ANTES DEL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El Evangelio de hoy (cf. Mt 4,12-23) nos presenta el comienzo de la misión pública de Jesús. Esto ocurrió en Galilea, una tierra en las afueras de Jerusalén, y mirada con recelo por mezclarse con los paganos. No se esperaba nada bueno y nuevo de esa región; en cambio, allí mismo, Jesús, que había crecido en Nazaret de Galilea, comenzó su predicación.

Proclamó el núcleo central de su enseñanza resumido en el llamamiento: «Convertíos, porque el reino de los cielos está cerca» (v. 17). Esta proclamación es como un poderoso rayo de luz que atraviesa la oscuridad y corta la tiniebla, y evoca la profecía de Isaías que se lee en la noche de Navidad: «El pueblo que caminaba en la oscuridad vio una gran luz; a los que habitaban en sombra de muerte una luz resplandeció sobre ellos» (9, 1). Con la venida de Jesús, luz del mundo, Dios Padre ha mostrado a la humanidad su cercanía y amistad. Estas nos son donadas gratuitamente más allá de nuestros méritos.

La llamada a la conversión, que Jesús dirige a todos los hombres de buena voluntad, se entiende plenamente a la luz del acontecimiento de la manifestación del Hijo de Dios, sobre el cual hemos estado meditando los últimos domingos. Tantas veces es imposible cambiar la propia vida, abandonar el camino del egoísmo, del mal y del pecado porque el compromiso de conversión se centra sólo sobre sí mismo y sobre sus propias fuerzas, y no sobre Cristo y su Espíritu Santo. Pero nuestra adhesión al Señor no puede reducirse a un esfuerzo personal, esto sería también un pecado de soberbia, nuestra adhesión al Señor no puede reducirse a un esfuerzo personal, sino que debe expresarse en una apertura confiada de corazón y de la mente para acoger la Buena Nueva de Jesús. ¡Es esta, la Palabra de Jesús, la Buena Noticia de Jesús, quién cambia el mundo y los corazones! Estamos llamados, por lo tanto, a confiar en la palabra de Cristo, a abrirnos a la misericordia del Padre y a dejarnos transformar por la gracia del Espíritu Santo.

Es a partir de aquí que comienza un verdadero camino de conversión. Al igual que ocurrió con los primeros discípulos: el encuentro con el divino Maestro, con su mirada, con su palabra les dio el impulso para seguirlo, para cambiar sus vidas al ponerse concretamente al servicio del Reino de Dios.

El encuentro sorprendente y decisivo con Jesús dio inició al camino de los discípulos, transformándolos en anunciadores y testigos del amor de Dios por su pueblo. En la imitación de estos primeros anunciadores y mensajeros de la Palabra de Dios, cada uno de nosotros puede dar pasos tras las huellas del Salvador, para ofrecer esperanza a los que tienen sed de ella.

Que la Virgen María, a quien nos dirigimos en esta oración del Ángelus, sostenga estas intenciones y las confirme con su intercesión maternal.

26 enero 2020

 

 

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