DE CAMINO

 

Lucas 5,33-39

Jesús ya se ha hecho notar a los escribas y fariseos; de hecho, en el caso presente, no se fijan en lo que anuncia y lo que hace, sino en lo que ven en el grupo de los discípulos. Ellos que son tan escrupulosos y detallistas no entienden el comportamiento de los que van con Jesús. Y le preguntan por qué sus discípulos no ayunan y no hacen oración como lo hacen los discípulos de Juan y de los fariseos.

La escena demuestra, con toda claridad, que los fariseos se han dado cuenta del nuevo talante con que Jesús vive la novedad del Reino. “Los discípulos de Juan ayunan a menudo y oran… en cambio los tuyos, a comer y a beber”.

El mesías ya está en medio del pueblo, y sólo los que lo aceptan como tal celebran esa presencia como un banquete permanente; ésta es la clave para entender las comparaciones que propone Jesús respecto a la novedad de su persona y de su obra.

“¿Acaso podéis hacer ayunar a los invitados a la boda mientras el esposo está con ellos?” Esta respuesta de Jesús nos lleva a vivir la nueva realidad del reino con alegría, el discípulo de Jesús tiene que demostrar la alegría de estar salvado.

Jesús nos habla de Dios como su Padre. Y nos enseña a tratarle como tal. Anuncia el Reino que no es algo que está en el futuro sino entre nosotros, y con una forma diferente de relacionarnos con el Padre-Dios y entre nosotros. Está en nuestros caminos y en nuestras plazas. Se acerca a todos, pero especialmente a los débiles y a los que sufren. Su mensaje es de perdón y reconciliación. Nos invita a seguirle para construir, aquí y ahora, un mundo nuevo donde todos nosotros podamos vivir con la dignidad de los hijos de Dios.

Es un vino nuevo que rompe nuestros esquemas viejos. Y nuestros odres viejos también. No se trata de hacer sacrificios ni largas horas de oración. El ayuno y la oración entendidos como medios de ponerse en presencia de Dios, tienen un gran valor espiritual, pero si solamente responden a ritos y costumbres, pierden todo su sentido.

A nosotros nos sucede con frecuencia que nos quedamos en los signos exteriores y olvidamos lo que significa. Asistimos a misa, pero no dejamos tocar nuestro corazón por la Palabra del Señor; practicamos costumbres religiosas, pero sin comprometernos con el Señor Jesús.

Hacer de la oración y el ayuno un camino de diálogo y de encuentro con Dios, nos ayudan a disponer el corazón y a colocarnos en manos del Señor. No pongamos remiendos, miremos cómo está nuestro corazón y cómo responde al amor de Jesús.

Hemos de ir al Evangelio y encontrarnos en directo con Jesús. Conocerle y amar su mensaje. Y hacer como él: estar cerca de nuestros hermanos, preocuparnos por su bien. Eso es construir el Reino.

4 septiembre 2020

 

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