DE CAMINO

Lucas 17, 26-37

Continuando el tema de ayer sobre la llegada del Reino de Dios, Jesús propone hoy unos ejemplos, tomados de la Sagrada Escritura, para manifestar lo impredecible del momento de la irrupción definitiva del Reino. Subraya la característica de lo inesperado de esa llegada, y lo expresa con dos comparaciones históricas: lo mismo que la gente vivía despreocupada del fin que les aguardaba cuando el diluvio en tiempos de Noé y cuando la destrucción de Sodoma en tiempos de Lot, así sucederá en el día del Hijo del hombre.

Todo sucede con normalidad: levantarse, comenzar el día, trabajar, comer, descansar, y vuelta otra vez a la misma historia. Pero, según nos dice Jesús, el día del Hijo del hombre toda esa normalidad va a terminar de golpe. “Así sucederá el día que se revele el Hijo del Hombre”.

Jesús no nos está amenazando con el fin del mundo; pues es hoy, ahora, cuando pasa por nuestra vida el mismo Jesús, el Hijo del Hombre. Y nos recuerda lo que nos dijo ayer: “El reino de Dios está dentro de vosotros” y es hoy, aquí y ahora, donde tenemos que comportarnos como cristianos y seguidores de su buena nueva de amor y misericordia y perdón y reconciliación para todos.

Y hoy, cuando estamos viviendo la pandemia del covid 19 o cuando la violencia nos rodea o cuando sucede cualquier otra cosa que conmueve nuestras rutinas y nos obliga a cambiar el paso, “el que pretenda guardar su vida la perderá”. El que pretenda hacer lo de siempre o esconderse, asustado, tratando de salvar lo suyo, vivir de espaldas al sueño de Dios y a la solidaridad con el prójimo, lo perderá todo.

“Y el que lo pierda, la recobrará”.  Sólo el que abra los ojos e intente vivir en cristiano la nueva situación en que nos encontramos cada día,  el que se abra a su Palabra y su mensaje y esté dispuesto a trasformar los criterios dominantes de poder, de indiferencia, es el que gozará de la vida. Cada día tenemos que responder en cristiano.

Lo cristiano es, como Jesús y con Jesús, tratar de responder con la dignidad de hijos e hijas de Dios a esas situaciones que se nos plantean cada día. Sin miedo. Porque el amor de Dios está con nosotros.

Hoy Jesús nos llama la atención. No pretende que vivamos con angustia, pero sí que estemos prevenidos. Nos enseña que debemos estar siempre prevenidos y atentos a la llegada del Hijo del hombre, en la actividad diaria, sencilla, comprometida. Él quiere que vivamos siempre y en todo momento los valores del Reino.

DE CAMINO

Lucas 17, 20-25

Los fariseos mantienen la expectativa de un mesías glorioso, investido con todo poder, y no aceptan que en Jesús ya se esté inaugurando el tiempo del reinado de Dios, por eso le preguntan “cuándo va a llegar el reinado de Dios”.

El Reino predicado por Jesús es tan distinto a todo lo esperado que fue imposible de aceptar por los judíos, e incluso por los mismos seguidores de Jesús. Unos y otros esperaban la instauración del Reino de Dios como una acción espectacular, que daría a Israel, o al cristianismo, la supremacía material y social sobe todas las naciones y la dirección del mundo.

Jesús, no sólo declara que el reino ya está actuando, “pues no viene aparatosamente, ni dirán “está aquí” o “está allí”; sino también que el Hijo del Hombre es quien ha inaugurado ya la llagada del Reino.

Cuando Dios se quiso hacer presente en medio de nosotros, no escogió el camino del poder. Lo suyo fue la sencillez. Se hizo como uno de nosotros. No pretendió privilegios ni los tuvo. No escogió los primeros puestos sino los últimos. Para encontrar el reino de Dios, o lo que es lo mismo, a Dios, no hay que esperar grandes, milagrosos y espectaculares acontecimientos. “El reino de Dios está dentro de vosotros”. Dios alienta nuestros corazones y nos anima a amar y querer a nuestros hermanos y hermanas. Y en ese cariño está Dios mismo. Porque Dios es amor

Si nos dicen que el Hijo del hombre está aquí o allá, no vayamos a esos sitios. Ciertamente el Reino de Dios tendrá que aparecer, pero se requiere, como dice Jesús, “padecer mucho y ser rechazado por los hombres de esta generación”.

Al Hijo del hombre le encontramos cada vez que abrimos nuestro corazón al hermano, cada vez que nos importan más sus derechos y su bienestar que el nuestro. Cada vez que compartimos el pan, como hacemos en la eucaristía de cada día. Y cada vez que compartimos la vida, como deberíamos hacer en todo momento. Ahí está presente el Hijo del hombre y el reino de Dios y Dios mismo.

Recordemos: el reino de Dios está dentro de cada uno de nosotros. ¡Dejemos que florezca y crezca y alumbre la vida de los que nos rodean! ¿Cómo esperamos nosotros el Reino de Dios?

CATEQUESIS DEL PAPA

Catequesis 14. La oración perseverante

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Seguimos con las catequesis sobre la oración. Alguien me ha dicho: “Usted habla demasiado sobre la oración. No es necesario”. Sí, es necesario. Porque si nosotros no rezamos, no tendremos la fuerza para ir adelante en la vida. La oración es como el oxígeno de la vida. La oración es atraer sobre nosotros la presencia del Espíritu Santo que nos lleva siempre adelante. Por esto yo hablo tanto de la oración.

Jesús ha dado ejemplo de una oración continua, practicada con perseverancia. El diálogo constante con el Padre, en el silencio y en el recogimiento, es el fundamento de toda su misión. Los Evangelios nos cuentan también de sus exhortaciones a los discípulos, para que recen con insistencia, sin cansarse. El Catecismo recuerda las tres parábolas contenidas en el Evangelio de Lucas que subrayan esta característica de la oración (cfr. CCE, 2613) de Jesús.

La oración debe ser sobre todo tenaz: como el personaje de la parábola que, teniendo que acoger un huésped que llega de improviso, en mitad de la noche va a llamar a un amigo y le pide pan. El amigo responde: “¡no!”, porque ya está en la cama, pero él insiste e insiste hasta que no le obliga a alzarse y a darle el pan (cfr. Lc 11,5-8). Una petición tenaz. Pero Dios es más paciente que nosotros, y quien llama con fe y perseverancia a la puerta de su corazón no queda decepcionado. Dios siempre responde. Siempre. Nuestro Padre sabe bien qué necesitamos; la insistencia no sirve para informarle o convencerle, sino para alimentar en nosotros el deseo y la espera.

La segunda parábola es la de la viuda que se dirige al juez para que la ayude a obtener justicia. Este juez es corrupto, es un hombre sin escrúpulos, pero al final, exasperado por la insistencia de la viuda, decide complacerla (cfr. Lc 18,1-8). Y piensa: “Es mejor que le resuelva el problema y me la quito de encima, y así no viene continuamente a quejarse delante de mí”. Esta parábola nos hace entender que la fe no es el impulso de un momento, sino una disposición valiente a invocar a Dios, también a “discutir” con Él, sin resignarse frente al mal y la injusticia.

La tercera parábola presenta un fariseo y un publicano que van al Templo a rezar. El primero se dirige a Dios presumiendo de sus méritos; el otro se siente indigno incluso solo por entrar en el santuario. Pero Dios no escucha la oración del primero, es decir, de los soberbios, mientras escucha la de los humildes (cfr. Lc 18,9-14). No hay verdadera oración sin espíritu de humildad. Es precisamente la humildad la que nos lleva a pedir en la oración.

La enseñanza del Evangelio es clara: se debe rezar siempre, también cuando todo parece vano, cuando Dios parece sordo y mudo y nos parece que perdemos el tiempo. Incluso si el cielo se ofusca, el cristiano no deja de rezar. Su oración va a la par que la fe. Y la fe, en muchos días de nuestra vida, puede parecer una ilusión, un cansancio estéril. Hay momentos oscuros, en nuestra vida y en esos momentos la fe parece una ilusión. Pero practicar la oración significa también aceptar este cansancio. “Padre, yo voy a rezar y no siento nada… me siento así, con el corazón seco, con el corazón árido”. Pero tenemos que ir adelante, con este cansancio de los momentos malos, de los momentos que no sentimos nada. Muchos santos y santas han experimentado la noche de la fe y el silencio de Dios —cuando nosotros llamamos y Dios no responde— y estos santos han sido perseverantes.

En estas noches de la fe, quien reza nunca está solo. Jesús de hecho no es solo testigo y maestro de oración, es más. Él nos acoge en su oración, para que nosotros podamos rezar en Él y a través de Él. Y esto es obra del Espíritu Santo. Es por esta razón que el Evangelio nos invita a rezar al Padre en el nombre de Jesús. San Juan escribe estas palabras del Señor: «Y todo lo que pidáis en mi nombre, yo lo haré, para que el Padre sea glorificado en el Hijo» (14,13). Y el Catecismo explica que «la certeza de ser escuchados en nuestras peticiones se funda en la oración de Jesús» (n. 2614). Esta dona las alas que la oración del hombre siempre ha deseado poseer.

Cómo no recordar aquí las palabras del salmo 91, cargadas de confianza, que nacen de un corazón que espera todo de Dios: «Te cubrirá con su plumaje, un refugio hallarás bajo sus alas. Escudo y adarga es su lealtad. No temerás el terror de la noche, ni la saeta que de día vuela, ni la peste que avanza en las tinieblas, ni el azote que devasta a mediodía» (vv. 4-7). Es en Cristo que se cumple esta maravillosa oración, es en Él que encuentra su plena verdad. Sin Jesús, nuestras oraciones correrían el riesgo de reducirse a los esfuerzos humanos, destinados la mayor parte de las veces al fracaso. Pero Él ha tomado sobre sí cada grito, cada lamento, cada júbilo, cada súplica… cada oración humana. Y no olvidemos el Espíritu Santo que reza en nosotros; es Aquel que nos lleva a rezar, nos lleva a Jesús. Es el don que el Padre y el Hijo nos han dado para proceder al encuentro de Dios. Y el Espíritu Santo, cuando nosotros rezamos, es el Espíritu Santo que reza en nuestros corazones.

Cristo es todo para nosotros, también en nuestra vida de oración. Lo decía San Agustín con una expresión iluminante, que encontramos también en el Catecismo: Jesús «ora por nosotros como sacerdote nuestro; ora en nosotros como cabeza nuestra; a Él se dirige nuestra oración como a Dios nuestro. Reconozcamos, por tanto, en Él nuestras voces; y la voz de Él, en nosotros» (n. 2616). Es por esto que el cristiano que reza no teme nada, se encomienda al Espíritu Santo, que se nos ha dado como don y que reza en nosotros, suscitando la oración. Que sea el mismo Espíritu Santo, Maestro de oración, quien nos enseñe el camino de la oración.

DE CAMINO

Lucas 17, 11-19

Al leer la escena evangélica de hoy, podemos preguntarnos ¿por qué Lucas, en exclusiva, nos presenta la curación de los diez leprosos? (es el único evangelista que relata esta curación); ¿qué mensaje quiere transmitir? ¿tiene que ver con que el único que vuelve es “samaritano”, un extranjero?

Esta escena, que es un canto a la fe agradecida, nos lleva a reflexionar en varias direcciones. Primeramente, salta a la vista que, ante el desprecio, la actitud hostil, de los judíos hacia los samaritanos, Jesús alaba, recibe y coloca a éstos como ejemplo. “Este era un samaritano”, dice el texto. Y lo pone de modelo en aquellas cualidades que el pueblo judío se sentía más fuerte: en la fe y en la gratitud.

La segunda enseñanza está en relación a la compasión que Jesús siempre muestra a todos los despreciados, “samaritanos” o extranjeros. La curación de los leprosos es una magnífica enseñanza de cómo Él ha venido a salvar y liberar a todos, de todo mal. Es la misma actitud que debemos tomar cada uno de nosotros, sus discípulos: apertura a todos sin discriminar a nadie.

. En tercer lugar, san Lucas refleja, con una gran desproporción (uno contra diez), el comportamiento ante la interpretación de la Ley. Los diez leprosos han recibido un mismo beneficio, pero sólo uno reacciona ante una acción generosa y gratuita de Dios. Los otros nueve, que representan a la mayoría del pueblo elegido, no son capaces de ver en este signo la cercanía de Dios. Para el pueblo judío Dios sigue siendo alguien que sólo se limita a exigir el cumplimiento de la Ley.

El texto también nos presenta el gran contraste entre la gratitud y la ingratitud. De quienes se esperaba sentimientos de gratitud aparecen como indiferentes, sin embargo quien es despreciado, como hereje, él, el único, es quien manifiesta su gratitud, dejando aún de presentarse a los sacerdotes para que lo reintegrarán a la comunidad.

. “Levántate, vete, tu fe te ha salvado”. Jesús certifica que ese hombre ha descubierto algo más que los otros, que no fueron capaces de descubrir. Todos los leprosos recuperaron la salud; se reintegraron a su familia y su comunidad. Pero éste, el samaritano, “viendo que estaba curado, se volvió alabando a Dios a grandes gritos”.

. Cuando descubramos que todo, absolutamente todo, lo que somos y tenemos, lo bueno y lo malo, es vida y es gracia, que todo es regalo inmerecido, entonces empezaremos no sólo a vivir, a estar sanos, ciurados de la lepra, sino a vivir la “Buena Noticia” de Jesús. Y nos volveremos a Dios para dar gracias.

Hoy, a través de Jesucristo, damos gracias en esta eucaristía, que es “Acción de Gracias”.

DE CAMINO

Lucas 17,7-10

En las instrucciones a los discípulos, hoy Jesús se fija en el deber de todo discípulo subrayando la relación de servicio.  El evangelio comienza con la parábola del salario del servidor.

El discípulo no puede alegar derechos ni exigir remuneración. Lo suyo es simplemente estar siempre al servicio de la causa de Jesús: el reinado de Dios.

Da la impresión que al seguidor de Jesús no le queda más que agachar la cabeza, cumplir con su deber, con lo que tiene que hacer, con las leyes que le imponen, y nada más. No es una postura que encaje en la predicación de Jesús, en su trayectoria por liberar de tantas esclavitudes a la gente oprimida,

Jesús busca la actitud de la amistad servicial y desinteresada basada en la confianza incondicional en Dios. El auténtico discípulo de Jesús, que vino a servir y no a ser servido, sabe muy bien de quien se ha fiado y en qué manos generosas está su recompensa

. El mismo trabajo que hace: “servir al reino de Dios, es su gratificación. Los que estamos en la Iglesia, los que nos sabemos hijos e hijas de Dios, los que nos esforzamos por fomentar la concordia, la fraternidad, la justicia, la misericordia, la comprensión, el perdón, tenemos nuestra gratificación en ese mismo trabajo.

Nuestra vida cristiana no se puede estructurar sobre una contabilidad de haber/debe respecto de Dios, sino sobre su don y su gracia que nos envuelven y preceden en toda ocasión.

Pero también es cierto que el Señor espera nuestra respuesta agradecida, nuestra colaboración libre y responsable. Y ese es nuestro gozo de fieles servidores: el que Dios haya querido “necesitar” nuestra colaboración. Humildes servidores, pero no inútiles.

. Cuántas personas viven en el anonimato pero son de verdad grandes servidores, y no aparecen en los periódicos y nadie se los agradece… padres y madres que se desvelan todos los días por servir a sus hijos; maestros que no adquieren gran renombre, pero que conscientemente preparan sus clases y, sobre todo, enseñan valores… y así en todos los campos: personas que sirven y que lo hacen con alegría, con sencillez y en silencio.

Para el verdadero discípulo Jesús es el modelo a seguir. Lo contemplamos siempre sirviendo, siempre atento a las necesidades, siempre a disposición de los demás. Nos dice que Él no ha venido a ser servido, sino a servir. Éste es el ejemplo que nos ofrece para que nosotros lo imitemos ¿Nosotros cómo estamos haciendo nuestros trabajos? ¿Para servir a los demás, para servir a Jesús, para servir a Dios?

DE CAMINO

Juan 2,13-20

Al celebrar la Dedicación de la Basílica de Letrán, la catedral del Papa, nuestra atención no ha de ir al templo material, mágnifico en su construcción, sino siguiendo las indicaciones del evangelista: “pero Él hablaba del templo de su cuerpo”.

Efectivamente las lecturas insisten en la importancia de cada uno de nosotros ya que somos templo de Dios, como afirma San Pablo en la carta a los Corintios: “¿No sabéis que sois templo de Dios y que el Espíritu de Dios habita en vosotros?”

. A esta escena del evangelio la llamamos “la purificación del templo”. El tema del relato es Jesús mismo, presentado por el evangelista como el nuevo y definitivo templo.

. La reprimenda y condena que hace Jesús a propósito de la venta de bueyes, ovejas y palomas en el templo, nos ayuda a situar en su verdadera dimensión el templo.

Los judíos habían exaltado tanto la sacralidad del templo que su sola contemplación o visita, parecería que bastaba para salvarlos. . Jesús desenmascara esta situación: veneran el templo, pero se olvidan de Dios. Así profanan el templo de Dios.

. La acción de Jesús (“haciendo un azote de cordeles, los echó a todos del templo”) no parece que sea un acto revolucionario. Más bien, se cumple la profecía mesiánica de Malaquías (3,1s) “Mirad yo envío mi mensajero a preparar el camino. De pronto entrará en el santuario el Señor que buscáis; el mensajero de la alianza que deseáis, miradlo entrar. ¿Quién resistirá cuando él llegue? ¿quién quedará en pie cuando aparezca?” Jesús aparece con poderes divinos para purificar la casa de Dios, el texto de san Juan dice “la casa de mi Padre”.

También dice san Juan: “Pero Él hablaba del templo de su cuerpo”. El cuerpo de Jesús se convierte en el lugar donde Dios se manifiesta, el verdadero templo para ponernos en contacto con Dios.

. Todos nosotros somos templo de Dios. Las palabras de Jesús “no convirtáis en un mercado la casa de mi Padre” es una denuncia también para nosotros pues nos olvidamos que somos templo de Dios y que lo profanamos en nosotros mismos y en el prójimo: cada vez que despreciamos a un hermano. También cuando nos dividimos y enfrentamos unos a otros. Entonces nos olvidamos que somos todos juntos el Cuerpo de Cristo, el templo de Dios.

. Cuando hacemos comunidad, cuando los hermanos y hermanas nos reunimos y acogemos a todos, cuando somos testigos del amor de Dios que no excluye a nadie, entonces vamos levantando los muros y paredes del verdadero templo de Dios.

En ese momento descubrimos la verdadera belleza del templo, capaz de romper los odios y la violencia y de unir a las personas con lazos de amor, de cariño, de fraternidad. Porque las personas son las piedras vivas que formamos la Iglesia de Jesús.

Que esta fiesta de la dedicación de la Basílica de Letrán nos ayude a sentirnos piedras vivas en la construcción del verdadero templo de Dios.

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

El pasaje evangélico de este domingo (Mt 25,1-13) nos invita a continuar la reflexión sobre la vida eterna que iniciamos con motivo de la Fiesta de Todos los Santos y la Conmemoración de los fieles difuntos. Jesús narra la parábola de las diez vírgenes invitadas a una fiesta de bodas, símbolo del Reino de los cielos.

En tiempos de Jesús existía la costumbre de que las bodas se celebraran de noche; por lo tanto, el cortejo de los invitados debía llevar lámparas encendidas. Algunas damas de honor son necias: toman las lámparas, pero no llevan consigo el aceite; las prudentes, en cambio, junto con las lámparas también llevan el aceite. El novio tarda, tarda en llegar y todas se adormentan. Cuando una voz advierte que el novio está llegando, las necias, en ese momento, se dan cuenta de que no tienen aceite para sus lámparas; se lo piden a las prudentes, que responden que no pueden darlo, porque no sería suficiente para todas. Mientras las necias van a comprar aceite, llega el novio. Las muchachas prudentes entran con él en el salón del banquete y se cierra la puerta. Las otras llegan demasiado tarde y son rechazadas.

Está claro que con esta parábola Jesús quiere decirnos que debemos estar preparados para el encuentro con Él. No solo para el encuentro final, sino también para los pequeños y grandes encuentros de cada día en vista de ese encuentro, para el cual no basta la lámpara de la fe, también se necesita el aceite de la caridad y de las buenas obras. La fe que verdaderamente nos une a Jesús es la que, como dice el apóstol Pablo, «actúa por la caridad» (Ga 5, 6). Ser sabios y prudentes significa no esperar hasta el último momento para corresponder a la gracia de Dios, sino hacerlo activamente de inmediato, empezar ahora. “Yo … sí, luego me convertiré” — “¡Conviértete hoy! ¡Cambia tu vida hoy!” — “Sí, sí: mañana”. Y lo mismo dice mañana, y así nunca llegará. ¡Hoy! Si queremos estar preparados para el último encuentro con el Señor, debemos cooperar con él a partir de ahora y realizar buenas acciones inspiradas en su amor.

Sabemos que, lamentablemente, sucede que nos olvidamos de la meta de nuestra vida, es decir, la cita definitiva con Dios, perdiendo así el sentido de la espera y absolutizando el presente. Cuando uno absolutiza el presente, solo mira el presente, pierde el sentido de la espera, que es tan hermoso y tan necesario, y también nos saca de las contradicciones del momento. Esta actitud —cuando se pierde el sentido de la espera— excluye cualquier perspectiva del más allá: hacemos todo como si nunca tuviéramos que partir para la otra vida. Y entonces sólo nos preocupa poseer, destacar, tener una buena colocación… Y cada vez más. Si nos dejamos guiar por lo que nos parece más atractivo, por lo que me gusta, por la búsqueda de nuestros intereses, nuestra vida se vuelve estéril; no acumulamos ninguna reserva de aceite para nuestra lámpara, y se apagará antes del encuentro con el Señor. Debemos vivir el hoy, pero el hoy que va hacia el mañana, hacia ese encuentro, el hoy lleno de esperanza. Si, por el contrario, estamos atentos y hacemos el bien correspondiendo a la gracia de Dios, podemos esperar serenamente la llegada del novio. El Señor también puede venir mientras dormimos: esto no nos preocupa, porque tenemos la reserva de aceite acumulada con las buenas obras de cada día, acumulada con esa espera del Señor, que venga lo antes posible y que venga para llevarme con Él.

Invoquemos la intercesión de María Santísima, para que nos ayude a vivir, como hizo ella, una fe activa: esta es la lámpara luminosa con la que podemos atravesar la noche más allá de la muerte y alcanzar la gran fiesta de la vida.

8 noviembre 2020

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

ANTES DE QUE SEA TARDE

Mateo escribió su evangelio en unos momentos críticos para los seguidores de Jesús. La venida de Cristo se iba retrasando. La fe de no pocos se relajaba. Era necesario reavivar de nuevo la conversión primera recordando una parábola de Jesús.

El relato nos habla de una fiesta de bodas. Llenas de alegría, un grupo de jóvenes «salen a esperar al esposo». No todas van bien preparadas. Unas llevan consigo aceite para encender sus antorchas; a las otras ni se les ha ocurrido pensar en ello. Creen que basta con llevar antorchas en sus manos.

Como el esposo tarda en llegar, «a todas les entra el sueño y se duermen». Los problemas comienzan cuando se anuncia la llegada del esposo. Las jóvenes previsoras encienden sus antorchas y entran con él en el banquete. Las inconscientes se ven obligadas a salir a comprarlo. Para cuando vuelven, «la puerta está cerrada». Es demasiado tarde.

Es un error andar buscando un significado secreto al «aceite»: ¿será una alegoría para hablar del fervor espiritual, de la vida interior, de las buenas obras, del amor…? La parábola es sencillamente una llamada a vivir la adhesión a Cristo de manera responsable y lúcida ahora mismo, antes de que sea tarde. Cada uno sabrá qué es lo que ha de cuidar.

Es una irresponsabilidad llamarnos cristianos y vivir la propia religión sin hacer más esfuerzos por parecernos a él. Es un error vivir con autocomplacencia en la propia Iglesia sin plantearnos una verdadera conversión a los valores evangélicos. Es propio de inconscientes sentirnos seguidores de Jesús sin «entrar» en el proyecto de Dios que él quiso poner en marcha.

En estos momentos en que es tan fácil «relajarse», caer en el escepticismo e «ir tirando» por los caminos seguros de siempre, solo encuentro una manera de estar en la Iglesia: convirtiéndonos a Jesucristo.

 José Antonio Pagola

Mateo 25,1-13

Domingo XXXII TO A

8 noviembre 2020