por la paz, la mansedumbre y la pobreza del Reino. Lo que era maldición se torna fuente de felicidad. Continuar leyendo “DE CAMINO”

DE CAMINO

 

Mateo 1,18-23

Estamos celebrando el nacimiento de la Virgen María. Hoy es su día. El día de su cumpleaños, la Natividad de la Virgen María. Una nueva vida que nace siempre es motivo de alegría, y lo celebramos en la Iglesia.

La liturgia ha puesto, como evangelio, para este día el nacimiento de Jesús narrado por Mateo. Al recordar el nacimiento de María, recordamos que Dios la ha escogido para ser la Madre de Dios y es el inicio y como preludio, de la llegada del Salvador.

Efectivamente, nace María, y florece la carne que luego será “morada y arca” de la carne de Jesús. En esta criatura se formará “la criatura que viene del Espíritu Santo y salvará a su pueblo de sus pecados”. En el seno de esta niña que nace acampará el Verbo de Dios hecho carne.

En el Evangelio de hoy, María aparece la última de una lista de mujeres; algunas de ellas procedentes de la paganía y del pecado. Al final, como la luz sobre la tiniebla, en María “de la cual nació Jesús”, la llena de gracia, brilla, a la vez, el misterio de la encarnación en todo su realismo junto a la victoria sobre el mal.

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DE CAMINO

Lucas 6,6-11

Hoy encontramos a Jesús que visita la sinagoga y se pone a enseñar. Lo hace en el lugar donde los judíos piadosos se reúnen para escuchar la escritura, en un día que es sábado.

Su enseñanza quiere dar a conocer qué es lo bueno y qué es lo malo, qué cosas salvan y qué cosas destruyen. “¿Hacer el bien o hacer el mal?”, “¿Salvar o dejar morir?”.

Ante los escribas y fariseos que “esgrimen” una ley que fue creada para dar vida, Jesús les muestra que las leyes también pueden convertirse en ataduras y destruir a las personas cuando no se entiende su espíritu. Una vez más, la pelea entre “lo que manda” la ley y la necesidad de hacer el bien a la persona que sufre. La ley es terminante, dicen los fariseos. El hombre es lo primero, proclama Jesús.

. Hay gente que enfrenta la ley y el amor. A veces desaparecen del alma humana los más elementales sentimientos. En el corazón del hombre se secan la compasión, la ternura, la misericordia, todo. Pero Jesús dice: El hombre es Señor del sábado.

. También esta enseñanza es para cada uno de nosotros: lo básico en nuestra vida es descubrir qué es bueno y qué es malo. Podemos dar una imagen de una religión formalista, de espaldas a la vida y al dolor de las personas.

No ser trata de enfrentar el sábado y la curación, la ley y el amor, el culto a Dios y el amor al hombre. Son la misma cosa: “Lo que hicisteis con uno de estos mis pequeños hermanos conmigo lo hicisteis”.

Como discípulos escuchemos atentamente ¿Qué nos quiere decir hoy Jesús con sus palabras y con sus acciones? ¿Damos nosotros más importancia a las leyes y costumbres que a la dignidad y necesidades de las personas?

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

HABITAR EN UN ESPACIO CREADO POR JESÚS

Al parecer, a las primeras generaciones cristianas no les preocupaba mucho el número. A finales del siglo I eran solo unos veinte mil, perdidos en medio del Imperio romano. ¿Eran muchos o eran pocos? Ellos formaban la Iglesia de Jesús, y lo importante era vivir de su Espíritu. Pablo invita constantemente a los miembros de sus pequeñas comunidades a que «vivan en Cristo». El cuarto evangelio exhorta a sus lectores a que «permanezcan en él».

Mateo, por su parte, pone en labios de Jesús estas palabras: «Donde dos o tres están reunidos en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos». En la Iglesia de Jesús no se puede estar de cualquier manera: por costumbre, por inercia o por miedo. Sus seguidores han de estar «reunidos en su nombre», convirtiéndose a él, alimentándose de su evangelio. Esta es también hoy nuestra primera tarea, aunque seamos pocos, aunque seamos dos o tres.

Reunirse en el nombre de Jesús es crear un espacio para vivir la existencia entera en torno a él y desde su horizonte. Un espacio espiritual bien definido no por doctrinas, costumbres o prácticas, sino por el Espíritu de Jesús, que nos hace vivir con su estilo.

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