SIGUIENDO A JESÚS

Marcos 4,21-25

. Hoy el evangelio reúne varios dichos de Jesús, dichos sapienciales o refranes, que los evangelistas los utilizaron en contextos distintos.

San Marcos ha formado con ellos dos breves parábolas: la de la lámpara y la de la medida; con ellas Jesús continúa desvelando el misterio del Reino de Dios.

La lámpara representa la Buena Noticia que debe ser proclamada sin miedo, para que toda la humanidad se sirva de su resplandor.

La respuesta a la Buena Noticia debe ser como una medida desbordante, generosa, como el grano que cae en tierra fértil.

. ¿Qué ha querido decirnos el evangelista al situar esos refranes en el lugar que hoy ocupan en su escrito, a continuación de la parábola del sembrador?

La parábola del sembrador era originariamente una llamada a la esperanza: las sementeras fallidas no debían hacer perder de vista el éxito final; el sembrador impertérrito es modélico en esto.

Jesús es como ese sembrador: invita a tener una mirada esperanzada a pesar de aparentes fracasos: explica las parábolas a los discípulos en particular (4,34), y así ellos captan “el misterio del Reino de Dios” (4,11).

La luz del evangelio no puede quedar oculta, lo oscuro se vuelve claro para quien quiera oír (4,23). La parábola acentúa la necesidad de pasar de la fe a la vida pues la luz que es Cristo ha de iluminar la existencia del que cree sinceramente; y no solo su existencia sino también la de los demás: “Vosotros sois la luz del mundo. No se puede ocultar una ciudad puesta en lo alto de un monte”. La fe del bautismo es la lámpara encendida al primncipio de nuestro caminar cristiano.

. Los discípulos son “los que ya tienen”, porque desde el principio se han abierto a la Palabra, han manifestado incluso el deseo de que se les explique mejor (4,10), pero ahora van a tener mucho más.

“Porque al que tiene se le dará”.  Dios se rige en su gracia, en su don, por la medida que el hombre ofrezca para acogerla: donde hay apertura, Dios se vuelca, con superabundancia, con “una medida sin medida”.

Un don bien recibido atrae más dones. ¿Qué nos dirá hoy a cada uno de nosotros el Señor?

CATEQUESIS DEL PAPA

Catequesis sobre san José 9.

San José, hombre que «sueña»

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Hoy quisiera detenerme en la figura de san José como hombre que sueña. En la Biblia, como en las culturas de los pueblos antiguos, los sueños eran considerados un medio a través del cual Dios se revelaba [1]. El sueño simboliza la vida espiritual de cada uno de nosotros, ese espacio interior, que cada uno está llamado a cultivar y custodiar, donde Dios se manifiesta y a menudo nos habla. Pero también debemos decir que dentro de cada uno de nosotros no está solo la voz de Dios: hay muchas otras voces. Por ejemplo, las voces de nuestros miedos, las voces de las experiencias pasadas, las voces de las esperanzas; y está también la voz del maligno que quiere engañarnos y confundirnos. Por tanto, es importante lograr reconocer la voz de Dios en medio de las otras voces. José demuestra que sabe cultivar el silencio necesario y, sobre todo, tomar las decisiones justas delante de la Palabra que el Señor le dirige interiormente. Nos hará bien hoy retomar los cuatro sueños narrados en el Evangelio y que le tienen a él como protagonista, para entender cómo situarnos ante la revelación de Dios. El Evangelio nos cuenta cuatro sueños de José.

En el primer sueño (cf. Mt 1,18-25), el ángel ayuda a José a resolver el drama que le asalta cuando se entera del embarazo de María: «No temas tomar contigo a María tu mujer porque lo engendrado en ella es del Espíritu Santo. Dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados» (vv. 20-21). Y su respuesta fue inmediata: «Despertado José del sueño, hizo como el Ángel del Señor le había mandado» (v. 24). Muchas veces la vida nos pone delante de situaciones que no comprendemos y parece que no tienen solución. Rezar, en esos momentos, significa dejar que el Señor nos indique cuál es la cosa justa para hacer. De hecho, muy a menudo es la oración la que hace nacer en nosotros la intuición de la salida, cómo resolver esa situación. Queridos hermanos y hermanas, el Señor nunca permite un problema sin darnos también la ayuda necesaria para afrontarlo. No nos tira ahí en el horno solos. No nos tira entre las bestias. No. El Señor cuando nos hace ver un problema o desvela un problema, nos da siempre la intuición, la ayuda, su presencia, para salir, para resolverlo.

Continuar leyendo «CATEQUESIS DEL PAPA»

siguiendo a jesús

CONVERSIÓN DE SAN PABLO

Marcos 16,15-18

. El título de la fiesta de hoy (Conversión de San Pablo) no es muy acertado. San Pablo no fue un convertido. Cuando habla de su pasado, lo que destaca es su permanente entrega a la causa de Dios, con fidelidad rayana en el fanatismo. “He servido a Dios con tanto fervor…”, le hace decir el autor de Hechos.

Y afirma que, desde joven, aventajaba a sus coetáneos en entusiasmo por sus tradiciones religiosas (Gal 1,14), y que “en lo referente a la observancia de la Ley fue irreprochable” (Flp 3,6).

Buscó siempre la fidelidad a la Alianza; su vida estuvo siempre, antes y después de lo de Damasco, entregada con pasión a la causa de Dios, primero a la del Dios de la alianza con Abrahán, luego a la del Dios que resucitó a su hijo Jesús, que es el mismo Dios.

El Pablo cristiano continuó siendo israelita; en su último escrito afirma con orgullo: “también yo soy judío, de la tribu de Benjamín” (Rom 11,1).

. Hoy celebramos el encuentro de Saulo con el Mesías de sus esperanzas, y su comprensión de que, con la glorificación de Jesús de Nazaret, se ha abierto un nuevo camino, el de la fe, accesible por igual a judíos y gentiles.

Saulo entendió este encuentro como un salto en su crecimiento religioso: “el que me separó desde el seno materno… tuvo a bien revelarme a su Hijo para que le anuncie a los paganos” (Gal 1,16).

. La caída en el camino de Damasco fue una iluminación y capacitación para una nueva experiencia religiosa de densidad apenas imaginable.

Saulo-Pablo salió de su conformismo y sus “buenas costumbres”, relativizó algunas de sus formulaciones religiosas, percibió horizontes más amplios, y a ellos se lanzó.

El poder de Yahvé le concedió obtener, de forma casi instantánea, lo que Jesús de Nazaret había logrado inculcar trabajosamente en sus discípulos galileos, judíos observantes, durante años de convivencia.

. Y Pablo respondió generosamente a esta intervención de Dios: “por la gracia de Dios soy lo que soy… y su gracia no se ha frustrado en mí” (1Cor 15,10).

Su entrega tendrá dos vertientes: la mística de identificación con el Crucificado-Resucitado y la dedicación infatigable a darle a conocer.

Y ambas, siempre en tensión hacia más: “no lo tengo ya logrado, sigo corriendo por ver si…” (Flp 3,12).

. Su vida será vivir en Cristo y desde Cristo: “ser hallado en él, en el poder de su resurrección y la comunión con sus padecimientos” (Flp 3,9s). Será experiencia de amor que le “apremiará” (2Cor 5,14) compulsivamente a la misión.

. El fruto de ese arrojo apostólico lo presenta así en su última carta: “desde Jerusalén hasta la Iliria, y en todas las direcciones, lo he llenado todo del evangelio de Cristo” (Rom 15,19).

. San Pablo hoy nos habla de desinstalación religiosa, de apertura y docilidad a nuevas luces, y de la pasión creciente con que debe vivirse la causa de Dios.

Que hoy la conversión de San Pablo también suscite en nosotros esa conversión interior, ese cambio nuestro, esa trasformación. La conversión es el único modo para iniciar nuestro camino de discípulos.

SIGUIENDO A JESÚS

Marcos 3,22-30

. La iniciativa de formar un nuevo pueblo de Dios recibe reacciones distintas; la multitud que sigue a Jesús le apoya, pero otros lo rechazan. Entre estos están los letrados de Jerusalén quienes utilizan la difamación para negar lo evidente: afirman que el poder de Jesús no proviene de Dios, sino de Satanás y le califican de “endemoniado”. “Tiene dentro a Belcebú y expulsa los demonios con el poder del jefe de los demonios”.

. Por medio de comparaciones, Jesús deja claro dos cosas: que su poder viene de Dios, pues lucha contra las fuerzas del mal: “¿Cómo puede Satanás expulsarse a sí mismo?”; y, segundo, que son ellos, los letrados, los verdaderos blasfemos.

Jesús reduce al absurdo la acusación que le hacen los escribas y aduce una parábola muy en sintonía con la visión del mundo de entonces, sometido a las potencias del mal. La aplicación de la parábola queda implícita: Jesús es “el más fuerte” que ata al fuerte, a Satanás. Él introduce la salvación en el mundo; pero quien opte por la ceguera voluntaria y no se acoja a su acción benéfica está destruyéndose a sí mismo.

Según Jesús, la acusación de los letrados constituye una blasfemia contra el Espíritu Santo, con cuya fuerza expulsa él los demonios. Pecado imperdonable, porque es la rebeldía obstinada, la negación total a la gracia salvadora de Dios, la ceguera voluntaria ante la luz, atribuyendo al diablo lo que evidentemente es obra de Dios.

. Hoy el evangelio deja claro la existencia del mal, incluso se le personifica-Belcebú-; se nos enseña la realidad del mal, es un “poder” que evidentemente existe.

Jesús venció el mal, el pecado y la muerte. Él es más fuerte que el mal que nos agobia, como se desprende del evangelio de hoy.

Como antídoto, como una eficaz “vacuna” tenemos el don de la Palabra de Dios. Ayer mismo celebrábamos el “Domingo de la Palabra” en el que escuchábamos al Papa que “La Palabra de Dios, de hecho, es viva y eficaz (cfr Hb 4,12), nos cambia, entra en nuestros asuntos, ilumina nuestra vida cotidiana, consuela y pone orden. Recordemos: la Palabra de Dios transforma una jornada cualquiera en el hoy en el que Dios nos habla”.

Vivir el Evangelio, llevarlo a nuestra vida diaria, es el camino para seguir a Jesús y vencer toda tentación.

EN EL REZO DEL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de la Liturgia de hoy vemos a Jesús que inaugura su predicación (cfr Lc 4,14-21): es la primera predicación de Jesús. Se dirige a Nazaret, donde creció, y participa en la oración en la sinagoga. Se levanta a leer y, en el volumen del profeta Isaías, encuentra el pasaje sobre el Mesías, que proclama un mensaje de consolación y liberación para los pobres y los oprimidos (cfr Is 61,1-2). Terminada la lectura, «todos los ojos estaban fijos en él» (v. 20). Y Jesús inicia diciendo: «Esta Escritura, que acabáis de oír, se ha cumplido hoy» (v.21). Detengámonos en este hoy. Es la primera palabra de la predicación de Jesús contada en el Evangelio de Lucas. Pronunciada por el Señor, indica un “hoy” que atraviesa toda época y permanece siempre válido. La Palabra de Dios siempre es “hoy”. Empieza un “hoy”: cuando tú lees la Palabra de Dios, en tu alma empieza un “hoy”, si tú la comprendes bien. Hoy. La profecía de Isaías se remontaba a siglos antes, pero Jesús, «por la fuerza del Espíritu» (v. 14), la hace actual y, sobre todo, la lleva a cumplimiento e indica la forma de recibir la Palabra de Dios: hoy. No como una historia antigua, no: hoy. Hoy habla a tu corazón.

Los paisanos de Jesús están admirados por sus palabras. Incluso si, nublados por los prejuicios, no le creen, se dan cuenta de que su enseñanza es diferente de la de otros maestros (cf. v. 22): intuyen que en Jesús hay más. ¿El qué? Está la unción del Espíritu Santo. A veces, sucede que nuestras predicaciones y nuestras enseñanzas permanecen genéricas, abstractas, no tocan el alma y la vida de la gente. ¿Y por qué? Porque les falta la fuerza de este hoy, ese que Jesús “llena de sentido” con el poder del Espíritu es el hoy. Hoy te está hablando. Sí a veces se escuchan conferencias impecables, discursos bien construidos, pero que no mueven el corazón, y así todo queda como antes. También muchas homilías – lo digo con respeto, pero con dolor – son abstractas, y en vez de despertar el alma la duermen. Cuando los fieles empiezan a mirar el reloj – “¿cuándo terminará esto?” – duermen el alma. La predicación corre este riesgo: sin la unción del Espíritu empobrece la Palabra de Dios, cae en el moralismo o en conceptos abstractos; presenta el Evangelio con desapego, como si estuviera fuera del tiempo, lejos de la realidad. Y este no es el camino. Pero una palabra en la que no palpita la fuerza del hoy no es digna de Jesús y no ayuda a la vida de la gente. Por esto quien predica, por favor, es el primero que debe experimentar el hoy de Jesús, para así poderlo comunicar en el hoy de los otros. Y si quiere dar clases, conferencias, que lo haga, pero en otro lado, no en el momento de la homilía, donde debe dar la Palabra para que sacuda los corazones.

Queridos hermanos y hermanas, en este Domingo de la Palabra de Dios quisiera dar las gracias a los predicadores y los anunciadores del Evangelio que permanecen fieles a la Palabra que sacude el corazón, que permanecen fieles al “hoy”. Recemos por ellos, para que vivan el hoy de Jesús, la dulce fuerza de su Espíritu que vuelve viva la Escritura. La Palabra de Dios, de hecho, es viva y eficaz (cfr Hb 4,12), nos cambia, entra en nuestros asuntos, ilumina nuestra vida cotidiana, consuela y pone orden. Recordemos: la Palabra de Dios transforma una jornada cualquiera en el hoy en el que Dios nos habla. Entonces, tomemos el Evangelio en la mano, cada día un pequeño pasaje para leer y releer. Llevad en el bolsillo el Evangelio o en el bolso, para leerlo en el viaje, en cualquier momento y leerlo con calma. Con el tiempo descubriremos que esas palabras están hechas a propósito para nosotros, para nuestra vida. Nos ayudarán a acoger cada día con una mirada mejor, más serena, porque, cuando el Evangelio entra en el hoy, lo llena de Dios. Quisiera haceros una propuesta. En los domingos de este año litúrgico es proclamado el Evangelio de Lucas, el Evangelio de la misericordia. ¿Por qué no leerlo también personalmente, entero, un pequeño pasaje cada día? Un pequeño pasaje. Familiaricémonos con el Evangelio, ¡nos traerá la novedad y la alegría de Dios!

La Palabra de Dios es también el faro que guía el recorrido sinodal iniciado en toda la Iglesia. Mientras nos comprometemos a escucharnos unos a otros, con atención y discernimiento – porque no es hacer una encuesta de opiniones, no, sino discernir la Palabra, ahí -, escuchamos juntos la Palabra de Dios y el Espíritu Santo. Y la Virgen nos conceda la constancia para nutrirnos cada día con el Evangelio.

23 enero 2022

SIGUIENDO A JESÚS

Mc 3,13-19

. El evangelio de hoy relata la llamada de Jesús a los Doce. Llevamos toda la semana contemplando esa libertad de Jesús, esa autoridad que desconcierta a quien le escucha.

Del mismo modo, eligió a sus compañeros más cercanos: a los que Él quiso, sin “casarse” con nadie, sin dejarse llevar por nada.

. Un detalle, no tan pequeño: “Jesús subió al monte”, llamó a los que quiso, y se fueron con Él”. El “monte” tiene ecos bíblicos: Moisés recibe las tablas de la Ley en la montaña; allí empieza la Alianza. Jesús, también en el monte proclama las Bienaventuranzas, su proyecto para el Reinado de Dios. Es un nuevo comienzo de la acción de Dios.

. Otro dato: “llamó a los que quiso”: los llama porque quiere y como quiere. Esta libertad de Jesús transmite una gratuidad tan grande que lejos de rebajar la exigencia de quien es llamado, le hace más consciente del alto precio de la llamada. Nada hay más “caro” que lo “gratuito”.

. Y un último subrayado: “instituyó doce para que estuvieran con él”.Solemos insistir más en la misión y en “los poderes” que les acompañan que en otro de los motivos, “Estar con él”.

Estar con él evoca intimidad, amistad, “ser compañeros”.

Jesús convoca a los que él quiere para trabajar con él, para estar con Él. Los Doce, que nos recuerdan a las doce tribus de Israel, habrían de ser sus compañeros íntimos, y habrían de ser en el futuro el fundamento y los pilares de su Iglesia, excepto Judas, el traidor.

. Hoy Jesús nos convoca a todos nosotros, indistintamente, aunque a algunos les da tareas especiales para edificar su Iglesia. Sin embargo, todos compartimos la misma misión. Sabiendo lo que eso significa. Vivir con Jesús, con su estilo, cerca de Él, para poder aprender de sus palabras y tratar de imitarle en la oración y en la entrega a los demás.

El Maestro sigue mirándonos a cada uno de nosotros, con esa mirada amorosa que invita a seguirle. Lo hace, sabiendo que ninguno es perfecto, que entre ellos hay de todo, desde gente un poco “torpe para entender” hasta un traidor. Eso significa que no hay excusas. Los Discípulos pudieron, con mucho esfuerzo, con muchas lágrimas superar todas sus debilidades, hasta llegar al fin del mundo.

. Nos encontramos en camino hacia el “sínodo de la sinodalidad”, que ha convocado el Papa Francisco. Nos recuerda que todos tenemos una tarea y un sitio en la Iglesia. Cada uno en su lugar.

También nosotros podemos, si queremos, convertirnos en seguidores cercanos de Jesús. Su llamada está siempre ahí. Muchos la hemos sentido en algún momento de la vida. Tú también, quizá. La cosa es, ¿cómo has respondido? ¿Cómo vas a responder?

21 enero 2022

SIGUIENDO A JESÚS

Marcos 3,1-6

. Pocas veces, son muy contadas, las ocasiones en que Jesús aparece como apunta el evangelista: “echando en torno una mirada de ira y dolido por la dureza de corazón”; en Jesús encaja mejor la imagen “venid a mí que soy manso y humilde de corazón”. Por eso nos sorprende su actitud en la escena presenta.

. Es continuación de lo que escuchábamos ayer en la que afirmaba que “el sábado se hizo para el hombre y no el hombre para el sábado”.

La curación de hoy, del hombre con una mano paralizada, sigue a la controversia sobre el sábado. Dice el texto: “Lo estaban observando para ver si curaba en sábado”.

Si ayer eran los discípulos quienes, según los fariseos, violaban el sábado, hoy es Jesús mismo quien lo hace, “en sábado”.

. Al entrar en la sinagoga, encuentra a un hombre que tenía parálisis en un brazo. Ante este hombre les pregunta a los fariseos: “¿Qué está permitido en sábado?”

El problema de fondo que aquí subyace es la relación entre la novedad del evangelio y las viejas instituciones mosaicas.La opción de Jesús por la persona es muy clara. Devolver la plena dignidad a ese inválido es lo primero. Y si hay que ir contra todos, se va.

Jesús se opone abiertamente y con una pregunta retórica desarma a quienes pretender encadenar con la ley: “¿Se le puede salvar la vida a un hombre en sábado o hay que dejarlo morir?”.

. En realidad, se ventilaba la vigencia o caducidad de la ley mosaica como mediación ya inútil para la salvación humana.

San Pablo afirmará repetidas veces que Cristo vino a liberar al hombre de la esclavitud de la vieja alianza, para devolvernos la libertad de los hijos de Dios.

. Hoy el verdadero problema de nuestra sociedad es el desprecio a la persona y el descuido de la dignidad humana. Se nos olvida la grandeza del hombre como hijo de Dios y como su imagen y semejanza.

Jesús propone una religión en espíritu y en verdad, que se basa en la iniciativa amorosa de Dios.

. Que nuestra actitud sea siempre la de dar vida, siguiendo al Señor, con la seguridad de que Él nos ama y nos fortalece en medio de las dificultades ¡El Señor está con nosotros!

19 enero 2022

SIGUIENDO A JESÚS

Marcos 2,18-22

. Al escuchar esta frase de Jesús: “A vino nuevo, odres nuevos” recordamos el evangelio de ayer domingo, el de la “bodas de Caná”, cuando el mayordomo se dirige al novio diciéndole: “Todo el mundo pone primero el vino bueno y, cuando ya están bebidos, el peor; tú, en cambio, has guardado el vino bueno hasta ahora”. San Juan presentaba a Jesús como el vino nuevo, signo del amor de Dios para su pueblo.

Y hoy Jesús presenta, de nuevo, con las dos parábolas -paño y vino nuevos- la novedad del Reino y su evangelio. Con ellas viene a esclarecer la pregunta planteada respecto al ayuno “Los discípulos de Juan y los discípulos de los fariseos ayunan. ¿Por qué los tuyos no?”

. Para el judaísmo oficial el ayuno era la práctica fundamental de religión; para ellos era difícil interpretar todo lo que Jesús hacía y decía con absoluta libertad. “¿Es que pueden ayunar los amigos del esposo, mientras el esposo está con ellos?”

Ayer, San Juan quería resaltar que Jesús es el auténtico vino nuevo, el vino del Reino, el vino de la Nueva Alianza, en contraposición al vino rancio de la Alianza Antigua. Jesús aparece como el vino prometido durante siglos, insustituible en la vida de un creyente y en la vida de toda la humanidad: es el que da un verdadero sentido a la vida.

. Hoy las dos parábolas subrayan la incompatibilidad de la nueva situación religiosa creada por la venida de Jesús con las viejas instituciones mosaicas, representadas en el ayuno  de los fariseos y discípulos de Juan.

Jesús se presenta como el esposo, como el paño y vino nuevos. La respuesta de Jesús implica un encuentro personal con el novio, es la presencia del salvador en la vida.

. ¿Qué es lo más importante en nuestra relación con Dios? Con frecuencia nos quedamos en ritos externos y no buscamos esa experiencia interior que nos lleva a cambiar radicalmente nuestra forma de pensar.

Los ritos judíos se basaban en la ley, en la culpa, en el miedo y en el interés. La propuesta de Jesús se basa en la vida, en al amor y la dignidad de cada persona.

Nosotros hoy necesitamos buscar la raíz de nuestros problemas y desencuentros tanto en relación con Dios, como en la relación con los hermanos y con la naturaleza. Y debemos buscar la verdadera conversión del corazón, y no quedarnos en parches y remiendos.

Se trata de una nueva relación con Jesús que nos lleve también a un encuentro y a un compromiso con los hermanos.

. ¿Qué tendremos que cambiar de verdad en la relación con Dios, con nuestra familia, con los seres queridos, con la naturaleza y con los que son diferentes?

Allí está el centro de nuestra conversión.

17 enero 2022

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El Evangelio de la liturgia de hoy narra el episodio de las bodas de Caná, donde Jesús transforma el agua en vino para la alegría de los esposos. Y concluye así: «Este fue el primero de los signos de Jesús… Así manifestó su gloria, y sus discípulos creyeron en Él» (Jn 2, 11). Notamos que el evangelista Juan no habla de milagro, es decir, de un hecho potente y extraordinario que genera maravilla. Escribe que en Caná tuvo lugar un signo que suscita la fe de los discípulos. Podemos entonces preguntarnos: ¿qué es un “signo” según el Evangelio?

Un signo es un indicio que revela el amor de Dios, que no reclama atención sobre la potencia del gesto, sino sobre el amor que lo ha provocado. Nos enseña algo del amor de Dios, que es siempre cercano, tierno y compasivo. El primer signo sucede mientras dos esposos están en dificultad en el día más importante de sus vidas. En mitad de la fiesta falta un elemento esencial, el vino, y se corre el riesgo de que la alegría se apague entre las críticas y la insatisfacción de los invitados. Figurémonos cómo puede continuar una fiesta de boda solo con agua. ¡Es terrible, los esposos quedan muy mal!

La Virgen se da cuenta del problema y lo señala con discreción a Jesús. Y Él interviene sin clamor, casi sin que se note. Todo se desarrolla reservadamente, “detrás del telón”: Jesús dice a los servidores que llenen las ánforas de agua, que se convierte en vino. Así actúa Dios, con cercanía, con discreción. Los discípulos de Jesús captan esto: ven que gracias a Él la fiesta de boda es aún más hermosa. Y ven también el modo de actuar de Jesús, su servir sin ser visto -así es Jesús: nos ayuda, nos sirve de modo escondido- tanto que los cumplidos por el vino se dirigen luego al esposo, nadie se da cuenta de lo sucedido, solamente los servidores. Así comienza a desarrollarse en los discípulos el germen de la fe, esto es, creen que en Jesús está presente Dios, el amor de Dios.

Es bello pensar que el primer signo que Jesús cumple no es una curación extraordinaria o un prodigio en el templo de Jerusalén, sino un gesto que sale al encuentro de una necesidad simple y concreta de gente común, un gesto doméstico, un milagro -digámoslo así- “de puntillas”, discreto, silencioso. Él está dispuesto para ayudarnos, para levantarnos. Y entonces, si estamos atentos a estos “signos”, su amor nos conquista y nos hacemos discípulos suyos.

Pero hay otro rasgo distintivo del signo de Caná. Generalmente, el vino que se daba al final de la fiesta era el menos bueno; también hoy en día se hace esto, la gente en ese momento no distingue muy bien si un vino es bueno o si está un poco aguado. Jesús, en cambio, hace que la fiesta termine con el mejor vino. Simbólicamente esto nos dice que Dios quiere lo mejor para nosotros, nos quiere felices. No se pone límites y no nos pide intereses. En el signo de Jesús no hay espacio para segundos fines, para pretensiones con respecto a los esposos. No, la alegría que Jesús deja en el corazón es alegría plena y desinteresada. ¡No es una alegría aguada!

Os sugiero un ejercicio que puede hacernos mucho bien. Probemos hoy a buscar entre nuestros recuerdos los signos que el Señor ha realizado en nuestra vida. Que cada uno diga: en mi vida, ¿qué signos ha realizado el Señor? ¿Qué indicios veo de su presencia? Son signos que ha llevado a cabo para mostrarnos que nos ama; pensemos en ese momento difícil en el que Dios me hizo experimentar su amor… Y preguntémonos: ¿con qué signos, discretos y premurosos, me ha hecho sentir su ternura? ¿Cuándo he sentido más cercano al Señor, cuándo he sentido su ternura, su compasión? Cada uno de nosotros ha vivido estos momentos en su historia. Vayamos a buscar esos signos, hagamos memoria. ¿Cómo he descubierto su cercanía? ¿Cómo me ha quedado en el corazón una gran alegría?

Revivamos los momentos en los que hemos experimentado su presencia y la intercesión de María. Que ella, la Madre, que como en Caná está siempre atenta, nos ayude a atesorar los signos de Dios en nuestra vida.

16 enero 2022

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

¿PARA QUÉ CREER?

Son bastantes los hombres y mujeres que un día fueron bautizados por sus padres y hoy no sabrían definir exactamente cuál es su postura ante la fe. Quizá la primera pregunta que surge en su interior es muy sencilla: ¿para qué creer? ¿Cambia algo la vida por creer o no creer? ¿Sirve la fe realmente para algo?

Estas preguntas nacen de su propia experiencia. Son personas que poco a poco han arrinconado a Dios de su vida. Hoy Dios no cuenta en absoluto para ellas a la hora de orientar y dar sentido a su existencia.

Casi sin darse cuenta, un ateísmo práctico se ha ido instalando en el fondo de su ser. No les preocupa que Dios exista o deje de existir. Todo eso les parece un problema extraño que es mejor dejar de lado para asentar la vida sobre bases más realistas.

Dios no les dice nada. Se han acostumbrado a vivir sin él. No experimentan nostalgia o vacío alguno por su ausencia. Han abandonado la fe y todo marcha en su vida tan bien o mejor que antes. ¿Para qué creer?

Esta pregunta solo es posible cuando uno «ha sido bautizado con agua», pero no ha descubierto qué significa «ser bautizado con el Espíritu de Jesucristo». Cuando uno sigue pensando erróneamente que tener fe es creer una serie de cosas enormemente extrañas que nada tienen que ver con la vida, y no conoce todavía la experiencia viva de Dios.

Encontrarse con Dios significa sabernos acogidos por él en medio de la soledad; sentirnos consolados en el dolor y la depresión; reconocernos perdonados del pecado y la mediocridad; sentirnos fortalecidos en la impotencia y caducidad; vernos impulsados a amar y crear vida en medio de la fragilidad.

¿Para qué creer? Para vivir la vida con más plenitud; para situarlo todo en su verdadera perspectiva y dimensión; para vivir incluso los acontecimientos más triviales e insignificantes con más profundidad.

¿Para qué creer? Para atrevernos a ser humanos hasta el final; para no ahogar nuestro deseo de vida hasta el infinito; para defender nuestra libertad sin rendir nuestro ser a cualquier ídolo; para permanecer abiertos a todo el amor, la verdad, la ternura que hay en nosotros. Para no perder nunca la esperanza en el ser humano ni en la vida.

 José Antonio Pagola

Juan 2,1-11

II Domingo T.O

16 enero 2022