VIDA

Juan 6, 30-35

Continuamos en la misma escena del evangelio de ayer, cuando, a la respuesta que les da Jesús: “la obra de Dios es esta: que creáis en el que él ha enviado” le gente le pregunta: “¿Y qué signo haces tú para que creamos en ti?”

Es extraño que a estas alturas del recorrido de Jesús por pueblos y aldeas de Palestina le hagan esta pregunta, olvidando incluso el gran gesto de la multiplicación de los panes que acababa de hacer.

El evangelista introduce un tema básico de la tradición judía: el maná. “Nuestros padres comieron el maná en el desierto, como está escrito: “Pan del cielo les dio a comer”. El maná avaló a Moisés ante el pueblo como profeta enviado por Dios.

Jesús empieza a explicarles que Él es, en persona, el verdadero Pan del Cielo, el que da la Vida eterna, el que el Padre ha regalado a la humanidad para que tengamos la verdadera Vida.

Él mismo se presenta como el pan y se ofrece como pan. Con todo lo que implica ser pan: formado de numerosas espigas, recogidas en el campo, maduradas con el tiempo, fragmentadas y trituradas, cocidas por el fuego y finalmente formadas en unidad.

Pero el hacerse pan de Jesús va mucho más allá del simple alimentar, del simple compartir o de la simple unión de diferentes granos.

Es un símbolo y señal del mismo Dios que se hace uno con nosotros, que comparte nuestra humanidad, que se deja triturar para asemejarse al hombre, y que al final se hace alimento que da vida. Hoy nos ofrece Jesús este signo como señal de su presencia y de su amor: pan que da vida.

. Esta señal, de que Jesús se hace pan, es  para todos los momentos y todos los aspectos de la vida.

En este mundo lleno de egoísmo y hambre, el signo de Jesús hecho pan, es una propuesta para nosotros, sus discípulos,: sólo haciéndonos pan para los demás, compartiendo, uniéndonos a cada hombre y a cada mujer, lograremos superar el fantasma del hambre que amenaza a la humanidad.

. Hoy podemos acercarnos a Jesús, y lo podemos contemplar hecho pan. Recordemos todo el proceso que se ha requerido para que llegue a nuestras manos y recordemos también todo el proceso que ha seguido Jesús para hacerse alimento nuestro.

¿Cómo siento ese amor de Jesús que es capaz de dejarse comer por nosotros? ¿A qué me impulsa el contemplar este pan hecho de muchos granos? Hablemos con Jesús.

VIDA

Jn 6,22-29

. Después de la multiplicación de los panes, Jesús despidió a la gente y se retiró al monte a orar. Pero el evangelista presenta un movimiento de barcas y de gente en busca de Jesús. “Se embarcaron y fueron a Cafarnaún en busca de Jesús”.

La gente nuevamente busca a Jesús, pero lo hace con una fe inmadura y reciben un reproche: “me buscáis no porque habéis visto signos, sino porque comisteis pan hasta saciaros”. Se quedan sólo en la manifestación superficial de las obras que hace Jesús. No obstante, ve en esa búsqueda del pan material una oportunidad  para proclamar algo más importante, les dice: “Trabajad no por el alimento que perece, sino por el alimento que perdura…”

. Este evangelio, con el de mañana, constituye la introducción al “discurso del pan de vida” que, según Juan, pronunció Jesús en la sinagoga de Cafarnaún, y que leeremos esta semana.

. Y cuando la gente le pregunta: “Qué tenemos que hacer para realizar las obras de Dios?”. La respuesta de Jesús no es citar la ley mosaica que prescribía oraciones, ayunos, limosnas y diezmos, ritos y purificaciones. El “trabajo” que le agrada a Dios es “que creáis en el que Él ha enviado”. Nos lo dice claramente, lo que Él busca es que hagamos las obras de Dios y para eso debemos tener una fe firme, constante y más allá de los intereses humanos.

. La fe es gracia y don de Dios y, al mismo tiempo, tarea y respuesta libre a la iniciativa y gratuidad de Dios. La fe no nos quita la libertad de decidir nuestra propia vida, no nos deshumaniza. Todo lo contrario. La fe en Cristo Jesús nos hace plenamente libres. El que cree en él pasa a ser una criatura nueva, renace a la verdadera libertad. En tus manos sigue estando tu propia vida. Pero, hagas lo que hagas, si realmente crees en Él, lo harás de un modo nuevo: amando, olvidado de ti, entregado al servicio de los que más sufren, con una esperanza inquebrantable, sembrando alegría, consuelo, justicia, paz a tu alrededor, construyendo fraternidad…

La obra de Dios es que creamos en su Hijo porque unidos a él construimos comunidad y nueva humanidad, Reino de Dios.

Nos ofrece su amor sin límites, y quiere que nosotros vivamos en la atmósfera de ese amor y que de allí saquemos fuerzas para transformar nuestro mundo.

Esforcémonos por acercarnos más a él y llegar a ser más como él. Él nos pide fe en su persona y en su misión.

REGINA COELI DEL PAPA

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En este tercer domingo de Pascua, volvemos a Jerusalén, al Cenáculo, como guiados por los dos discípulos de Emaús, que habían escuchado con gran emoción las palabras de Jesús en el camino y luego lo reconocieron «al partir el pan» (Lc 24, 35). Ahora, en el Cenáculo, Cristo resucitado se presenta en medio del grupo de discípulos y los saluda: «¡La paz con vosotros!» (v. 36). Pero estaban asustados y creían «ver un espíritu», así dice el Evangelio (v. 37). Entonces Jesús les muestra las llagas de su cuerpo y dice: «Mirad mis manos y mis pies —las llagas—; soy yo mismo. Palpadme» (v. 39). Y para convencerlos, les pide comida y la come ante su mirada atónita (cf. vv. 41-42).

Hay un detalle aquí en esta descripción. El Evangelio dice que los apóstoles “por la gran alegría no acababan de creerlo”. Tal era la alegría que tenían que no podían creer que fuera verdad. Y un segundo detalle: estaban atónitos, asombrados, asombrados porque el encuentro con Dios siempre te lleva al asombro: va más allá del entusiasmo, más allá de la alegría, es otra experiencia. Y estos estaban alegres, pero una alegría que les hacía pensar: pero no, ¡esto no puede ser verdad!… Es el asombro de la presencia de Dios. No olvidéis este estado de ánimo, que es tan hermoso.

Este pasaje evangélico se caracteriza por tres verbos muy concretos, que en cierto sentido reflejan nuestra vida personal y comunitaria: mirar, tocar y comer.Tres acciones que pueden dar la alegría de un verdadero encuentro con Jesús vivo.

Mirar. “Mirad mis manos y mis pies” —dice Jesús. Mirar no es solo ver, es más, también implica intención, voluntad. Por eso es uno de los verbos del amor. La madre y el padre miran a su hijo, los enamorados se miran recíprocamente; el buen médico mira atentamente al paciente… Mirar es un primer paso contra la indiferencia, contra la tentación de volver la cara hacia otro lado ante las dificultades y sufrimientos ajenos. Mirar. Y yo, ¿veo o miro a Jesús?

El segundo verbo es tocar. Al invitar a los discípulos a palparle, para que constaten que no es un espíritu —¡palpadme! —, Jesús les indica a ellos y a nosotros que la relación con él y con nuestros hermanos no puede ser “a distancia”, no existe un cristianismo a distancia, no existe un cristianismo solo a nivel de la mirada. El amor pide mirar y también pide cercanía, pide el contacto, compartir la vida. El buen samaritano no solo miró al hombre que encontró medio muerto en el camino: se detuvo, se inclinó, curó sus heridas, lo tocó, lo subió a su montura y lo llevó a la posada. Y lo mismo ocurre con Jesús: amarlo significa entrar en una comunión de vida, una comunión con él.

Y pasamos al tercer verbo, comer, que expresa bien nuestra humanidad en su indigencia más natural, es decir, la necesidad de nutrirnos para vivir. Pero comer, cuando lo hacemos juntos, en familia o con amigos, también se convierte en expresión de amor, expresión de comunión, de fiesta… ¡Cuántas veces los Evangelios nos muestran a Jesús que vive esta dimensión convival! Incluso como Resucitado, con sus discípulos. Hasta el punto de que el banquete eucarístico se ha convertido en el signo emblemático de la comunidad cristiana. Comer juntos el cuerpo de Cristo: este es el centro de la vida cristiana.

Hermanos y hermanas, este pasaje del Evangelio nos dice que Jesús no es un “espíritu”, sino una Persona viva; que Jesús cuando se acerca a nosotros nos llena de alegría, hasta el punto de no creer, y nos deja asombrados, con ese asombro que solo da la presencia de Dios, porque Jesús es una Persona viva. Ser cristianos no es ante todo una doctrina o un ideal moral, es una relación viva con él, con el Señor Resucitado: lo miramos, lo tocamos, nos alimentamos de él y, transformados por su amor, miramos, tocamos y nutrimos a los demás como hermanos y hermanas. Que la Virgen María nos ayude a vivir esta experiencia de gracia.

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

COMPAÑERO DE CAMINO

Hay muchas maneras de obstaculizar la verdadera fe. Está la actitud del «fanático», que se agarra a un conjunto de creencias sin dejarse interrogar nunca por Dios y sin escuchar jamás a nadie que pueda cuestionar su posición. La suya es una fe cerrada donde falta acogida y escucha del Misterio, y donde sobra arrogancia. Esta fe no libera de la rigidez mental ni ayuda a crecer, pues no se alimenta del verdadero Dios.

Está también la posición del «escéptico», que no busca ni se interroga, pues ya no espera nada de Dios, ni de la vida, ni de sí mismo. La suya es una fe triste y apagada. Falta en ella el dinamismo de la confianza. Nada merece la pena. Todo se reduce a seguir viviendo sin más.

Está además la postura del «indiferente», que ya no se interesa ni por el sentido de la vida ni por el misterio de la muerte. Su vida es pragmatismo. Solo le interesa lo que puede proporcionarle seguridad, dinero o bienestar. Dios le dice cada vez menos. En realidad, ¿para qué puede servir creer en él?

Está también el que se siente «propietario de la fe», como si esta consistiera en un «capital» recibido en el bautismo y que está ahí, no se sabe muy bien dónde, sin que uno tenga que preocuparse de más. Esta fe no es fuente de vida, sino «herencia» o «costumbre» recibida de otros. Uno podría desprenderse de ella sin apenas echarla en falta.

Está además la «fe infantil» de quienes no creen en Dios, sino en aquellos que hablan de él. Nunca han tenido la experiencia de dialogar sinceramente con Dios, de buscar su rostro o de abandonarse a su misterio. Les basta con creer en la jerarquía o confiar en «los que saben de esas cosas». Su fe no es experiencia personal. Hablan de Dios «de oídas».

En todas estas actitudes falta lo más esencial de la fe cristiana: el encuentro personal con Cristo. La experiencia de caminar por la vida acompañados por alguien vivo con quien podemos contar y a quien nos podemos confiar. Solo él nos puede hacer vivir, amar y esperar a pesar de nuestros errores, fracasos y pecados.

Según el relato evangélico, los discípulos de Emaús contaban «lo que les había acontecido en el camino». Caminaban tristes y desesperanzados, pero algo nuevo se despertó en ellos al encontrarse con un Cristo cercano y lleno de vida. La verdadera fe siempre nace del encuentro personal con Jesús como «compañero de camino».

José Antonio Pagola

Lucas 24,35-48

III Pascua

18 abril 2921

VIDA

Jn 6,1-15

. El evangelista Juan, que no recoge en su Evangelio la institución de la Eucaristía, le dedica, en cambio el gran discurso del Pan de vida; que lo escucharemos la próxima semana de Pascua.

El evangelio de hoy viene a ser una introducción a ese discurso y en definitiva a la eucaristía, como lugar privilegiado donde ver al Señor y donde encontrarse con él.

El comienzo es una presentación del escenario: “lo seguía mucha gente”, “subió Jesús a la montaña” “se sentó allí con sus discípulos” “estaba cerca la Pascua”; en este escenarioJesús lanza la pregunta a Felipe sobre las posibles soluciones para dar de comer a tanta gente. La escena parece recodar la “situación de Israel en el desierto”, alimentado por Dios con el maná. El evangelio presenta a

Jesús, como el nuevo Moisés, que alimenta a la muchedumbre a partir de los escasos medios de que disponían.

. Jesús toma, bendice y reparte los panes, con una fórmula eucarística evidente. Sin negar este carácter eucarístico, actúa para  remediar una necesidad física, de un hambre de pan.  Pues la atención a las necesidades materiales es señal y testimonio de un espíritu nuevo.

El que come el pan de la eucaristía no puede no abrir sus ojos con misericordia a las necesidades de los hambrientos (de tantas y diferentes hambres).

. Pero actuar y remediar estas hambres no es suficiente: el pan que Jesús distribuye, el nuevo y definitivo maná, está destinado a saciar también otras hambres más profundas y definitivas: el hambre de bien y de salvación, el hambre de verdad y de justicia, el hambre de Dios.

Jesús en estos días de Pascua, quiere insistirnos que el pan partido es fuente de fraternidad. No se puede despedir con hambre al hermano, no se puede dar la espalda a quien no tiene que comer… El alimento repartido es signo del Reino.

. Como hemos repetido varias veces el evangelista Juan da muchas pistas para comprender a Jesús. Al apuntar “cuando todos se saciaron”, que comieron todo lo que quisieron está dando una señal de plenitud; y el llenar los canastos con lo que ha sobrado es señal de justicia y de equilibrio.

Este texto es también una llamada a nuestra sociedad pues estamos acabando con los bienes que son de todos y estamos destruyendo la madre naturaleza en beneficio de unos pocos.

VIDA

Jn 3,31-36

. El evangelista, siguiendo el hilo de la conversación de Jesús con Nicodemo, continúa reflexionando sobre la persona de Jesús y la salvación que de Él fluye. Creer o no creer es el dilema radical que plantea el cuarto evangelio, y vivir o no vivir es el resultado.

San Juan para fortalecer la fe de su comunidad, amenazada por las polémicas, profundiza sobre la superioridad de Jesús que está muy por encima de cualquier otro personaje o patriarca o profeta.

En el diálogo que acabamos de escuchar coloca a Jesús como el verdadero testigo que habla en nombre de Dios, quien le ha concedido su Espíritu, y presenta su bautismo como el verdadero camino para acercarse a Jesús.”El que cree en el Hijo posee la vida eterna”.

. Hace clara distinción de dos mundos diferentes: el que viene de lo alto y el que viene de la tierra. ”De lo que ha visto y ha oído da testimonio”.

Esta verdad nos coloca en la necesidad de definirnos. Se nos invita a mirar qué criterios asumimos y cuáles son las bases de nuestra vida. Si ponemos criterios de poder, de dinero, de placer, seguiremos indudablemente amarrados a este mundo, a “la mundanidad”; si por el contrario ponemos como base de nuestro actuar los mismos criterios de Jesús: la voluntad del Padre, la dignidad de hijos de Dios de cada una de las personas, nos llevarán a manifestarnos como verdaderos discípulos de Jesús.

El Papa Francisco gusta de presentar esa oposición entre dos mundos y dos criterios: la mundanidad y el espíritu. Lo que no vale es que nos digamos sus discípulos pero que a la hora de actuar y vivir nos rijamos con los criterios del mundo, es decir que vivamos como mundanos.

CATEQUESIS DEL PAPA

La Iglesia, maestra de oración

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! La Iglesia es una gran escuela de oración. Muchos de nosotros han aprendido a silabear las primeras oraciones estando sobre las rodillas de los padres o los abuelos. Quizá custodiamos el recuerdo de la madre y del padre que nos enseñaban a recitar las oraciones antes de ir a dormir. Esos momentos de recogimiento son a menudo aquellos en los que los padres escuchan de los hijos alguna confidencia íntima y pueden dar su consejo inspirado en el Evangelio. Después, en el camino del crecimiento, se hacen otros encuentros, con otros testigos y maestros de oración (cfr. Catecismo de la Iglesia Católica, 2686-2687). Hace bien recordarlos.

La vida de una parroquia y de toda comunidad cristiana está marcada por los tiempos de la liturgia y de la oración comunitaria. Ese don que en la infancia hemos recibido con sencillez, nos damos cuenta de que es un patrimonio grande, un patrimonio muy rico, y que la experiencia de la oración merece ser profundizada cada vez más (cfr. ibíd., 2688).

El hábito de la fe no es almidonado, se desarrolla con nosotros; no es rígido, crece, también a través de momentos de crisis y resurrecciones; es más, no se puede crecer sin momentos de crisis, porque la crisis te hace crecer: entrar en crisis es un modo necesario para crecer. Y la respiración de la fe es la oración: crecemos en la fe tanto como aprendemos a rezar. Después de ciertos pasajes de la vida, nos damos cuenta de que sin la fe no hubiéramos podido lograrlo y que la oración ha sido nuestra fuerza. No solo la oración personal, sino también la de los hermanos y de las hermanas, y de la comunidad que nos ha acompañado y sostenido, de la gente que nos conoce, de la gente a la cual pedimos rezar por nosotros.

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VIDA

Jn 3,16-21

. La nueva vida de la resurrección a la que nos incorporamos por el bautismo no es sino una vida centrada en el amor. Y es que la salvación que consiste en la plena comunión con Dios y, en Él, con los demás, no puede entenderse más que como amor: ser amado y amar. Ser “salvado” es ser amado y amar.

. Hoy hemos encontrado en el pasaje del Evangelio una de las frases más importantes de toda la Biblia y que puede dar el sentido de nuestra vida: “Tanto amó Dios al mundo, que le entregó a su Unigénito, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna.

. Nos atrevemos a decir que “Dios es puro amor” y busca dar vida; la esencia de Dios es amar y dar vida. Cuánto ha insistido el Papa Francisco y lo repite a cada momento: “Dios ama al pecador, Dios es misericordia, Dios no condena”. Y Jesús es el rostro del amor de Dios.

Cristo es el gran signo o sacramento de ese amor de Dios a la humanidad. Nos lo recuerda hoy: el inmenso amor de Dios al mundo, un amor extremo y exagerado, le ha costado el desgarro de la entrega de su Hijo, una entrega total y dolorosa, hasta la muerte. “Os rescataron… no con oro y plata, sino a precio de la sangre de Cristo” (1 P 1, 18).

. Y esto se expresa también con el testimonio de fe, en el testimonio público de la resurrección. Como hemos visto en la primera lectura, también aquí hay que estar dispuesto pagar el precio de la persecución, pero sabiendo que no hay persecución que pueda acallar la Palabra, porque no es posible encerrar en una mazmorra el amor con el que tanto amó Dios al mundo.

VIDA

Juan 3,7-15

El Evangelio continúa el pasaje de ayer, el encuentro entre Nicodemo y Jesús. Y nos sigue invitando a nacer de nuevo, no se trata de un simple cambio o conversión, a dejar lo viejo que hay en nosotros. “Tenéis que nacer de nuevo”: Jesús lo aclara: nacer de nuevo significa creer en Él; cuando esto ocurre, es el Espíritu el que lleva y se produce el milagro, y mediante su acción vivificadora produce una vida nueva, dando unos ojos nuevos, y hace ver la gloria de Jesús como Unigénito del Padre.

Nicodemo no puede entender porque lo interpreta de manera biológica. Jesús puede hablar de estos misterios porque los conoce “Hablamos de los que sabemos y damos testimonio de lo que hemos visto”. El evangelista nos dice que sólo Jesús, que estaba en el regazo del Padre, conoce aquellas realidades y “ha descendido” para revelarlas.

Y al final del párrafo de hoy hay una alusión a la serpiente puesta en un estandarte como salvación para el pueblo en el desierto. La cruz de Cristo es la cumbre de la revelación donde se encuentra la salvación: “así tiene que ser elevado el Hijo del hombre, para que todo el que cree en Él tenga vida eterna”.

Jesús está pidiendo, si no a Nicodemo, sí a nosotros, que creamos, que nos fiemos. Y el que cree se confía, hace de su vida una respuesta a quien es digno de ella.

. ¿Cuáles serían las señales de una comunidad que acogiera el Espíritu de Jesús y lo hiciera realidad?

La primera lectura nos da las características de quienes han decidido vivir radicalmente la llamada de Jesús, la vida nueva de la resurrección: una comunidad donde todos tengan un mismo corazón y una misma alma, donde se pueden compartir los bienes y las necesidades, donde se acoge al hermano y se le atiende por encima de los intereses materiales, de las ganancias y de los negocios.

Es la novedad que Jesús le presenta a Nicodemo. Es nacer del Espíritu.

El amor de Jesús es la única propuesta que podrá sostenerse si se vive con el corazón. Vivir según el Espíritu, nacer del Espíritu, nos hará construir una nueva humanidad.

Contemplemos a Jesús en lo alto entregando vida y dando vida.

VIDA

Juan 3,1-8

. Hemos iniciamos la segunda semana de este tiempo de Pascua. La Palabra de Dios de estos días nos sigue animando a redescubrir la presencia del Resucitado en medio de nuestras vidas.  

Con los discípulos estamos descubriendo a Cristo resucitado, nos falta “experimentarlo”, que Jesús siga vivo no significa nada si yo no vivo su misma Vida. Por eso el evangelio hoy nos habla de “nacer de nuevo”.

. Nos presenta el inicio del diálogo de Jesús con Nicodemo, eligiendo el texto en el que Jesús le dice: “En verdad, en verdad, te digo: el que no nazca de nuevo, no puede ver el reino de Dios”.  Este le vista de noche, como queriendo mantener en el anonimato su identidad, seguramente por miedo a lo que puedan decir sus compañeros fariseos. Reconoce que Jesús es capaz de realizar lo que hace porque Dios está con él.

. La respuesta de Jesús es sorprendente, le propone nacer de nuevo, para que pueda ver el Reino de Dios. Nicodemo no comprende ese nacimiento que le ofrece Jesús, pues se trata de un cambio, un renacer que ha de brotar de lo más profundo. Sólo el Espíritu de Dios, que renueva todas las cosas, es quien nos puede hacer nacer de nuevo, a una vida más auténtica y feliz.

. La Resurrección de Jesús transforma todo y pone en duda las formas antiguas de vivir que sostienen un mundo anticuado.

La mente de Nicodemo, y la nuestra, están acostumbradas sólo a medir a través de las cosas materiales, de las fuerzas del orden, de las ambiciones humanas, pero Jesús le descubre, y nos descubre, ese otro mundo espiritual, que en realidad es el verdadero. El nacimiento a la vida de Jesús es una irrupción de una nueva fuerza en la vida personal y comunitaria.

. No es cosa sencilla. A Nicodemo se le pide un nuevo nacimiento. También a nosotros se nos pide un nuevo nacimiento. Una conversión total.

Pero atención que quien hará la mayor parte del trabajo será el Espíritu. “Quien no nazca de agua y Espíritu no puede entrar en el Reino de Dios”. Nosotros sólo debemos ponernos en disposición y en apertura.

Como los apóstoles, en la primera lectura, debemos acercarnos en oración confiada y dejar que el Espíritu actúe en nuestras vidas. Hoy se nos invita a una nueva forma de vivir, a un nacimiento del agua y del Espíritu, a salir de la oscuridad y del temor.

Los cristianos somos personas que tenemos que renacer en Cristo y en el Espíritu.