ANTES DEL REZO DEL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! La Misa celebrada esta mañana en San Pedro clausuró la Asamblea Especial del Sínodo de los Obispos para la Región Panamazónica. La primera lectura, del Libro de la Sirácide, nos recordaba el punto de partida de este camino: la invocación del pobre, que “atraviesa las nubes”, porque “Dios escucha la oración del oprimido” (Sir 35,21.16).

El grito de los pobres, junto con el grito de la tierra, nos ha llegado desde la Amazonia. Después de estas tres semanas no podemos hacer como que no lo hemos escuchado. Las voces de los pobres, junto con las de muchos otros dentro y fuera de la Asamblea sinodal. Pastores, jóvenes, científicos, nos impulsan a no quedarnos indiferentes. A menudo hemos oído hablar de la frase, “más tarde es demasiado tarde”, esta frase no puede seguir siendo un eslogan.

¿Qué fue el Sínodo? Fue, como dice la palabra, un paseo juntos, reconfortados por la valentía y el consuelo que vienen del Señor. Hemos caminado mirándonos a los ojos y escuchándonos con sinceridad, sin ocultar las dificultades, experimentando la belleza de ir hacia delante juntos, para servir. En esto el apóstol Pablo nos estimula en la segunda lectura de hoy (cf. 2 Tm 4,6), en un momento dramático, mientras sabe que está a punto de ser ofrecido como sacrificio y el tiempo de su partida ha llegado. En ese momento escribe: “El Señor ha estado cerca de mi y me ha dado fuerza para que yo pueda llevar a cumplimiento el anuncio del Evangelio a toda las naciones” (véase 17) . Este es el último deseo de Pablo: no algo para sí mismo ni para ninguno de los suyos, sino por el evangelio, para que sea anunciado a todas las naciones. Esto es lo primero de todo y cuenta más que todo.

Cada uno de nosotros se habrá preguntado muchas veces qué puedo hacer de bien por mi propia vida; hoy es el momento, preguntémonos: “Yo, ¿qué cosa de bueno puedo hacer por el Evangelio?” En el Sínodo lo hemos hecho nos hemos preguntado, deseando abrir nuevos caminos para el anuncio del Evangelio. Y, ante todo, hemos sentido la necesidad, como el publicano del Evangelio de hoy (cf. Lc. 18,13-14), nos hemos sentido impulsados a dejar las comodidades de nuestros puertos seguros para ir y navegar en aguas profundas, no en las aguas fangosas de las ideologías sino en el mar abierto en el cual el Espíritu nos invita a tirar las redes.

Para el camino que viene, invoquemos a la Virgen María, venerada y amada como Reina de la Amazonia. No se hizo así por conquista, sino por “inculturación” de sí mismo: con el humilde coraje de la madre se convirtió en la protectora de sus hijos, la defensora de los oprimidos, siempre caminando con la cultura del pueblo, no hay una búsqueda “estándar”, no hay una cultura pura que purifica las otras, es el Evangelio puro que se incultura A ella, que en la pobre casa de Nazaret cuidó de Jesús, confiamos a sus hijos más pobres de nuestra casa común.

 

 

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