DE CAMINO

 

Lucas 7,36-50

Hoy Jesús da un paso más para marcar la distancia tan enorme entre el legalismo y la apertura de la novedad del evangelio.  El marco es la escena de la mujer que se acerca a Jesús mientras comparte la mesa en casa de un fariseo. La palabra y el comportamiento de Jesús son claros: El Dios que nos revela Jesús es el Padre de la compasión.

El evangelista Lucas ilumina, como ninguno, esta convicción con parábolas, signos y sentencias que salen de la boca de Jesús. Muestra una relación muy especial de Jesús con los pobres, con los marginados, con las mujeres, pero en especial, con todos los pecadores.

En la “pecadora” podemos reconocer a todas las personas excluidas en la vida: leprosos, pecadores, recaudadores, extranjeros.

Miremos a Jesús: ve el corazón, el amor y la gratitud de aquella mujer: “Tu fe te ha salvado, vete en paz”. Es el profeta de la compasión, siempre está a punto para el perdón. Un perdón sin condiciones. Solo nos queda abrirnos a su amor, y experimentar su clemencia.

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CATEQUESIS DEL PAPA

“Curar el mundo”: Cuidado de la casa común y actitud contemplativa

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Para salir de una pandemia, es necesario cuidarse y cuidarnos mutuamente. También debemos apoyar a quienes cuidan a los más débiles, a los enfermos y a los ancianos. Existe la costumbre de dejar de lado a los ancianos, de abandonarlos: está muy mal. Estas personas —bien definidas por el término español “cuidadores”—, los que cuidan de los enfermos, desempeñan un papel esencial en la sociedad actual, aunque a menudo no reciban ni el reconocimiento ni la remuneración que merecen. El cuidado es una regla de oro de nuestra humanidad y trae consigo salud y esperanza (cf. Enc. Laudato si’ [LS], 70). Cuidar de quien está enfermo, de quien lo necesita, de quien ha sido dejado de lado: es una riqueza humana y también cristiana,

Este cuidado abraza también a nuestra casa común: la tierra y cada una de sus criaturas. Todas las formas de vida están interconectadas (cf. ibíd., 137-138), y nuestra salud depende de la de los ecosistemas que Dios ha creado y que nos ha encargado cuidar (cf. Gn 2, 15). Abusar de ellos, en cambio, es un grave pecado que daña, que perjudica y hace enfermar (cf. LS, 866).

El mejor antídoto contra este abuso de nuestra casa común es la contemplación (cf. ibíd., 85214). ¿Pero cómo? ¿No hay una vacuna al respecto, para el cuidado de la casa común, para no dejarla de lado? ¿Cuál es el antídoto para la enfermedad de no cuidar la casa común? Es la contemplación. «Cuando alguien no aprende a detenerse para percibir y valorar lo bello, no es extraño que todo se convierta para él en objeto de uso y abuso inescrupuloso» (ibíd.,215). Incluso en objeto de “usar y tirar”. Sin embargo, nuestro hogar común, la creación, no es un mero “recurso”. Las criaturas tienen un valor en sí y “reflejan, cada una a su manera, un rayo de la sabiduría y de la bondad infinitas de Dios” (Catecismo de la Iglesia Católica, 339). Pero ese valor y ese rayo de luz divina hay que descubrirlo y, para hacerlo, necesitamos silencio, necesitamos escuchar, necesitamos contemplar. También la contemplación cura el alma.

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DE CAMINO

Lucas 7,31-35

Las frases que hoy escuchamos a Jesús responden a la actitud de fariseos y doctores de la ley “que rechazaron lo que Dios quería de ellos, al no dejarse bautizar por él”, refiriéndose al Bautista.

Jesús responde con la parábola del “juego de niños”. Un grupo de niños cantan y danzan; otros entonan lamentaciones tristes. Ambos grupos, a la vez, no quieren participar en el juego y se acusan mutuamente: “no habéis bailado”, “no habéis llorado”.

Jesús denuncia las justificaciones y excusas para no aceptar el Evangelio y llama “inmaduros a aquellos que, por sus prejuicios, se cierran a la novedad de Dios.

Dios se revela al pueblo a través de sus enviados, el último es Juan, y a pesar de ese deseo de conocer la voluntad de Dios, rechazan a Juan y lo acusan de endemoniado. Dios sigue manifestándose en Jesús, acercándose al pobre, al excluido al marginado -es la respuesta que da Jesús a los enviado de Juan-, y también es rechazado por comilón y borracho, y por ser amigo de pecadores.

El pueblo hizo caso a Juan Bautista, y también a Jesús. Los jefes religiosos encontraron la manera de denigrarles para que la gente no fuera con ellos. No sólo no aceptaron el menaje, sino que hicieron todo lo posible por alejar al pueblo de su propia liberación. Continuar leyendo “DE CAMINO”

DE CAMINO

Juan 19,25-27

Hoy celebramos la fiesta de Nuestra Señora de los Dolores. Recordamos que María está íntimamente asociada a la misión salvadora y redentora de su hijo Jesús. Ella, que estuvo al pie de la cruz, participó también de su resurrección y, como madre, nos acompaña y nos conduce a cada uno de nosotros en este camino de cruz y resurrección.

Ayer la Cruz nos hablaba de amor, hoy María nos muestra el dolor en el amor. María del dolor, María del silencio, María de la soledad. “Junto a la cruz de Jesús estaba su madre”. La Madre estaba junto a la cruz, y lloraba. Dolor de Madre, dolor de amor, dolor de fracaso.

María es la Madre del Crucificado. Está asociada, por sus dolores, a la muerte del Redentor. La mujer, esclava del Señor por su fe, está junto a su hijo que se hizo obediente “hasta la muerte y muerte de cruz”.

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DE CAMINO

Juan 3,13-17.

Hoy celebramos la fiesta de la Exaltación de la Santa Cruz, fiesta muy antigua que ya se celebraba en Jerusalén en el silo V. La Cruz no es signo de muerte sino de vida, de salvación y de amor.

La Cruz es la cumbre de la revelación, es el lugar del conocimiento verdadero de Jesús, como Hijo de Dios y lugar de atracción, que Él ejerce sobre toda la humanidad. “Tanto amó Dios al mundo que entregó a su Unigénito, para que todo el que cree en él no perezca, sino que tenga vida eterna”.

San Pablo, que reflexionó profundamente sobre la paradoja de la cruz, decía: “Los judíos pìden signos, los griegos buscan sabiduría. Pero nosotros predicamos a Cristo crucificado, escándalo para los judíos y necedad para ls griegos; pero para los llamados a Cristo

-judíos o griegos- fuerza de Dios y sabiduría de Dios” (I Cor. 1,22-24). La Pasión de San Juan que leemos el Viernes Santo contempla a Cristo en la Cruz, lleno de majestad.

Desde la misma predicación apostólica, el misterio de la cruz en la vida de Jesús es revelación cumbre del amor de Dios, y no consagración del dolor y sufrimiento. El sufrimiento solamente es medio para expresar el amor, pues “nadie tiene amor más grande que el que da la vida por sus amigos”.

La muerte en cruz era el suplicio reservado sólo para los esclavos, tan cruel como lleno de ignominia. Un hombre inocente carga con todos los pecados de la humanidad. Condenado, no condena. En el mayor dolor brilla el mayor amor.  El amor que testimonia la cruz de Cristo es la única fuerza capaz de cambiar el mundo, si los que nos decimos sus discípulos seguimos su ejemplo.

Cristo muere para que el odio y el pecado sean vencidos por el amor, y este amor siga en el mundo como estilo debida de sus discípulos. Cristo entrega su vida para que nosotros vivamos como hermanos.

Esta historia de amor pide de nosotros una respuesta de amor “teniendo los mismos sentimientos de Cristo”. Una clave de la lectura de la Cruz es leerla desde la pasión y sufrimiento del hombre actual y en solidaridad con todos los crucificados de la tierra. En cada uno de estos hermanos nuestros “sufre y muere” Cristo pues Ël se identifica con ellos: “Todo eso conmigo lo hicisteis” (Mt.25,40).

Podemos pararnos a contemplar la santa cruz y escuchar a Jesús que nos invita a que tomemos “nuestra” cruz y le sigamos.

14 septiembre 2020

 

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En la parábola que leemos en el Evangelio de hoy, la del rey misericordioso (cf. Mt 18,21-35), encontramos dos veces esta súplica: «Ten paciencia conmigo que todo te lo pagaré» (vv. 26.29). La primera vez la pronuncia el siervo que le debe a su amo diez mil talentos, una suma enorme, hoy serían millones y millones de euros. La segunda vez la repite otro criado del mismo amo. Él también tiene deudas, no con su amo, sino con el siervo que tiene esa enorme deuda. Y su deuda es muy pequeña, quizá como el sueldo de una semana.

El centro de la parábola es la indulgencia que el amo muestra hacia el siervo más endeudado. El evangelista subraya que «el señor tuvo compasión —no olvidéis nunca esta palabra que es propia de Jesús: “Tuvo compasión”, Jesús siempre tuvo compasión—, tuvo compasión de aquel siervo, le dejó marchar y le perdonó la deuda» (v. 27). ¡Una deuda enorme, por tanto, una condonación enorme! Pero ese criado, inmediatamente después, se muestra despiadado con su compañero, que le debe una modesta suma. No lo escucha, le insulta y lo hace encarcelar, hasta que haya pagado la deuda (cf. v. 30), esa pequeña deuda. El amo se entera de esto y, enojado, llama al siervo malvado y lo condena (cf. vv. 32-34). “¿Yo te he perdonado tanto y tú eres incapaz de perdonar este poco?”.

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ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

PERDONAR NOS HACE BIEN

Las grandes escuelas de psicoterapia apenas han estudiado la fuerza curadora del perdón. Hasta hace muy poco, los psicólogos no le concedían un papel en el crecimiento de una personalidad sana. Se pensaba erróneamente –y se sigue pensando– que el perdón es una actitud puramente religiosa.

Por otra parte, el mensaje del cristianismo se ha reducido con frecuencia a exhortar a las gentes a perdonar con generosidad, fundamentando ese comportamiento en el perdón que Dios nos concede, pero sin enseñar mucho más sobre los caminos que hay que recorrer para llegar a perdonar de corazón. No es, pues, extraño que haya personas que lo ignoren casi todo sobre el proceso del perdón.

Sin embargo, el perdón es necesario para convivir de manera sana: en la familia, donde los roces de la vida diaria pueden generar frecuentes tensiones y conflictos; en la amistad y el amor, donde hay que saber actuar ante humillaciones, engaños e infidelidades posibles; en múltiples situaciones de la vida, en las que hemos de reaccionar ante agresiones, injusticias y abusos. Quien no sabe perdonar puede quedar herido para siempre.

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DE CAMINO

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Lucas 6,27-38

Precisamente ayer, al comienzo de la catequesis, el Papa decía: “La respuesta cristiana a la pandemia y a las consecuentes crisis socio-económicas se basa en el amor, ante todo el amor de Dios que siempre nos precede”.

Hoy el evangelio nos pone delante el mandamiento del amor, también amor a los enemigos. Un amor de evangelio, un amor de fe, no pone condiciones ni marca fronteras. Quien ama  da más de lo que le piden,  y ama también a los  “no-dignos-de-amor”, incluso a los enemigos. El verdadero amor no juzga ni condena, sino que está siempre listo para mostrar compasión y perdón.

Jesús se dirige a cada uno de sus discípulos, hoy a nosotros, pues es el discípulo el que ha de cambiar; es a él a quien le afecta esa “revolución”: amar al enemigo es terrible. Y pone varios ejemplos: si te dan en una mejilla, le pones la otra; al que te quite la capa le dejas la túnica.

El perdón al enemigo es la prueba de fuego del amor del cristiano. El amor ha de ser sin límites ni condiciones, es decir, todo “por gracia”, como de Dios lo hemos recibido, como nos enseñó el Señor, “Como yo os he amado”.

Nos cuesta identificarnos con las palabras de Jesús: “Sed compasivos como vuestro Padre es compasivo”. Pero, que sepamos que ha de sernuestro ideal y nuestra norma de vida.

¿En qué medida somos nosotros en este mundo, con nuestra vida y conducta, el signo viviente del amor mismo de Dios?

10 septiembre 2020

 

CATEQUESIS DEL PAPA

 “Curar el mundo”:

6. Amor y bien común

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!  La crisis que estamos viviendo a causa de la pandemia golpea a todos; podemos salir mejores si buscamos todos juntos el bien común; al contrario, saldremos peores. Lamentablemente, asistimos al surgimiento de intereses partidistas. Por ejemplo, hay quien quisiera apropiarse de posibles soluciones, como en el caso de las vacunas y después venderlas a los otros. Algunos aprovechan la situación para fomentar divisiones: para buscar ventajas económicas o políticas, generando o aumentando conflictos. Otros simplemente no se interesan por el sufrimiento de los demás, pasan por encima y van por su camino (cfr. Lc 10, 30-32). Son los devotos de Poncio Pilato, se lavan las manos.

La respuesta cristiana a la pandemia y a las consecuentes crisis socio-económicas se basa en el amor, ante todo el amor de Dios que siempre nos precede (cfr. 1 Jn 4, 19). Él nos ama primero, Él siempre nos precede en el amor y en las soluciones. Él nos ama incondicionalmente, y cuando acogemos este amor divino, entonces podemos responder de forma parecida. Amo no solo a quien me ama: mi familia, mis amigos, mi grupo, sino también a los que no me aman, amo también a los que no me conocen, amo también a lo que son extranjeros, y también a los que me hacen sufrir o que considero enemigos (cfr. Mt 5, 44). Esta es la sabiduría cristiana, esta es la actitud de Jesús. Y el punto más alto de la santidad, digamos así, es amar a los enemigos, y no es fácil. Cierto, amar a todos, incluidos los enemigos, es difícil —¡diría que es un arte!—. Pero es un arte que se puede aprender y mejorar. El amor verdadero, que nos hace fecundos y libres, es siempre expansivo e inclusivo. Este amor cura, sana y hace bien. Muchas veces hace más bien una caricia que muchos argumentos, una caricia de perdón y no tantos argumentos para defenderse. Es el amor inclusivo que sana.

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DE CAMINO

Lucas 6,20-26

El evangelista Lucas está impresionado por el hecho de que Jesús hizo en su vida un lugar especial para los pobres y marginados, a quienes nadie cuidaba en su entorno. Precisamente esta preocupación de Cristo viene a ser uno de los mayores énfasis en su evangelio, particularmente en sus aspectos sociales. La opción por los pobres es uno de los pilares que sustentan la identidad de la Iglesia.

Hoy San Lucas nos presenta cuatro bienaventuranzas y cuatro “ayes” o “maldiciones”, y nos hace enfrentarnos a la dura realidad de la pobreza, de la miseria, del dolor y el hambre.

Jesús comienza llamándonos a todos a la felicidad. Pero se dirige en especial a los pobres, los hambrientos, los que lloran, los despreciados a causa del Hijo del hombre.  Llama “felices y dichosos” a cuatro clases de personas: los pobres, los que pasan hambre, los que lloran y los que son perseguidos por causa de la fe.

Es la revolución de Jesús; poner patas arriba nuestra escala de valores. Ya no están en primera fila la riqueza, el dominio, el prestigio y cosas así. Quedan sustituidos por la paz, la mansedumbre y la pobreza del Reino. Lo que era maldición se torna fuente de felicidad. Continuar leyendo “DE CAMINO”