DE CAMINO

Juan 3,13-17

. En la misa del domingo pasado celebrada por el Papa en Budapest decía: “La cruz no está nunca de moda,ni hoy ni en el pasado. Pero sana por dentro. Es delante del Crucificado que experimentamos una benéfica lucha interior, un áspero conflicto entre el pensar “como piensa Dios” y el pensar “como piensan los hombres”.

Y no podemos olvidar lo que el mismo Jesús nos decía, en el evangelio: “Si alguno quiere venir en pos de mí, que se niegue a sí mismo, tome su cruz y me siga”.

. En esta fiesta de “la Exaltación de la Santa Cruz” hemos de mirar al árbol de la cruz ”como piensa” Dios: “para que todo el que crea en Él tenga vida eterna” “pues tanto amó Dios al mundo, que entregó a su Unigénito”. La cruz es el signo del amor de Dios a nosotros.

. Lo comenta San Pablo en la lectura de hoy: “se despojó de su rango”, en la Encarnación; “se rebajó hasta someterse a una muerte de cruz”; y, por eso, “Dios lo levantó sobre todo, de modo que toda lengua proclame “Jesús es el Señor”.

El cristianismo es un mensaje de amor. ¿Por qué entonces exaltar la Cruz? Además, la Resurrección, más que la Cruz, da sentido a nuestra vida.

La Cruz es fruto de la libertad y amor de Jesús. No era necesaria. Jesús la ha querido para mostrarnos su amor y su solidaridad con el dolor humano. Para compartir nuestro dolor y hacerlo redentor.

. Mirar a Jesús en la cruz es contemplar la paradoja: es suplicio e ignominia de esclavos, y resulta una exaltación. Jesús acepta la cruz por obediencia. Asume el mal que le lleva a la cruz y lo destruye con el poder de su amor.

Por eso, a los cristianos solo nos queda contemplar, mirar, agradecer, adorar, aceptar esta cruz.

. Jesús no ha venido a suprimir el sufrimiento: el sufrimiento seguirá presente entre nosotros. Tampoco ha venido para explicarlo: seguirá siendo un misterio. Ha venido para acompañarlo con su presencia. En presencia del dolor y muerte de Jesús, el Santo, el Inocente, el Cordero de Dios, no podemos rebelarnos ante nuestro sufrimiento ni ante el sufrimiento de los inocentes, aunque siga siendo un tremendo misterio.

En toda su vida Jesús no hizo más que bajar: en la Encarnación, en Belén, en el destierro. Perseguido, humillado, condenado. Sólo sube para ir a la Cruz. Y en ella está elevado, como la serpiente en el desierto, para que le veamos mejor, para atraernos e infundirnos esperanza.

Pues Jesús no nos salva desde fuera, como por arte de magia, sino compartiendo nuestros problemas. Jesús no está en la Cruz para adoctrinarnos con palabras, sino para compartir nuestro dolor solidariamente.

Seguimos a Cristo, y aceptamos nuestra cruz; si de verdad nos disponemos a amar, nos llegará, y pronto, la cruz. Pues esa es nuestra cruz. No busquemos otra.

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