CAMINANDO

Mateo 11,25-30

Estamos celebrando la solemnidad del Sagrado Corazón de Jesús. A la luz de las lecturas bíblicas de esta celebración podemos tomar conciencia de lo que encontramos en el Corazón de Jesús: el amor.

El amor de un Dios que se hace carne para nuestra felicidad y que se entrega sin medida. Dios, nuestro Padre, lleno de misericordia, siempre ha buscado mostrarnos su gran e inmenso amor, siempre se ha manifestado como amor.

En el sentido bíblico la palabra “corazón” abarca la totalidad de la persona, no solo al mundo afectivo. Nos lleva a lo intimo del ser humano, por eso, en la expresión “Corazón de Jesús” se designa lo más íntimo, el misterio del amor de Dios por toda la humanidad.

El pasaje del Deuteronomio (7,6,11) afirma que Dios está enamorado de su pueblo, que lo escoge simplemente por la locura de su amor. También la segunda lectura (I Jn.4,7-16) insiste que el amor consiste, no en que nosotros hayamos amado a Dios, sino en que Él nos amó primero, y nos envió su Hijo para librarnos de nuestros pecados. Amor grande de quien ama a pesar de encontrar pecado y maldad.

Y el evangelio (Mt.11,25-30) nos presenta la oración de Jesús como reacción espontánea ante el resultado de la misión de los apóstoles: la gente sencilla ha recibido el anuncio del reinado de Dios; y Jesús expresa su gozo ante la revelación de Dios a los desheredados de este mundo. “Te doy gracias, Padre…porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los pequeños”.

Y, en esta oración de agradecimiento al Padre, Jesús invita a todos los abatidos, a las personas agobiadas por los mecanismos de exclusión social y religiosa, y nos propone llevar otro yugo, otra carga: el yugo de la libertad, que exige al mismo tiempo humildad y mansedumbre. ”Venid a mí… y yo os aliviaré”.

Celebrar el Corazón de Jesús en medio de la crisis causada por el coronavirus, con toda la situación anómala y de desconcierto que ha creado, y que aún sigue golpeando sobre todo a las poblaciones más vulnerables, nos hace redescubrir el Corazón de Jesús como fuente de vida que posibilita la esperanza.

Sólo el amor es capaz de sanar a un corazón herido, sólo el amor puede levantar a quien se encuentra perdido, sólo el amor de Jesús es capaz de levantarnos, de restaurarnos y devolvernos la dignidad de hijos aun cuando nos hayamos alejado de la casa paterna.

Contemplar el Corazón manso y humilde de Jesús es ver un corazón traspasado, en el que se manifiesta el amor gratuito de un Dios enamorado de su pueblo. Y nos dice: «aprended de mí, que soy manso y humilde de corazón».

La vida cristiana es entrar en esta escuela del Corazón de Jesús,  para transformar nuestro corazón en el amor gratuito que recibimos de Dios, para tener el mismo corazón de Cristo. Un corazón humano, pobre, compasivo, misericordioso, alegre, con espíritu, lleno de amor.

La verdadera devoción al Corazón de Jesús consiste en encontrarnos con su persona y dejarnos transformar por su vida, sus gestos y sus palabras.

Pidamos al Señor que nos haga sintonizar con su corazón, que nuestro corazón, muchas veces fatigado por cansancios y agobios que lo intranquilizan, pueda encontrar esa clave de amor que lo unifica en la sinfonía del corazón de Dios, “porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”

19 junio 2020

 

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