ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

EUCARISTÍA Y CRISIS ECONÓMICA

Todos los cristianos lo sabemos. La eucaristía dominical se puede convertir fácilmente en un «refugio religioso» que nos protege de la vida conflictiva en la que nos movemos a lo largo de la semana. Es tentador ir a misa para compartir una experiencia religiosa que nos permite descansar de los problemas, tensiones y malas noticias que nos presionan por todas partes.

A veces somos sensibles a lo que afecta a la dignidad de la celebración, pero nos preocupa menos olvidarnos de las exigencias que entraña celebrar la cena del Señor. Nos molesta que un sacerdote no se atenga estrictamente a la normativa ritual, pero podemos seguir celebrando rutinariamente la misa sin escuchar las llamadas del evangelio.

El riesgo siempre es el mismo: comulgar con Cristo en lo íntimo del corazón sin preocuparnos de comulgar con los hermanos que sufren. Compartir el pan de la eucaristía e ignorar el hambre de millones de hermanos privados de pan, de justicia y de futuro.

En los próximos años se van a ir agravando los efectos de la crisis mucho más de lo que nos temíamos. La cascada de medidas que se nos dictan de manera inapelable e implacable irá haciendo crecer entre nosotros una desigualdad injusta. Iremos viendo cómo personas de nuestro entorno más o menos cercano se van empobreciendo hasta quedar a merced de un futuro incierto e imprevisible.

Conoceremos de cerca inmigrantes privados de asistencia sanitaria, enfermos sin saber cómo resolver sus problemas de salud o medicación, familias obligadas a vivir de la caridad, personas amenazadas por el desahucio, gente desasistida, jóvenes sin un futuro nada claro… No lo podremos evitar. O endurecemos nuestros hábitos egoístas de siempre o nos hacemos más solidarios.

La celebración de la eucaristía en medio de esta sociedad en crisis puede ser un lugar de concienciación. Necesitamos liberarnos de una cultura individualista que nos ha acostumbrado a vivir pensando solo en nuestros propios intereses, para aprender sencillamente a ser más humanos. Toda la eucaristía está orientada a crear fraternidad.

No es normal escuchar todos los domingos a lo largo del año el evangelio de Jesús sin reaccionar ante sus llamadas. No podemos pedir al Padre «el pan nuestro de cada día» sin pensar en aquellos que tienen dificultades para obtenerlo. No podemos comulgar con Jesús sin hacernos más generosos y solidarios. No podemos darnos la paz unos a otros sin estar dispuestos a tender una mano a quienes están más solos e indefensos ante la crisis.

José Antonio Pagola

18 julio 2021

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La actitud de Jesús que observamos en el Evangelio de la Liturgia de hoy (Mc 6,30-34) nos ayuda a comprender dos aspectos importantes de la vida. El primero es el descanso. A los Apóstoles que regresan de las fatigas de la misión y, con entusiasmo, se ponen a contar todo lo que han hecho, Jesús les dirige con ternura una invitación: «Venid vosotros solos a un lugar desierto, para descansar un poco» (v. 31). Les invita al descanso.

Haciendo esto, Jesús nos da una valiosa enseñanza. A pesar de que se alegra de ver a sus discípulos contentos por los prodigios de su predicación, no se alarga en felicitaciones y preguntas, sino que se preocupa de su cansancio físico e interior. ¿Y por qué hace esto? Porque quiere ponerles en guardia contra un peligro que está siempre al acecho, también para nosotros: el peligro de dejarse llevar por el frenesí del hacer, de caer en la trampa del activismo, en el que lo más importante son los resultados que obtenemos y el sentirnos protagonistas absolutos. Cuántas veces sucede también en la Iglesia: estamos atareados, vamos deprisa, pensamos que todo depende de nosotros y, al final, corremos el riesgo de descuidar a Jesús y ponernos siempre nosotros en el centro. Por eso Él invita a los suyos a reposar un poco en otro lugar, con Él. No se trata solo de descanso físico, sino también de descanso del corazón. Porque no basta “desconectar”, es necesario descansar de verdad. ¿Y esto cómo se hace? Para hacerlo, es preciso regresar al corazón de las cosas: detenerse, estar en silencio, rezar, para no pasar de las prisas del trabajo a las de las vacaciones. Jesús no se sustraía a las necesidades de la multitud, pero cada día, antes que nada, se retiraba en oración, en silencio, en la intimidad con el Padre. Su tierna invitación —descansad un poco— debería acompañarnos: guardémonos, hermanos y hermanas, del eficientismo, paremos la carrera frenética que dicta nuestras agendas. Aprendamos a detenernos, a apagar el teléfono móvil, a contemplar la naturaleza, a regenerarnos en el diálogo con Dios.

Sin embargo, el Evangelio narra que Jesús y los discípulos no pueden descansar como querían. La gente los encuentra y acude desde todas partes. Entonces el Señor se compadece. He aquí el segundo aspecto: la compasión, que es el estilo de Dios. El estilo de Dios es cercanía, compasión y ternura. Cuántas veces, en el Evangelio, en la Biblia, encontramos esta frase: “Tuvo compasión”.

Conmovido, Jesús se dedica a la gente y comienza a enseñar (cfr. vv. 33-34). Parece una contradicción, pero en realidad no lo es. De hecho, solo el corazón que no se deja secuestrar por la prisa es capaz de conmoverse, es decir, de no dejarse llevar por sí mismo y por las cosas que tiene que hacer, y de darse cuenta de los demás, de sus heridas, de sus necesidades. La compasión nace de la contemplación. Si aprendemos a descansar de verdad, nos hacemos capaces de compasión verdadera; si cultivamos una mirada contemplativa, llevaremos adelante nuestras actividades sin la actitud rapaz de quien quiere poseer y consumir todo; si nos mantenemos en contacto con el Señor y no anestesiamos la parte más profunda de nuestro ser, las cosas que hemos de hacer no tendrán el poder de dejarnos sin aliento y devorarnos. Necesitamos —escuchad esto—, necesitamos una “ecología del corazón” compuesta de descanso, contemplación y compasión. ¡Aprovechemos el tiempo estivo para ello! Nos ayuda mucho.

Y ahora, recemos a la Virgen, que cultivó el silencio, la oración y la contemplación, y que se conmueve siempre con ternura por nosotros, sus hijos.

18 julio 2021

EL PAPA EN EL REZO DEL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Me alegra poder mantener la cita dominical del Ángelus también aquí desde el Hospital Gemelli. Os doy las gracias a todos: he sentido  vuestra cercanía y el apoyo de vuestras oraciones. Gracias de todo corazón. El Evangelio que se lee hoy en la Liturgia narra que los discípulos de Jesús, enviados por Él, «ungían con aceite a muchos enfermos y los curaban» (Mc 6,13). Este “aceite” nos hace pensar también en el sacramento de la Unción de los enfermos, que da consuelo al espíritu y al cuerpo. Pero este “aceite” es también la escucha, la cercanía, la atención, la ternura de quien cuida a la persona enferma: es como una caricia que hace que nos sintamos mejor, que calma el dolor y anima. Todos nosotros, todos, necesitamos tarde o temprano, esta “unción”, la cercanía y la ternura, y todos podemos dársela a alguien, con una visita, una llamada telefónica, una mano tendida a quien necesita ayuda. Recordemos que, en el protocolo del Juicio Final (Mateo, 25) una de las cosas que nos preguntarán será la cercanía a los enfermos.

En estos días de hospitalización, he experimentado una vez más lo importante que es un buen servicio sanitario, accesible a todos, como el que hay en Italia y en otros países. Un servicio sanitario gratuito que garantice un buen servicio accesible para todos. No debemos perder este bien tan precioso. ¡Tenemos que mantenerlo! Y para ello debemos esforzarnos todos, porque sirve a todos y requiere la contribución de todos. También en la Iglesia pasa a veces que alguna institución sanitaria, debido a una gestión inadecuada, no va bien económicamente, y el primer pensamiento que se nos ocurre es venderla. Pero la vocación, en la Iglesia, no es tener dinero, es hacer un servicio, y el servicio es siempre gratuito. No os olvidéis de esto: salvar las instituciones gratuitas.

Quiero expresar mi aprecio y mi aliento a los médicos, a los sanitarios y a todo el personal de este hospital y de otros hospitales. ¡Cuánto trabajan! Y recemos por todos los enfermos. Aquí hay algunos pequeños amigos enfermos… ¿por qué sufren los niños? Por qué sufren los niños es una pregunta que toca el corazón. Acompañarlos con la oración y rezar por todos los enfermos, especialmente por los que se encuentran en las condiciones más difíciles: que no se deje a nadie solo, que todos reciban la unción de la escucha, de la cercanía, de la ternura y del cuidado. Lo pedimos por intercesión de María, nuestra Madre, Salud de los Enfermos.

11 julio 2021

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

CON POCAS COSAS

¿Qué ha podido pasar para distanciarnos tanto de aquel proyecto inicial de Jesús? ¿Dónde ha quedado el encargo del Maestro? ¿Quién sigue escuchando hoy sus recomendaciones?

Pocos relatos evangélicos nos descubren mejor la intención original de Jesús que este que nos presenta a Jesús enviando a sus discípulos de dos en dos, sin alforjas, dinero ni túnica de repuesto.

Basta un amigo, un bastón y unas sandalias para adentrarse por los caminos de la vida, anunciando a todos ese cambio que necesitamos para descubrir el secreto último de la vida y el camino hacia la verdadera liberación.

No desvirtuemos ligeramente el encargo de Jesús. No pensemos que se trata de una utopía ingenua, propia quizá de una sociedad seminómada ya superada, pero imposible en un mundo como el nuestro.

Aquí hay algo que no podemos eludir. El evangelio es anunciado por aquellos que saben vivir con sencillez. Hombres y mujeres libres que conocen el gozo de caminar por la vida sin sentirse esclavos de las cosas. No son los poderosos, los financieros, los tecnócratas, los grandes estrategas de la política los que van a construir un mundo más humano.

Esta sociedad necesita descubrir que hay que volver a una vida sencilla y sobria. No basta con aumentar la producción y alcanzar un mayor nivel de vida. No es suficiente ganar siempre más, comprar más y más cosas, disfrutar de mayor bienestar.

Esta sociedad necesita como nunca el impacto de hombres y mujeres que sepan vivir con pocas cosas. Creyentes capaces de mostrar que la felicidad no está en acumular bienes. Seguidores de Jesús que nos recuerden que no somos ricos cuando poseemos muchas cosas, sino cuando sabemos disfrutarlas con sencillez y compartirlas con generosidad. Quienes viven una vida sencilla y una solidaridad generosa son los que mejor predican hoy la conversión que más necesita nuestra sociedad.

 José Antonio Pagola

Marcos 6,7-13

Domingo xv to b

11 julio 2021

TOMA DE POSESIÓN DEL OBISPO DE BILBAO

Homilía de Mons. Joseba Segura Etxezarraga en su Toma de Posesión como obispo de Bilbao

Agur beroa guztioi. Ondo-ondoan igarten zaituet.

1. Ante todo, un saludo afectuoso a la comunidad cristiana de Bizkaia que, en su gran diversidad, en la riqueza de sus ministerios y carismas, me acoge hoy con afecto como su obispo.

2. Al Señor Nuncio, y a través suyo al Santo Padre, a mis hermanos obispos presentes y ausentes, a las autoridades aquí reunidas, mi agradecimiento más cordial que también se extiende a los representantes de las denominaciones cristianas hermanas que nos acompañan.

3. El profeta Elías lo había intentado todo. Había puesto su corazón en la tarea de dar a conocer la voluntad de Dios. Pero el esfuerzo no daba resultados y a Elías se le había acabado la paciencia: acosado por la reina Jezabel, viendo cómo el pueblo corría a arrodillarse ante Baal, se siente fracasado y pide la muerte liberadora. Ya no tiene confianza en la “fuerza” de Dios que, a su parecer, podría imponerse, pero no quiere hacerlo. Y eso le enfada. Hay además un punto de arrogancia en su creencia de que solo él se mantiene fiel y todos los demás han perdido el norte.

4. Arrogancia y desconfianza. Desconfianza respecto a Dios, porque Dios no actúa como lo esperamos; desconfianza hacia el pueblo, porque con brocha gruesa y desde una atalaya despectiva, se juzga a los demás con dureza. Tentaciones de Elías que también son nuestras. Pronto el profeta se dará cuenta de que las cosas no son como las imagina: no todos se arrodillan ante los ídolos; muchos se niegan a hacerlo y son más de lo que parece. Y cierto: el Señor no se impone con huracanas o fuegos devastadores, pero hoy -como siempre-, sigue acompañando a su pueblo con una suave brisa que solo los despiertos podrán notar y disfrutar.

Makila, ikurra da euskaldunontzat: aginte, estimu, autormen, ohore ta senidetasunaren adierazle. Oinez doanari be, bidea errezten deutso. Eta Eleizan, artzain-makila: aginpide zuzenaren, apaltasunaren eta maitasunaren erakusle dogu.

5. Donde otros actúan con poder, Jesús actúa con autoridad. Autoridad construida sobre la coherencia que la gente percibe en Él. Jesús defiende la verdad, pero antes de eso, vive en la verdad. Verdad de quien habla desde convicciones profundas y actúa conforme a lo que dice; verdad de quien predica la misericordia y tiene tiempo para acercarse y escuchar, y por eso dice palabras significativas que llegan al corazón; verdad del que, porque literalmente no tiene dónde reclinar la cabeza, puede ser para los pobres compañero cercano, amigo compasivo, y por eso, capaz de consolar a tantos en el sufrimiento.

6. Esta autoridad radical de Jesús nosotros no la podremos tener nunca. Pero no renunciemos a buscarla, a reflejarla; al menos, parcialmente. Alguien ha dicho que la Iglesia necesita recuperar su autoridad moral. Cierto que hay críticas justas y algunas injustas. Pero las críticas, incluso las injustas, recibidas con humildad, ayudan siempre. Y desde luego fortalecen al pastor que quiere mejorar, porque sabe lo que le falta para tener la autoridad del maestro.

7. La autoridad de Jesús incluye la capacidad de expulsar demonios. No los podrá convertir, pero sí los puede hacer inofensivos; les quita su poder para debilitar la inocencia, para enturbiar la limpieza de corazón, para sembrar semillas de cinismo y agresividad. Y así, poco a poco, les impide acabar con la auténtica alegría.

8. La autoridad es contraste y nunca se gana con estrategias de mimetismo. A veces nuestro deseo de ser cercanos, se ha transmutado en un intento de “ser uno más”, evitando decir o hacer algo que pudiera marcarnos como distintos. Cristo fue cercano, pero no fue uno más.

9. No es posible ser uno más y defender hoy que esta vida, a pesar de su belleza y trascendencia, no es sino la antesala de otra más grande más allá de la muerte. Cantaba hace unos días en la abadía cisterciense de la Oliva, un himno que llama a esta convicción “el secreto más hondo de esta vida; un nuevo cielo y una nueva tierra capaces de colmar nuestro anhelo sin medida”. Creer esto y vivir en consecuencia, además de ser profundamente contracultural, nos hace extraños, o como mínimo “extranjeros” en esta patria; no es posible ser uno más y vivir en actitud orante y agradecida, cuando muchos ya no saben lo que es rezar; no es posible creerse “uno más” y creer al mismo tiempo que la felicidad solo llega cuando eres capaz de poner el tú antes que el yo. Quien sigue a Cristo nunca podrá juzgar a nadie y menos considerarse superior, pero no podrá ser uno más. Recuperemos pues, nuestra autoridad moral, pero hagámoslo del único modo que podemos hacerlo: desde lo que somos.

10. Quien comparte la autoridad de Cristo no se enreda en análisis negativos sobre la situación social o sobre las debilidades de otras personas o grupos. Hace propuestas y las hace con convicción. Y pone su vida por delante. No pongamos demasiada energía en señalar las contradicciones y debilidades que observamos en otros, los signos de ignorancia, la desintegración de convicciones humanistas y los peligros varios que algunos análisis destacan. No quedemos paralizados diseccionando cadáveres o habitando en cementerios, como aquel endemoniado de Gerasa que solo se sentía a gusto entre sepulcros.

11. Mejor asumamos el reto de decir y hacer propuestas significativas para el mundo; con convicción, con autoridad. Busquemos modos y maneras de que nuestro mensaje llegue a nuevas personas, aunque inevitablemente llegue, como siempre llega, en recipientes de barro. En ese barro transportamos el tesoro de nuestro vino viejo, desconocido ya para muchos y por eso potencialmente sorprendente, vino viejo que puede transformarse en nuevo si le ponemos convicción y afecto, y si acertamos a comunicarnos mejor.

`Esana bat eta izana bestea´ danean, galtzen da sinisgarritasuna. Gastau gaitezan jente artean, inori lezinoak emoten ibili barik

12. Hablemos con autoridad, pero evitando la impresión de que intentamos defender privilegios. Pongámonos en el último banco, dispuestos a servir desde allí a los que necesitan afecto o cualquier tipo de apoyo. Hablemos a la gente convencidos de que el Evangelio es luz capaz de iluminar muchas situaciones, consuelo en las dificultades y siempre alegría verdadera. Hablemos con sencillez, de modo que nos entiendan, transparentando un deseo sincero de buscar el bienestar de las personas y el bien de la comunidad. Podrán no estar de acuerdo con algunas propuestas, pero al menos que perciban en nosotros una sincera y desinteresada preocupación por sus anhelos y sufrimientos, que sientan que verdaderamente nos importan las personas, su presente y su futuro. Defendamos el valor de la comunidad, convencidos de que, en la apertura a los otros, a los distintos, a los débiles, nos jugamos la esencia de nuestra humanidad y ahora, más que nunca, incluso nuestro futuro colectivo.

Ebanjelioan dago benetako aginpidea. Bertan aurkitzen dogulako gure izatearen sakoneko zentzuna

13. A esta comunidad de fe que es la Iglesia católica le interesan todas las ciencias, todos los saberes, todos los libros; queremos entenderlo todo y conocerlo todo, pero todo lo leemos desde una convicción profunda: que cuando la legítima pasión por este mundo y toda su belleza se marchite, lo único que quedará es el amor. Ahora vemos y entendemos oscuramente, como en el reflejo de espejos imperfectos; por eso sabemos que no hay cristianismo sin misterio. Pero sabemos algo más: sabemos que no hay Iglesia sin el milagro de la eucaristía; y sabemos que no hay seguimiento de Jesús sin devoción por Cristo. Y cuando estas y algunas otras cosas centrales se nos olviden, sabemos que la autoridad del Evangelio se hará de nuevo presente para refrescarnos la memoria.

14. Hagamos todo lo que tenemos que hacer y, al final del día, reconozcamos en el silencio de la oración nuestra inutilidad. Y así dormiremos en paz, habiendo sido capaces de dejar los líos, al menos por algunas horas, en manos del Otro, de ese único que puede arreglarlos. Y esto, en sí mismo, es un acto de fe, de una fe que sabe vivir en la confianza.

15. Voy terminando, no sea que ya en la primera homilía defraude la confianza del Santo Padre, que las pide cortas. Hemos invocado en el salmo al Espíritu de Dios. Acabo mis palabras haciéndolo de nuevo para que sea ese Espíritu el que renueve nuestros mensajes y testimonios, y así podamos reflejar un poco más a aquel Jesús que hablaba con autoridad humilde.

Etorri Espiritu Santua benetakoak izan gaitezan. Ayúdanos Espíritu divino a vivir en la verdad, evitando falsas apariencias o grandes palabras que oculten nuestra debilidad.

Etorri Espiritu Santua eta bidelagun izaten lagundu. Pon en nuestro corazón una preocupación sincera por cada persona, especialmente por los que sufren y aquellos que piensan distinto.

Etorri Espiritu Santua eta alaitasuna zabaltzen erakutsi. Pon en nuestros labios palabras de ánimo, de aliento, que ayuden a la gente en medio de sus preocupaciones a recuperar la confianza.

Etorri Espiritu Santua, doan hartu doguna emoten ikasi daigun. Ven brisa del Espíritu y no nos dejes apartarnos de lo que somos, convencidos del tesoro de la tradición que hemos recibido, porque sin capacidad de contraste con el mundo, poco o nada podremos aportar.

Etorri Espiritu Santua eta Jaungoikoaren aginpidea plazaratzen lagundu. Ayúdanos a reflejar la autoridad de Cristo, piedra tantas veces desechada por los arquitectos, pero que hoy, aunque sea de manera velada, se manifiesta de nuevo de muchas maneras como piedra angular y sustento para la Vida del mundo.

Catedral de Santiago. Bilbao. 3 de julio de 2021

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El Evangelio que leemos en la liturgia de este domingo (Mc 6,1-6) nos habla de la incredulidad de los paisanos de Jesús. Él, después de haber predicado en otros pueblos de Galilea, vuelve a Nazaret, donde había crecido con María y José; y, un sábado, se pone a enseñar en la sinagoga. Muchos, escuchándolo, se preguntan: “¿De dónde le viene toda esta sabiduría dada? Pero, ¿no es el hijo del carpintero y de María, es decir, de nuestros vecinos a los que conocemos bien?” (cfr. vv. 1-3). Delante de esta reacción, Jesús afirma una verdad que ha entrado a formar parte también de la sabiduría popular: «Un profeta sólo en su patria, entre sus parientes y en su casa carece de prestigio» (v.4). Lo decimos muchas veces.

Detengámonos en la actitud de los paisanos de Jesús. Podemos decir que ellos conocen a Jesús, pero no lo reconocen. Hay diferencia entre conocer y reconocer. De hecho, esta diferencia nos hace entender que podemos conocer varias cosas de una persona, hacernos una idea, fiarnos de lo que dicen los demás, quizá de vez en cuando verla por el barrio, pero todo esto no basta. Se trata de un conocer diría ordinario, superficial, que no reconoce la unicidad de esa persona. Es un riesgo que todos corremos: pensamos que sabemos mucho de una persona, y lo peor es que la etiquetamos y la encerramos en nuestros prejuicios.

De la misma manera, los paisanos de Jesús lo conocen desde hace treinta años y ¡piensan que lo saben todo! “¿Pero este no es el joven que hemos visto crecer, el hijo del carpintero y de María? ¿Pero de dónde le vienen estas cosas?”. La desconfianza. En realidad, no se han dado nunca cuenta de quién es realmente Jesús. Se detienen en la exterioridad y rechazan la novedad de Jesús.

Y aquí entramos precisamente en el núcleo del problema: cuando hacemos que prevalezca la comodidad de la costumbre y la dictadura de los prejuicios, es difícil abrirse a la novedad y dejarse sorprender. Nosotros controlamos, con la costumbre, con los prejuicios. Al final sucede que muchas veces, de la vida, de las experiencias e incluso de las personas buscamos solo confirmación a nuestras ideas y a nuestros esquemas, para nunca tener que hacer el esfuerzo de cambiar. Y esto puede suceder también con Dios, precisamente a nosotros, creyentes, a nosotros que pensamos que conocemos a Jesús, que sabemos ya mucho sobre Él y que nos basta con repetir las cosas de siempre. Y esto no basta con Dios. Pero sin apertura a la novedad y sobre todo —escuchad bien— apertura a las sorpresas de Dios, sin asombro, la fe se convierte en una letanía cansada que lentamente se apaga y se convierte en una costumbre, una costumbre social. He dicho una palabra: el asombro. ¿Qué es el asombro? El asombro es precisamente cuando sucede el encuentro con Dios: “He encontrado al Señor”. Leemos en el Evangelio: muchas veces, la gente que encuentra a Jesús y lo reconoce, siente el asombro. Y nosotros, con el encuentro con Dios, tenemos que ir en este camino: sentir el asombro. Es como el certificado de garantía que ese encuentro es verdad, no es costumbre.

Al final, ¿por qué los paisanos de Jesús no lo reconocen y no creen en Él? ¿Por qué? ¿Cuál es el motivo? Podemos decir, en pocas palabras, que no aceptan el escándalo de la Encarnación. No lo conocen, este misterio de la Encarnación, pero no aceptan el misterio. No lo saben, pero el motivo es inconsciente y sienten que es escandaloso que la inmensidad de Dios se revele en la pequeñez de nuestra carne, que el Hijo de Dios sea el hijo del carpintero, que la divinidad se esconda en la humanidad, que Dios habite en el rostro, en las palabras, en los gestos de un simple hombre. He aquí el escándalo: la encarnación de Dios, su concreción, su “cotidianidad”. Y Dios se ha hecho concreto en un hombre, Jesús de Nazaret, se ha hecho compañero de camino, se ha hecho uno de nosotros. “Tú eres uno de nosotros”: decirlo a Jesús, ¡es una bonita oración! Y porque es uno de nosotros nos entiende, nos acompaña, nos perdona, nos ama mucho. En realidad, es más cómodo un dios abstracto, distante, que no se entromete en las situaciones y que acepta una fe lejana de la vida, de los problemas, de la sociedad. O nos gusta creer en un dios “de efectos especiales”, que hace solo cosas excepcionales y da siempre grandes emociones.

Sin embargo, queridos hermanos y hermanas, Dios se ha encarnado: Dios es humilde, Dios es tierno, Dios está escondido, se hace cercano a nosotros habitando la normalidad de nuestra vida cotidiana. Y entonces, a nosotros nos sucede como a los paisanos de Jesús, corremos el riesgo de que, cuando pase, no lo reconozcamos. Vuelvo a decir una bonita frase de San Agustín: “Tengo miedo de Dios, del Señor, cuando pasa”. Pero, Agustín, ¿por qué tienes miedo? “Tengo miedo de no reconocerlo. Tengo miedo del Señor cuando pasa. Timeo Dominum transeuntem”. No lo reconocemos, nos escandalizamos de Él. Pensemos en cómo está nuestro corazón respecto a esta realidad.

Ahora, en la oración, pidamos a la Virgen, que ha acogido el misterio de Dios en la cotidianidad de Nazaret, tener ojos y corazón libres de los prejuicios y tener ojos abiertos al asombro: “¡Señor, haz que te encuentre!”. Y cuando encontramos al Señor se da este asombro. Lo encontramos en la normalidad: ojos abiertos a las sorpresas de Dios, a Su presencia humilde y escondida en la vida de cada día.

4 julio 2021

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

SABIO Y CURADOR

No tenía poder cultural como los escribas. No era un intelectual con estudios. Tampoco poseía el poder sagrado de los sacerdotes del templo. No era miembro de una familia honorable ni pertenecía a las élites urbanas de Séforis o Tiberíades. Jesús era un obrero de la construcción de una aldea desconocida de la Baja Galilea.

No había estudiado en ninguna escuela rabínica. No se dedicaba a explicar la ley. No le preocupaban las discusiones doctrinales. No se interesó nunca por los ritos del templo. La gente lo veía como un maestro que enseñaba a entender y vivir la vida de manera diferente.

Según Marcos, cuando Jesús llega a Nazaret acompañado por sus discípulos, sus vecinos quedan sorprendidos por dos cosas: la sabiduría de su corazón y la fuerza curadora de sus manos. Era lo que más atraía a la gente. Jesús no es un pensador que explica una doctrina, sino un sabio que comunica su experiencia de Dios y enseña a vivir bajo el signo del amor. No es un líder autoritario que impone su poder, sino un curador que sana la vida y alivia el sufrimiento.

Sin embargo, las gentes de Nazaret no lo aceptan. Neutralizan su presencia con toda clase de preguntas, sospechas y recelos. No se dejan enseñar por él ni se abren a su fuerza curadora. Jesús no logra acercarlos a Dios ni curar a todos, como hubiera deseado.

A Jesús no se le puede entender desde fuera. Hay que entrar en contacto con él. Dejar que nos enseñe cosas tan decisivas como la alegría de vivir, la compasión o la voluntad de crear un mundo más justo. Dejar que nos ayude a vivir en la presencia amistosa y cercana de Dios. Cuando uno se acerca a Jesús, no se siente atraído por una doctrina, sino invitado a vivir de manera nueva.

Por otra parte, para experimentar su fuerza salvadora es necesario dejarnos curar por él: recuperar poco a poco la libertad interior, liberarnos de miedos que nos paralizan, atrevernos a salir de la mediocridad. Jesús sigue hoy «imponiendo sus manos». Solo se curan quienes creen en él.

José Antonio Pagola

Marcos 6,1-6

Domingo XIV TO B

4 julio 2021

CATEQUESIS DEL PAPA FRANCISCO

 Pablo, verdadero apóstol

Hermanos y hermanas, ¡buenos días! Nos adentramos poco a poco en la Carta a los Gálatas. Hemos visto que estos cristianos se encuentran en conflicto sobre cómo vivir la fe. El apóstol Pablo empieza a escribir su Carta recordándoles las relaciones pasadas, el malestar por la distancia y el amor inmutable que tiene por cada uno de ellos. Sin embargo, no deja de señalar su preocupación para que los gálatas sigan el camino correcto: es la preocupación de un padre, que generó las comunidades en la fe. Su intención es muy clara: es necesario reafirmar la novedad del Evangelio, que los gálatas han recibido de su predicación, para construir la verdadera identidad sobre la que fundar la propia existencia. Y este es el principio: reafirmar la novedad del Evangelio, lo que los gálatas han recibido del Apóstol.

Descubrimos en seguida que Pablo es un profundo conocedor del misterio del Cristo. Desde el principio de su Carta no sigue los bajos argumentos de sus detractores. El apóstol “vuela alto” y nos indica también a nosotros cómo comportarnos cuando se crean conflictos dentro de la comunidad. De hecho, solo hacia el final de Carta, se aclara que el núcleo de la controversia suscitada es el de la circuncisión, por tanto, de la principal tradición judía. Pablo elige el camino de ir más en profundidad, porque lo que está en juego es la verdad del Evangelio y la libertad de los cristianos, que es parte integrante del mismo. No se detiene en la superficie de los problemas, de los conflictos, como a menudo tenemos la tentación para encontrar en seguida una solución que ilusiona para poner a todos de acuerdo con un compromiso. Pablo ama a Jesús y sabe que Jesús no es un hombre-Dios de acuerdos. No funciona así con el Evangelio y el Apóstol ha elegido seguir el camino más arduo. Escribe así: «Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios?» Él no trata de hacer la paz con todos. Y continúa: «¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,10).

En primer lugar, Pablo se siente en el deber de recordar a los gálatas que es un verdadero apóstol no por mérito propio, sino por la llamada de Dios. Él mismo cuenta la historia de su vocación y conversión, que coincide con la aparición de Cristo Resucitado durante el viaje hacia Damasco (cfr. Hch 9,1-9). Es interesante observar lo que afirma de su vida precedente a ese suceso: «Encarnizadamente perseguía a la Iglesia de Dios y la devastaba, y cómo sobrepasaba en el Judaísmo a muchos de mis compatriotas contemporáneos, superándoles en el celo por las tradiciones de mis padres» (Gal 1,13-14). Pablo osa afirmar que él en el judaísmo superaba a todos, era un verdadero fariseo celante «en cuanto a la justicia de la Ley, intachable» (Fil 3,6). En dos ocasiones destaca que había sido un defensor de las «tradiciones de los padres» y un «convencido defensor de la ley». Esta es la historia de Pablo.

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REZO DEL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En la parte central del Evangelio de la liturgia de hoy (Mt 16, 13-19), el Señor hace una pregunta decisiva a sus discípulos: «Y vosotros, ¿Quién decís que soy yo?» (v. 15). Es la pregunta crucial que Jesús nos repite hoy también a nosotros: “¿Quién soy yo para ti?”. ¿Quién soy yo para ti, que has abrazado la fe pero todavía tienes miedo de remarmar adentro en mi Palabra? ¿Quién soy yo para ti, que eres cristiano desde hace mucho tiempo pero, cansado por la costumbre, has perdido tu primer amor? ¿Quién soy yo para ti, que estás pasando por un momento difícil y necesitas sacudirte para continuar? Jesús pregunta: ¿Quién soy yo para ti? Démosle hoy una respuesta, pero una respuesta que salga del corazón. Todos, démosle una respuesta que salga del corazón.

Antes de esta pregunta, Jesús les hizo otra a sus discípulos: “¿Quién dice la gente que soy yo?” (cf. v. 13). Era una encuesta para registrar las opiniones sobre él y la fama que gozaba, pero la fama no le interesa a Jesús, no era una encuesta de ese tipo. Entonces, ¿por qué hizo esa pregunta? Para subrayar una diferencia, que es la diferencia fundamental de la vida cristiana. Hay quienes se quedan en la primera pregunta, en las opiniones, y hablan de Jesús; y hay quienes, en cambio, le hablan a Jesús, ofreciéndole la vida, entrando en relación con él, dando el paso decisivo. Esto le interesa al Señor: estar en el centro de nuestros pensamientos, ser el punto de referencia de nuestros afectos; ser, en definitiva, el amor de nuestra vida. No las opiniones que tenemos de él: no le interesan. Le interesa nuestro amor, si él está en nuestro corazón.

Los santos que celebramos hoy dieron este paso y se convirtieron en testigos. El paso de la opinión a tener a Jesús en el corazón: testigos. No eran admiradores, sino imitadores de Jesús. No eran espectadores, sino protagonistas del Evangelio. No creyeron de palabra, sino con obras. Pedro no habló de misión, vivió la misión, era pescador de hombres; Pablo no escribió libros cultos, sino cartas vividas, mientras viajaba y daba testimonio. Ambos gastaron su vida por el Señor y por sus hermanos. Y nos provocan. Porque corremos el riesgo de quedarnos en la primera pregunta: dar pareceres y opiniones, tener grandes ideas y decir bonitas palabras, pero nunca jugándonosla. Y Jesús quiere que nos la juguemos. ¡Cuántas veces, por ejemplo, decimos que nos gustaría una Iglesia más fiel al Evangelio, más cercana a la gente, más profética y misionera, pero luego, en la práctica, no hacemos nada! Es triste ver que muchos hablan, comentan y debaten, pero pocos dan testimonio. Los testigos no se pierden en palabras, sino que dan frutos. Los testigos no se quejan de los demás ni del mundo, empiezan por sí mismos. Nos recuerdan que Dios no ha de ser demostradosino mostrado, con el propio testimonio; no anunciado con proclamas, sino testimoniado con el ejemplo. Esto se llama “poner la vida en juego”.

Sin embargo, al mirar la vida de Pedro y Pablo, puede surgir una objeción: ambos fueron testigos, pero no siempre ejemplares: ¡eran pecadores! Pedro negó a Jesús y Pablo persiguió a los cristianos. Pero, aquí está el punto, también testimoniaron sus caídas. San Pedro, por ejemplo, podría haber dicho a los evangelistas: “No escriban los errores que he cometido”, hagan un Evangelio for sport. Pero no, su historia sale sin ambages de los Evangelios, con todas sus miserias. Lo mismo dígase de san Pablo, que en sus cartas habla de errores y debilidades. Aquí es donde comienza el testigo: desde la verdad sobre sí mismo, desde la lucha contra su propia doblez y falsedad. El Señor puede hacer grandes cosas a través de nosotros cuando nos tiene sin cuidado defender nuestra imagen, pero somos transparentes con él y con los demás. Hoy, queridos hermanos y hermanas, el Señor nos interpela. Y su pregunta es la misma: ¿Quién soy yo para ti? Nos excava dentro. A través de sus testigos Pedro y Pablo nos estimula a quitarnos las máscaras, a renunciar a las medias tintas, a las excusas que nos vuelven tibios y mediocres. Que Nuestra Señora, Reina de los Apóstoles, nos ayude en esto y encienda en nosotros el deseo de dar testimonio de Jesús.

29 junio 2021

EL PAPA EN EL REZO DEL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy en el Evangelio (cf. Mc 5,21-43) Jesús se tropieza con nuestras dos situaciones más dramáticas, la muerte y la enfermedad.  De ellas libera a dos personas: una niña, que muere justo cuando su padre ha ido a pedir ayuda a Jesús; y una mujer, que desde hace muchos años tiene flujo de sangre.  Jesús se deja tocar por nuestro dolor y nuestra muerte, y obra dos signos de curación para decirnos que ni el dolor ni la muerte tienen la última palabra. Nos dice que la muerte no es el final.  Vence a este enemigo, del que solos no podemos liberarnos.

Centrémonos, sin embargo, en este momento en que la enfermedad sigue ocupando las primeras páginas, en el otro signo, la curación de la mujer. Más que su salud, eran sus afectos los que estaban comprometidos, ¿por qué?: tenía flujos de sangre y, por lo tanto, según la mentalidad de la época, era considerada impura. Era una mujer marginada, no podía tener relaciones estables, no podía tener un marido, no podía tener una familia y no podía tener relaciones sociales normales porque era impura. Una enfermedad que la hacía impura. Vivía sola, con el corazón herido. ¿Cuál es la peor enfermedad de la vida? ¿El cáncer?, ¿la tuberculosis? ¿la pandemia? NoLa peor enfermedad de la vida es la falta de amor, es no poder amar. Esta pobre mujer estaba enferma, sí, de flujos de sangre, pero en consecuencia de falta de amor porque no podía hacer vida social con los demás. Y la curación que más importa es la de los afectos. Pero ¿cómo encontrarla? Podemos pensar en nuestros afectos: ¿están enfermos o tienen buena salud? ¿Están enfermos? Jesús es capaz de curarlos.

La historia de esta mujer sin nombre —la llamamos así, “la mujer sin nombre”—, con la que todos podemos identificarnos, es ejemplar. El texto dice que había probado muchas curas, y «gastado todos sus bienes sin provecho alguno, antes bien, yendo a peor» (v. 26). También nosotros, ¿cuántas veces nos arrojamos sobre remedios equivocados para saciar nuestra falta de amor? Pensamos que el éxito y el dinero nos hacen felices, pero el amor no se compra, es gratuito. Nos refugiamos en lo virtual, pero el amor es concreto. No nos aceptamos tal y como somos y nos escondemos detrás de los trucos del mundo exterior, pero el amor no es apariencia. Buscamos soluciones de magos y de gurús, sólo para encontrarnos sin dinero y sin paz, como aquella mujer. Ella, finalmente, elige a Jesús y se abalanza entre la multitud para tocar el manto, el manto de Jesús. Es decir, esa mujer busca el contacto directo, el contacto físico con Jesús. En esta época, especialmente, hemos comprendido lo importantes que son el contacto y las relaciones. Lo mismo ocurre con Jesús: a veces nos contentamos con observar algún precepto y repetir oraciones —muchas veces como loros— pero el Señor espera que nos encontremos con Él, que le abramos el corazón, que toquemos su manto como la mujer para sanar. Porque, al entrar en intimidad con Jesús, se curan nuestros afectos.

Esto es lo que quiere Jesús. Leemos, en efecto, que, no obstante estuviera apretujado por la muchedumbre, miraba a su alrededor para buscar a quien le había tocado, estrechado; los discípulos decían: “Pero mira que la muchedumbre te apretuja…” No. “¿Quién me ha tocado?” Es la mirada de Jesús: hay tanta gente, pero Él va en busca de un rostro y de un corazón lleno de fe. Jesús no mira al conjunto, como nosotros, mira a la persona. No se detiene ante las heridas y los errores del pasado, va más allá de los pecados y los prejuicios. Todos tenemos una historia, y cada uno de nosotros en secreto conoce bien las cosas malas de la suya. Pero Jesús las mira para curarlas. En cambio, a nosotros nos gusta mirar lo malo de los demás… Cuántas veces, cuando hablamos caemos en el cotilleo que es hablar mal de los demás, “despellejar” a los demás. Pero mira qué horizonte de vida es ese. No como Jesús que mira siempre el modo de salvarnos, mira el hoy, la buena voluntad y no la mala historia que tenemos. Jesús va más allá de los pecados. Jesús va más allá de los prejuicios. No se queda en las apariencias, Jesús llega al corazón. Y la cura precisamente a ella, a la que habían rechazado todos. Con ternura la llama «hija» (v. 34) —el estilo de Jesús era la cercanía, la compasión y la ternura: “Hija…”— y alaba su fe, devolviéndole la confianza en sí misma.

Hermana, hermano, estás aquí, deja que Jesús mire y sane tu corazón. Yo también tengo que hacerlo: dejar que Jesús mire mi corazón y lo cure. Y si ya has sentido su mirada tierna sobre ti, imítalo, haz como Él. Mira a tu alrededor: verás que muchas personas que viven cerca de ti se sienten heridas y solas, necesitan sentirse amadas: da el paso. Jesús te pide una mirada que no se quede en las apariencias, sino que llegue al corazón; que no juzgue —terminemos de juzgar a lo demás—, Jesús nos pide una mirada que no juzgue, sino que acoja. Abramos nuestro corazón para acoger a los demás. Porque sólo el amor sana la vida, solo el amor sana la vida.

Que la Virgen, Consuelo de los afligidos, nos ayude a llevar una caricia a los heridos, a los heridos en el corazón que encontremos en nuestro camino. Y a no juzgar, a no juzgar la realidad personal, social, de los demás. Dios ama a todos. No juzguéis, dejad vivir a los demás y tratad de acercaros con amor.

27 junio 2021