DE CAMINO

Mateo 11,25-30

Hemos abandonado la lectura continua para escuchar la lectura propia de Santa Teresa, en la que la Liturgia ha puesto el evangelio de san Mateo que hemos escuchado, texto evangélico muy bello.

En él podemos distinguir tres tiempos. Comienza en tono de oración al Padre, igual que en el momento sublime de la Última Cena. Jesús, en un clima íntimo y filial se arranca con una acción de gracias al Padre por la actitud de los sencillos de corazón, capaces de abrirse y comprender el don de Dios: “Te doy gracias, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque has escondido estas cosas a los sabios y entendidos y se las has revelado a los sencillos”.

“Estas cosas” que Dios revela o esconde son el conjunto del evangelio del Reino. En la persona, en el mensaje y obras de Jesús se manifestó Dios a los hombres; pero sólo los sencillos de corazón lo entendieron. Jesús no logró hacerse entender ni aceptar por los sabios y letrados judíos.

. Y Dios se revela a los humildes: “Todo me ha sido entregado por mi Padre, y nadie conoce al Hijo más que el Padre, y nadie conoce al Padre, sino el Hijo y aquel a quien el Hijo se lo quiera revelar”. Jesús nos descubre su misterio, su intimidad: el Padre ama y conoce al Hijo, y el Hijo conoce y ama al Padre. Y Jesús, el Hijo, nos descubre al Padre del cielo.

. Desde esta intimidad queda clara la invitación de Jesús: “Venid a mí todos los que estáis cansados y agobiados”. A pesar de las exigencias del seguimiento de Jesús, la revelación del Padre a los sencillos no les impone nuevas obligaciones, sino que su Espíritu facilita el llevar las cargas que ya se tienen, aliviando su peso y ayudando a cumplir su voluntad. “Porque mi yugo es llevadero y mi carga ligera”. Seguir a Jesús es exigente, pero no agobiante; su yugo es suave y su carga ligera.

. “… Y se las has revelado a los sencillos” decía Jesús en su oración. Santa Teresa de Jesús (cuya fiesta estamos celebrando) es ejemplo; ella reconocía no tener estudios de teología por Salamanca y, sin embargo, alcanzó de Dios tal sabiduría espiritual que es doctora de la Iglesia. En su obra “El Castillo Interior” describe su experiencia mística de unión profunda con el Señor. Dios es percibido y sentido como viviendo en la más profunda celda del castillo de uno mismo.

. Que el Señor nos haga sencillos de corazón. Así, vacíos de nosotros mismos, nos llenará de la intimidad de su misterio divino. “Quien a Dios tiene nada le falta”, nos recuerda santa Teresa.

15 octubre 2021

DE CAMINO

Lucas 11,47-54

Continuamos el evangelio de ayer con las dos últimas recriminaciones de Jesús contra los escribas. No contentos con imponer a los demás obligaciones que ellos no cumplen, mantienen la misma actitud de quienes en tiempos pasados desoyeron y mataron a los profetas: cierran la entrada del Reino a sí mismos y a los demás.

Poseedores de la llave del saber religioso, los escribas  no aciertan a abrirse el paso hacia Dios, y cierran la puerta a los humiles y sencillos. Fallan como personas y como guías.

. Dos “ayes” les dedica hoy Jesús: “¡Ay de vosotros!, que aprobáis lo que hicieron vuestros padres que mataron a los profetas”, “¡Ay de vosotros!, que os habéis quedado con la llave del saber”.

Los dirigentes religiosos identifican la sabiduría de Dios con su saber. Se sienten propietarios, no comunicadores, de la verdad de Dios. Por eso, la manipulan, la condicionan, echan a los demás “unos fardos” que ni ellos soportan ni son voluntad de Dios.

Estos dirigentes se sienten tan seguros y cerrados sobre sí mismos que persiguen y matan a los profetas, a los enviados por Dios para señalar el camino de Dios, la salvación de todos.

. Por todo ello “se les pedirá cuentas a esta generación de tanta sangre derramada inocentemente, desde la sangre del justo Abel hasta la del profeta Zacarías, que pereció entre el altar y el santuario”, dice Jesús.

. Al final de estas invectivas de Jesús contra fariseos y escribas nos debe quedar clara una idea: frente a la religiosidad externa de aquellos, hay que primar la interiorización de la religión mediante la fe y la conversión del corazón.

Y tanto la fe como la conversión han de transparentarse en nuestra conducta, sin permitir la separación entre fe y vida, la vivencia interior y la acción, lo interno y lo externo, lo religioso y lo profano.

Hoy, como ayer, Jesús necesita seguidores y testigos de la ley del Espíritu que nos da vida en Cristo, librándonos de la ley del pecado y de la muerte (Rom.8,2).

14 octubre 2021

CATEQUESIS DEL PAPA

La libertad cristiana, fermento universal de liberación

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En nuestro itinerario de catequesis sobre la Carta a los Gálatas, hemos podido enfocarnos en cuál es para san Pablo el núcleo central de la libertad: el hecho de que, con la muerte y resurrección de Jesucristo, hemos sido liberados de la esclavitud del pecado y de la muerte. En otros términos: somos libres porque hemos sido liberados, liberados por gracia —no por pagar— liberados por el amor, que se convierte en la ley suprema y nueva de la vida cristiana. El amor: nosotros somos libres porque hemos sido liberados gratuitamente. Este es precisamente el punto clave.

Hoy quisiera subrayar cómo esta novedad de vida nos abre a acoger a cada pueblo y cultura y al mismo tiempo abre a cada pueblo y cultura a una libertad más grande. San Pablo, de hecho, dice que para quien se adhiere a Cristo ya no cuenta ser judío o pagano. Cuenta solo «la fe que actúa por la caridad» (Gal 5,6). Creer que hemos sido liberados y creer en Jesucristo que nos ha liberado: esta es la fe activa por la caridad. Los detractores de Pablo —esos fundamentalistas que habían llegado allí— lo atacaban por esta novedad, sosteniendo que él había tomado esta posición por oportunismo pastoral, es decir para “gustar a todos”, minimizando las exigencias recibidas de su más estricta tradición religiosa. Es el mismo discurso de los fundamentalistas de hoy: la historia se repite siempre. Como se ve, la crítica en relación con toda novedad evangélica no es solo de nuestros días, sino que tiene una larga historia a las espaldas. Aun así, Pablo no permanece en silencio. Responde con parresia —es una palabra griega que indica valentía, fuerza— y dice: «Porque ¿busco yo ahora el favor de los hombres o el de Dios? ¿O es que intento agradar a los hombres? Si todavía tratara de agradar a los hombres, ya no sería siervo de Cristo» (Gal 1,10). Ya en su primera Carta a los Tesalonicenses se había expresado en términos parecidos, diciendo que en su predicación nunca había usado «palabras aduladoras, ni con pretextos de codicia, […] ni buscando gloria humana» (1 Ts 2,5-6), que son los caminos del “fingir”; una fe que no es fe, es mundanidad.

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DE CAMINO

Lucas 11,27-28

. Hoy es la Virgen del Pilar. Hemos escuchado en el evangelio la “bienaventuranza de María” pronunciada por una mujer del pueblo, entusiasmada por la figura de Jesús: “Bienaventurado el vientre que te llevó y los pechos que te criaron”. El piropo se dirige a María, su Madre, y Jesús lo acepta, pero añade una puntualización: “Mejor, bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la cumplen”.

. Es una nueva bienaventuranza de Jesús que viene a ser un nuevo piropo para María, en labios de su propio Hijo. Porque ella fue la primera que escuchó y aceptó la palabra de Dios en el anuncio del ángel con un “sí” incondicional. Aquel “hágase en mí según tu palabra” fue un asentimiento de fe que abrió todo un mundo de salvación y de nueva creación.

. Esta “bienaventuranza de la palabra” recuerda aquel otro pasaje en que Jesús declara “familiar suyo” a todo el que escucha la palabra de Dios y la pone en práctica (Lc.8,21). Dentro de la gran familia de Cristo, la comunidad del Reino, la Virgen María es la madre de Jesús por excelencia y por doble parentesco: el de la sangre y el del espíritu al nivel de la palabra escuchada eficazmente.

. Los Padres del Concilio Vat.II, en la Lumen Gentium n. 58 decían: “A lo largo de la predicación de Jesús, María acogió las palabras con que su Hijo, exaltando el Reino por encima de las condiciones y lazos de la carne y sangre, proclamó bienaventurados a los que escuchan y cumplen la palabra de Dios. Así avanzó también la santísima Virgen en la peregrinación de la fe”.

. La altura que María de Nazaret alcanzó en la fe mediante la escucha y la práctica de la palabra de Dios la convierte en tipo y ejemplar de la fe del discípulo.

Nos acogemos a Ella y le pedimos que siga con nosotros alentándonos en la escucha de la Palabra para hacer realidad los planes de Jesús, el reino de Dios.

12 octubre 2021

DE CAMINO

Lucas 2,43-51

En esta solemnidad, 11 de octubre, en la que celebramos a la Virgen de Begoña como Madre de Dios, el texto evangélico es el del Niño Jesús en el Templo. La centralidad de este relato está en el doble diálogo entre Jesús y los ancianos del templo y el de Jesús con sus padres.

El evangelista quiere subrayar dos cosas: la paternidad divina de Jesús que pone en su boca Mi Padre”, y la declaración del destino que dará a su vida, los asuntos del Padre: su reinado.: “¿No sabíais que yo debo estar en la casa de mi padre?”.

. Subrayemos: “se pusieron a buscarlo entre los parientes y los conocidos. Al no encontrarlo, regresaron a buscarlo a Jerusalén”. Dos veces aparece la palabra “buscar”.

. “Buscar”. Es a lo que nos invitaba el Papa cuando el sábado abría el Sínodo. Todos estamos convocados a este momento eclesial. Lo concretaba con estas palabras claves: comunión, participación y misión. “Buscar” para hacer experiencia de una Iglesia que recibe y vive el don de la unidad, y que se abre a la voz del Espíritu.

. Todos nosotros estamos llamados a hacer realidad este proyecto que ha de convertirse en expresión viva del ser Iglesia, de un actuar caracterizado por una participación auténtica. Por tanto, vivamos esta ocasión de encuentro, escucha y reflexión como un tiempo de gracia.

Como María y José buscaron a Jesús entre los familiares, los amigos, y por fin lo encontraron en el Templo, así nosotros hemos de ponernos en su búsqueda., la búsqueda del proyecto de Jesús. En el Discurso del Papa hay una alusión al padre Congar, que decía: «No hay que hacer otra Iglesia, pero, en cierto sentido, hay que hacer una Iglesia otra, distinta».

Esta frase me recordaba el libro que D. Joaquin publicó hace unos años: “Otra Iglesia es posible”; el Papa nos llama para una “Iglesia distinta”, abierta a la novedad que Dios le quiere indicar. Y nos convoca a la oración:  invoquemos al Espíritu con más fuerza y frecuencia, y dispongámonos a escucharlo con humildad, caminando juntos, tal como Él —creador de la comunión y de la misión— desea, es decir, con docilidad y valentía.

El evangelio de hoy termina con la frase “Su madre guardaba todas estas cosas en su corazón”. Con María, hoy en la advocación de “Madre de Dios de Begoña”, nos proponemos “guardar estas cosas” en nuestra oración, insistir en pedirle al Señor que seamos, cada vez más, una Iglesia de comunión, participación y misión.

11 octubre 2021

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

La liturgia de hoy nos propone el encuentro entre Jesús y un hombre que «tenía muchos bienes» (Mc 10, 22) y que ha pasado a la historia como “el joven rico” (cf. Mt 19, 20-22). No sabemos su nombre. En realidad, el Evangelio de Marcos habla de él como «uno», sin mencionar su edad ni nombre, para sugerir que todos podemos vernos en ese hombre, como en un espejo. Su encuentro con Jesús, de hecho, nos permite hacer un test sobre la fe. Leyendo esto me hago un test sobre mi fe.

Esta persona comienza con una pregunta: «¿Qué he de hacer para tener en herencia vida eterna?» (v. 17). Fijémonos en los verbos que usa: he de hacer – para tener. Esta es su religiosidad: un deber, un hacer para tener; “hago algo para conseguir lo que necesito”. Pero esta es una relación comercial con Dios, un do ut des. La fe, en cambio, no es un rito frío y mecánico, un “debo-hago- obtengo”. Es una cuestión de libertad y amor. La fe es cuestión de libertad, es cuestión de amor. Y aquí tenemos la primera pregunta del test: ¿qué es la fe para mí? Si es principalmente un deber o una moneda de cambio, estamos muy mal encaminados, porque la salvación es un don y no un deber, es gratuita y no se puede comprar. Lo primero que hay que hacer es deshacerse de una fe comercial y mecánica, que insinúa la falsa imagen de un Dios contable, un Dios controlador, no un padre. Y muchas veces en la vida podemos vivir esta relación de fe “comercial”: hago esto para que Dios me dé esto.

Jesús —segundo pasaje— ayuda a ese hombre ofreciéndole el verdadero rostro de Dios. Y así — dice el texto— «fijando en él su mirada, le amó» (v. 21): ¡esto es Dios! Aquí es donde nace y renace la fe: no de un deber, no de algo que hay que hacer o pagar, sino de una mirada de amor que ha de ser acogida. De este modo la vida cristiana resulta hermosa, si no se basa en nuestras capacidades y nuestros proyectos, sino que se basa en la mirada de Dios. Tu fe, mi fe ¿está cansada? ¿Quieres revitalizarla? Busca la mirada de Dios: ponte en adoración, déjate perdonar en la Confesión, párate ante el Crucifijo. En definitiva, déjate amar por Él. Este es el comienzo de la fe: dejarse amar por Él, que es padre.

Después de la pregunta y la mirada hay —tercer y último pasaje— una invitación de Jesús, que le dice: «Solo una cosa te falta». ¿Qué le faltaba a ese hombre rico? El don, la gratuidad: «Vete, vende lo que tienes y dáselo a los pobres» (v. 21). Esto es lo que quizás también nos falta a nosotros. A menudo hacemos lo mínimo indispensable, mientras que Jesús nos invita a hacer lo máximo posible. ¡Cuántas veces nos conformamos con los deberes —los preceptos, alguna oración y muchas cosas así—, mientras Dios, que nos da la vida, nos pide impulsos de vida! En el Evangelio de hoy se ve claramente este paso del deber al don; Jesús comienza recordando los mandamientos: «No mates, no cometas adulterio, no robes …» etc. (v. 19), y llega a la propuesta positiva: “¡Ve, vende, da, sígueme! (cf. v. 21). La fe no puede limitarse a los noes, porque la vida cristiana es un sí, un sí de amor.

Queridos hermanos y hermanas, una fe sin don, una fe sin gratuidad es una fe incompleta, es una fe débil, una fe enferma. Podríamos compararla con un alimento rico y nutritivo que carece de sabor, o con un partido más o menos bien jugado, pero sin goles: no, no va bien, falta “la sal”. Una fe sin don, sin gratuidad, sin obras de caridad al final nos entristece: como aquel hombre que, aunque mirado con amor por el mismo Jesús, volvió a casa «entristecido» y «apenado» (v. 22). Hoy podemos preguntarnos: “¿Cuál es la situación de mi fe? ¿La vivo como algo mecánico, como una relación de deber o de interés con Dios? ¿Me acuerdo de alimentarla dejando que Jesús me mire y me ame?”. Dejarse mirar y amar por Jesús; dejar que Jesús nos mire, nos ame. “Y, atraído por Él, ¿correspondo con gratuidad, con generosidad, con todo el corazón?

Que la Virgen María, que dijo un sí total a Dios, un sí sin peros —no es fácil decir sí sin peros: la Virgen lo hizo, un sí sin peros—, nos haga gustar la belleza de hacer de la vida un don.

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

UN DINERO QUE NO ES NUESTRO

En nuestras iglesias se pide dinero para los necesitados, pero ya no se expone la doctrina cristiana que sobre el dinero predicaron con fuerza teólogos y predicadores como Ambrosio de Tréveris, Agustín de Hipona o Bernardo de Claraval.

Una pregunta aparece constantemente en sus labios. Si todos somos hermanos y la tierra es un regalo de Dios a toda la humanidad, ¿con qué derecho podemos seguir acaparando lo que no necesitamos, si con ello estamos privando a otros de lo que necesitan para vivir? ¿No hay que afirmar más bien que lo que le sobra al rico pertenece al pobre?

No hemos de olvidar que poseer algo siempre significa excluir de aquello a los demás. Con la «propiedad privada» estamos siempre «privando» a otros de aquello que nosotros disfrutamos.

Por eso, cuando damos algo nuestro a los pobres, en realidad tal vez estamos restituyendo lo que no nos corresponde totalmente. Escuchemos estas palabras de san Ambrosio: «No le das al pobre de lo tuyo, sino que le devuelves lo suyo. Pues lo que es común es de todos, no solo de los ricos… Pagas, pues, una deuda; no das gratuitamente lo que no debes».

Naturalmente, todo esto puede parecer idealismo ingenuo e inútil. Las leyes protegen de manera inflexible la propiedad privada de los privilegiados, aunque dentro de la sociedad haya pobres que viven en la miseria. San Bernardo reaccionaba así en su tiempo: «Continuamente se dictan leyes en nuestros palacios; pero son leyes de Justiniano, no del Señor».

No nos ha de extrañar que Jesús, al encontrarse con un hombre rico que ha cumplido desde niño todos los mandamientos, le diga que todavía le falta una cosa para adoptar una postura auténtica de seguimiento suyo: dejar de acaparar y comenzar a compartir lo que tiene con los necesitados.

El rico se aleja de Jesús lleno de tristeza. El dinero lo ha empobrecido, le ha quitado libertad y generosidad. El dinero le impide escuchar la llamada de Dios a una vida más plena y humana. «Qué difícil les va a ser a los ricos entrar en el reino de Dios». No es una suerte tener dinero, sino un verdadero problema, pues el dinero nos impide seguir el verdadero camino hacia Jesús y hacia su proyecto del reino de Dios.

José Antonio Pagola

DE CAMINO

Lucas 11,15-26

. Jesús acaba de expulsar un demonio de un poseso; la multitud se quedó admirada, pero algunos de ellos dijeron: “Por arte de Belcebú, el príncipe de los demonios, echa los demonios”. El misterio de Jesús no siempre es comprendido. Unos admiraron el poder liberador y la misericordia de Dios que Jesús manifestaba; pero otros lo atribuyeron a complicidad con el demonio.

Ante un milagro de Jesús, qué distintas son las reacciones. A unos les seduce. A otros les confunde y, como no pueden negar el hecho, atribuyen el milagro al poder del mal.

. “Pero si yo echo los demonios con el dedo de Dios, entonces es que el reino de Dios ha llegado a vosotros”. Porque los milagros, los signos de sanación que Jesús realiza, son la gran prueba y señal de que el Reino de Dios había llegado.

Para aceptar como evidente tal interpretación se requería una luz especial, la fe -que era precisamente lo que faltaba a sus adversarios-. La fe es un don de Dios y no una conclusión lógica; por eso no nacía necesariamente de los milagros.

. Además, todo signo de Dios conlleva una decisión a favor o en contra. Por eso añade Jesús: “El que no está conmigo está contra mí”.

Si no se acoge el reino de Dios con un corazón abierto y agradecido, se colocará en una situación peor que al principio; está comparando la suerte del pueblo de Israel con la del poseso curado.

. Nosotros hemos elegido “estar con Jesús”, hemos optado por él. Siempre es posible, como dice el Evangelio, caer en la tentación, y alejarse de él; por eso nos ponemos en guardia y a Dios le pedimos que no nos deje caer.

Frente a nuestros males también sería interesante recordar las invitaciones que hace el profeta Joel, en la primera lectura. Hemos puesto más nuestro corazón en otras cosas que en Dios, se busca llenar el hueco que ha dejado en nuestras vidas con vaciedades.

. Volver al Señor, es la mejor forma del vencer al demonio. Jesús es más fuerte que el mal, como es más fuerte el amor que el pecado. He aquí la fuente y la raíz de nuestro optimismo cristiano.

Pidamos al Señor que también de nuestro corazón expulse toda clase de demonios: de la ambición, del poder, del placer, de la duda, de la pereza, de la injusticia. Que limpie nuestra casa y no permita que vuelva a entrar el mal en nosotros. Que venga a habitar en medio de nosotros su Espíritu, el Espíritu de Dios.

DE CAMINO

Lucas 11,6-13

. San Lucas, continuando la escena de ayer en la que Jesús les enseñó el “Padre nuestro”, habla de la necesidad y eficacia de una oración perseverante. Dos partes advertimos en el evangelio: la parábola del amigo importuno y los tres ejemplos de petición de un niño a su padre.

. Dios es el amigo que escucha desde dentro al importuno de fuera, espera que sus hijos le presenten sus oraciones con constancia, con confianza y en todo momento.

Podemos confiar que acabará por escucharnos, más que por nuestra constancia, porque Él es bueno. Es ponerse confiadamente en manos de un padre que nos ama y nos conoce profundamente.

. Jesús quiere que nosotros también seamos perseverantes, insistentes e incluso atrevidos y audaces en nuestra oración. Porque Dios es bueno.

Para ilustrar la necesidad y eficacia de la oración, añade las peticiones de un hijo a su padre. “Si vosotros, que sois malos, sabéis dar cosas buenas a vuestros hijos, ¿cuánto más el Padre del cielo dará el Espíritu Santo a los que le piden?”

. En resumen, “Pedid y se os dará, buscad y hallaréis, llamad y se os abrirá”. Al final, el Padre Dios “nos dará, nos ayudará a encontrar y nos abrirá”. No somos amigos impertinentes, somos sus hijos.

Es cierto que Dios conoce nuestras necesidades, pero le gusta que se las presentemos. No pedimos para que Dios se entere sino porque, así, nos lo creemos más, nos colmamos de confianza, y hasta se nos cambia el corazón.

. A veces podemos sentir también el silencio de Dios ante nuestra petición. “Dios no me escucha”, decimos. Pero no perdamos la paciencia. Lo apunta el Evangelio: al menos, siempre nos dará el Espíritu Santo, que es el don de Dios por excelencia, conteniendo en sí todas las bendiciones, “Don en tus dones espléndido”. (Como rezamos en la secuencia de Pentecostés).

. Hoy es la Virgen del Rosario; en el rezo del rosario, vamos desgranando, al pasar las cuentas, los misterios de Cristo, a la luz del misterio de María, su Madre. Y, a la vez, presentamos a Dios el misterio del hombre; unas veces lleno de dolor, otras, colmado de gozo, siempre con la esperanza de la luz y la gloria.

. Durante este día, pidamos con mucha fe, confianza e insistencia, pero pidamos al Espíritu Santo que nos fortifique y anime, que nos dé luz para salir adelante de todas nuestras dificultades.

CATEQUESIS DEL PAPA

Catequesis 10. Cristo nos ha liberado

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Retomamos hoy nuestra reflexión sobre la Carta a los Gálatas. En ella, san Pablo ha escrito palabras inmortales sobre la libertad cristiana. ¿Qué es la libertad cristiana? Hoy nos detenemos sobre este tema: la libertad cristiana.

La libertad es un tesoro que se aprecia realmente solo cuando se pierde. Para muchos de nosotros, acostumbrados a vivir en la libertad, a menudo aparece más como un derecho adquirido que como un don y una herencia para custodiar. ¡Cuántos malentendidos en torno al tema de la libertad, y cuántas visiones diferentes se han enfrentado a lo largo de los siglos!

En el caso de los gálatas, el apóstol no podía soportar que esos cristianos, después de haber conocido y acogido la verdad de Cristo, se dejaran atraer por propuestas engañosas, pasando de la libertad a la esclavitud: de la presencia liberadora de Jesús a la esclavitud del pecado, del legalismo, etc. También hoy el legalismo es un problema nuestro, de muchos cristianos que se refugian en el legalismo, en la casuística. Pablo invita a los cristianos a permanecer firmes en la libertad que han recibido con el bautismo, sin dejarse poner de nuevo bajo «el yugo de la esclavitud» (Gal 5,1). Él es justamente celoso con la libertad. Es consciente de que algunos «falsos hermanos» —les llama así— se han infiltrado en la comunidad para «espirar —así escribe— la libertad que tenemos en Cristo Jesús, con el fin de reducirnos a esclavitud» (Gal 2,4), volver atrás, y Pablo esto no puede tolerarlo. Una predicación que impidiera la libertad en Cristo nunca sería evangélica: tal vez sería pelagiana o jansenista o algo así, pero no evangélica. Nunca se puede forzar en el nombre de Jesús, no se puede hacer a nadie esclavo en nombre de Jesús que nos hace libres. La libertad es un don que se nos ha dado en el bautismo.

Pero la enseñanza de San Pablo sobre la libertad es sobre todo positiva. El apóstol propone la enseñanza de Jesús, que encontramos también en el Evangelio de Juan: «Si os mantenéis en mi Palabra, seréis verdaderamente mis discípulos, y conoceréis la verdad y la verdad os hará libres» (8,31-32). La llamada, por tanto, es sobre todo a permanecer en Jesús, fuente de la verdad que nos hace libres. La libertad cristiana se funda sobre dos pilares fundamentales: primero, la gracia del Señor Jesús; segundo, la verdad que Cristo nos desvela y que es Él mismo.

En primer lugar, es don del Señor. La libertad que los gálatas han recibido —y nosotros como ellos con el bautismo— es fruto de la muerte y resurrección de Jesús. El apóstol concentra toda su predicación sobre Cristo, que lo ha liberado de los vínculos con su vida pasada: solo de Él brotan los frutos de la vida nueva según el Espíritu. De hecho, la libertad más verdadera, la de la esclavitud del pecado, ha brotado de la Cruz de Cristo. Somos libres de la esclavitud del pecado por la cruz de Cristo. Precisamente ahí donde Jesús se ha dejado clavar, se ha hecho esclavo, Dios ha puesto la fuente de la liberación del hombre. Esto no deja de sorprendernos: que el lugar donde somos despojados de toda libertad, es decir la muerte, puede convertirse en fuente de la libertad. Pero este es el misterio del amor de Dios: no se entiende fácilmente, se vive. Jesús mismo lo había anunciado cuando dijo: «Por eso me ama el Padre: porque doy mi vida, para recobrarla de nuevo. Nadie me la quita; yo la doy voluntariamente. Tengo poder para darla y poder para recobrarla de nuevo» (Jn 10,17-18). Jesús lleva a cabo su plena libertad al entregarse a la muerte; Él sabe que solo de esta manera puede obtener la vida para todos.

Pablo, lo sabemos, había experimentado en primera persona este misterio de amor. Por esto dice a los gálatas, con una expresión extremadamente audaz: «Con Cristo estoy crucificado» (Gal 2,19). En ese acto de suprema unión con el Señor él sabe que ha recibido el don más grande de su vida: la libertad. Sobre la Cruz, de hecho, ha clavado «la carne con sus pasiones y sus apetencias» (5,24). Comprendemos cuánta fe animaba al apóstol, qué grande era su intimidad con Jesús y mientras, por un lado, sentimos que a nosotros nos falta esto, por otro, el testimonio del apóstol nos anima a ir adelante en esta vida libre. El cristiano es libre, debe ser libre y está llamado a no volver a ser esclavo de preceptos, de cosas raras.

El segundo pilar de la libertad es la verdad. También en este caso es necesario recordar que la verdad de la fe no es una teoría abstracta, sino la realidad de Cristo vivo, que toca directamente el sentido cotidiano y general de la vida personal. Cuánta gente que no ha estudiado, ni siquiera sabe leer y escribir, pero ha entendido bien el mensaje de Cristo, tiene esta sabiduría que les hace libres. Es la sabiduría de Cristo que ha entrado a través del Espíritu Santo con el bautismo. Cuánta gente vemos que vive la vida de Cristo más que los grandes teólogos por ejemplo, ofreciendo un testimonio grande de la libertad del Evangelio. La libertad hace libres en la medida en que transforma la vida de una persona y la orienta hacia el bien. Para ser realmente libres necesitamos no solo conocernos a nosotros mismos, a nivel psicológico, sino sobre todo hacer verdad en nosotros mismos, a un nivel más profundo. Y ahí, en el corazón, abrirnos a la gracia de Cristo. La verdad nos debe inquietar. Volvemos a esta palabra tan cristiana: la inquietud. Nosotros sabemos que hay cristianos que nunca se inquietan: viven siempre igual, no hay movimiento en su corazón, falta la inquietud. ¿Por qué? Porque la inquietud es la señal de que está trabajando el Espíritu Santo dentro de nosotros y la libertad es una libertad activa, suscitada por la gracia del Espíritu Santo. Por esto digo que la libertad nos debe inquietar, nos debe plantear continuamente preguntas, para que podamos ir siempre más al fondo de lo que realmente somos. Descubrimos de esta manera que el de la verdad y la libertad es un camino fatigoso que dura toda la vida. Es fatigoso permanecer libre, es fatigoso; pero no es imposible. Ánimo, vamos adelante en esto, nos hará bien. Es un camino en el que nos guía y nos sostiene el Amor que viene de la Cruz: el Amor que nos revela la verdad y nos dona la libertad. Y este es el camino de la felicidad. La libertad nos hace libres, nos hace alegres, nos hace felices.

7 octubre 2021