Un adolescente, declarado beato

Beatificación de Carlo Acutis:

“Al cielo sin red”

Ayer, en Asís, fue la beatificación de Carlo Acutis, joven italiano que murió en 2006 ofreciendo todos sus sufrimientos por la Iglesia y por el Papa.

Ofrecemos un artículo de Isabel Orellana sobre el nuevo beato de la Iglesia.

Carlo Acutis, contemporáneo nuestro, tenía 15 años cuando entregó su alma a Dios habiendo legado al mundo una mochila repleta de bendiciones que obtuvo con su cotidiana entrega. Oración, Eucaristía, amor a la Virgen…, y un hondísimo afán por llevar la fe con el instrumento que tenía en sus manos y que sabía manejar de forma hábil, inteligente: Internet. Y lo logró conmoviendo a incontables personas que antes seguramente ignoraban la existencia de milagros eucarísticos, amén de las igualmente numerosas que ya sabían de ellos. Por algo se le denomina “primer influencer de Dios” y “ciberapóstol de la Eucaristía”. Él, que puso el símil del globo que para ascender debe soltar todo lastre, al igual que hemos de hacer nosotros con “nuestros pecados veniales”, subió al cielo sin red. Se había lanzado al vacío sin fondo del amor divino siendo un niño y ya nada ni nadie podría sujetarlo.

De padres milaneses, bien situados profesionalmente, nació en Londres el día de la Santa Cruz, 3 de mayo de 1991, y pocos meses más tarde lo llevaron a Milán donde iba a pasar el resto de su corta existencia. Era bien parecido, aplicado en sus estudios, un chaval despierto y en apariencia como los demás si bien sus actos de generosidad hacia los débiles y desamparados ya delataban que en él latía algo grande.

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Había sido adornado con la sabiduría divina. Consideraba a la Eucaristía como su “autopista hacia el cielo” y el “Rosario la escalera más corta” para ascender a él, y el “arma más poderosa” después de la Eucaristía, para luchar contra el diablo. Juzgaba que “nuestra meta debe ser el infinito; no el finito”, porque aquél es “nuestra patria. Desde siempre el cielo nos espera”. Amaba profundamente a la Iglesia que defendía sin dudar. Con enorme lucidez había reparado en la singularidad de la persona: “Todos nacemos como originales, pero muchos mueren como fotocopias”. Sabía que “una vida normal puede convertirse en extraordinaria si colocamos a Dios en ella”. Estar siempre unido a Jesús era el único “programa” de su vida. Así aconsejaba: “Encuentra a Dios y encontrarás el sentido de tu vida”. No hubo en ella otra mujer que la Virgen María. Y tenía muy claro que a lo único que “debemos temer realmente es al pecado”. Estos y otros pensamientos que estos días salen a la luz reflejan toda una teología.

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(Zenit, 10 octubre 2020)

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