DE CAMINO

Juan 3,13-17.

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, fiesta muy antigua que ya se celebraba en Jerusalén en el silo V. La Cruz no es signo de muerte sino de vida, de salvación y de amor.

La Cruz es la cumbre de la revelación, es el lugar del conocimiento verdadero de Jesús, como Hijo de Dios y lugar de atracción, que Él ejerce sobre toda la humanidad. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

San Pablo, que reflexionó profundamente sobre la paradoja de la cruz, decía: “Los judíos pìden signos, los griegos buscan sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para ls griegos; pero para los llamados a Cristo

-judíos o griegos- fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (I Cor. 1,22-24). La Pasión de San Juan que leemos el Viernes Santo contempla a Cristo en la Cruz, lleno de majestad.

Desde la misma predicación apostólica, el misterio de la cruz en la vida de Jesús es revelación cumbre del amor de Dios, y no consagración del dolor y sufrimiento. El sufrimiento solamente es medio para expresar el amor, pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

La muerte en cruz era el suplicio reservado sólo para los esclavos, tan cruel como lleno de ignominia. Un hombre inocente carga con todos los pecados de la humanidad. Condenado, no condena. En el mayor dolor brilla el mayor amor.  El amor que testimonia la cruz de Cristo es la única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos decimos sus discípulos seguimos su ejemplo.

Cristo muere para que el odio y el pecado sean vencidos por el amor, y este amor siga en el mundo como estilo debida de sus discípulos. Cristo entrega su vida para que nosotros vivamos como hermanos.

Esta historia de amor pide de nosotros una respuesta de amor “teniendo los mismos sentimientos de Cristo”. Una clave de la lectura de la Cruz es leerla desde la pasión y sufrimiento del hombre actual y en solidaridad con todos los crucificados de la tierra. En cada uno de estos hermanos nuestros “sufre y muere” Cristo pues Ël se identifica con ellos: “Todo eso conmigo lo hicisteis” (Mt.25,40).

Podemos pararnos a contemplar la santa cruz y escuchar a Jesús que nos invita a que tomemos “nuestra” cruz y le sigamos.

14 septiembre 2020

 

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