EL PAPA EN LA FIESTA DE SAN ESTEBAN

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy se celebra la fiesta de San Esteban, el primer mártir. El Libro de los Hechos de los Apóstoles nos habla de él (cf. cap. 6-7) y en la página de la liturgia de hoy nos lo presenta en los momentos finales de su vida, cuando es capturado y apedreado (cf 6,12; 7,54- 60). En la alegre atmósfera de Navidad, este recuerdo del primer cristiano asesinado por la fe puede parecer fuera de lugar. Sin embargo, precisamente en la perspectiva de la fe, la celebración de hoy está en armonía con el verdadero significado de la Navidad. En el martirio de Esteban, de hecho, la violencia es vencida por el amor, la muerte por la vida: en la hora del testimonio supremo, contempla los cielos abiertos y les da a los perseguidores su perdón (cf. v. 60).

Este joven siervo del Evangelio, lleno del Espíritu Santo, pudo anunciar a Jesús con palabras y, sobre todo, con su vida. Al mirarlo, vemos que la promesa de Jesús a sus discípulos se cumplió: “Cuando te maltraten por mí, el Espíritu del Padre te dará la fuerza y ​​las palabras para dar testimonio” (cf. Mt 10, 19-20). En la escuela de San Esteban, quien se volvió similar a su Maestro tanto en la vida como en la muerte, nosotros también fijamos nuestra mirada en Jesús, fiel testigo del Padre. Aprendemos que la gloria del Cielo, lo que dura la vida eterna, no está compuesta de riqueza y poder, sino de amor y entrega.

Necesitamos mantener nuestra mirada fija en Jesús, “autor y perfeccionador de nuestra fe” (Heb 12,2), para dar cuenta de la esperanza que se nos ha dado (cf. 1Pt 3:15), a través de desafíos y pruebas. que tenemos que enfrentar a diario. Para nosotros, los cristianos, el cielo ya no está distante, separado de la tierra: en Jesús, el cielo descendió a la tierra. Y gracias a él, con el poder del Espíritu Santo, podemos tomar todo lo humano y dirigirlo al Cielo. De modo que el primer testimonio es precisamente nuestra forma de ser humanos, un estilo de vida conformado según Jesús: suave y valiente, humilde y noble, no violento.

Esteban era un diácono, uno de los primeros siete diáconos de la Iglesia (ver Hechos 6,1-6). Nos enseña a proclamar a Cristo a través de gestos de fraternidad y caridad evangélica. Su testimonio, que culmina en el martirio, es una fuente de inspiración para la renovación de nuestras comunidades cristianas. Están llamados a ser más y más misioneros, todos luchando por la evangelización, decididos a llegar a hombres y mujeres en las periferias existenciales y geográficas, donde hay más sed de esperanza y salvación. Comunidades que no siguen la lógica mundana, que no se ponen a sí mismas, su imagen en el centro, sino solo la gloria de Dios y el bien de la gente, especialmente los pequeños y los pobres.

La fiesta de este primer mártir Esteban nos llama a recordar a todos los mártires de ayer y de hoy, ¡hoy hay muchos! – Sentirse en comunión con ellos y pedirles la gracia de vivir y morir con el nombre de Jesús en el corazón y en los labios. Que María, Madre del Redentor, nos ayude a vivir este tiempo de Navidad al fijar nuestra mirada en Jesús, para ser más como él todos los días.

Antes del Ángelus, 26 diciembre 2019

 

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