EL PAPA EN EL REZO DEL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En la liturgia de hoy se narra el episodio de la tempestad calmada por Jesús (Mc 4,35-41). La barca en la que los discípulos atraviesan el lago es asaltada por el viento y las olas y ellos temen hundirse. Jesús está con ellos en la barca, sin embargo, se queda en la popa durmiendo sobre un cabezal. Los discípulos, llenos de miedo, le gritan: «Maestro, ¿no te importa que perezcamos?» (v. 38).

Y muchas veces también nosotros, asaltados por las pruebas de la vida, hemos gritado al Señor: “¿Por qué te quedas en silencio y no haces nada por mí?”. Sobre todo, cuando parece que nos hundimos, porque el amor o el proyecto en el que habíamos puesto grandes esperanzas desvanece; o cuando estamos a merced de las persistentes olas de la ansiedad; o cuando nos sentimos sumergidos por los problemas o perdidos en medio del mar de la vida, sin ruta y sin puerto. O incluso, en los momentos en los que desaparece la fuerza para ir adelante, porque falta el trabajo o un diagnóstico inesperado nos hace temer por nuestra salud o la de un ser querido. Son muchos los momentos en los que nos sentimos en tempestad, nos sentimos casi acabados.

En estas situaciones y en muchas otras, también nosotros nos sentimos ahogados por el miedo y, como los discípulos, corremos el riesgo de perder de vista lo más importante. En la barca, de hecho, incluso si duerme, Jesús está, y comparte con los suyos todo lo que está sucediendo. Su sueño, por un lado, nos sorprende, y por el otro nos pone a prueba. El Señor está ahí, presente; de hecho, espera – por así decir – que seamos nosotros los que le impliquemos, le invoquemos, le pongamos en el centro de lo que vivimos. Su sueño nos provoca el despertarnos. Porque, para ser discípulos de Jesús, no basta con creer que Dios está, que existe, sino que es necesario involucrarse con Él, es necesario también alzar la voz con Él. Escuchad esto: es necesario gritarle a Él. La oración, muchas veces, es un grito: “¡Señor, sálvame!”. Hoy, día del refugiado, estaba viendo en el programa “A sua immagine” (A su imagen), muchos que vienen en pateras y cuando se van a ahogar gritan: “¡Sálvanos!”. También en nuestra vida sucede lo mismo: “¡Señor, sálvanos!”, y la oración se convierte en un grito.

Hoy podemos preguntarnos: ¿cuáles son los vientos que se abaten sobre mi vida, cuáles son las olas que obstaculizan mi navegación y ponen en peligro mi vida espiritual, mi vida de familia, mi vida psíquica también? Digamos todo esto a Jesús, contémosle todo. Él lo desea, quiere que nos aferremos a Él para encontrar refugio de las olas anómalas de vida. El Evangelio cuenta que los discípulos se acercan a Jesús, le despiertan y le hablan (cfr v. 38). Este es el inicio de nuestra fe: reconocer que solos no somos capaces de mantenernos a flote, que necesitamos a Jesús como los marineros a las estrellas para encontrar la ruta. La fe comienza por el creer que no bastamos nosotros mismos, con el sentir que necesitamos a Dios.  Cuando vencemos la tentación de encerrarnos en nosotros mismos, cuando superamos la falsa religiosidad que no quiere incomodar a Dios, cuando le gritamos a Él, Él puede obrar maravillas en nosotros. Es la fuerza mansa y extraordinaria de la oración, que realiza milagros.

Jesús, implorado por los discípulos, calma el viento y las olas. Y les plantea una pregunta, una pregunta que nos concierne también a nosotros: «¿Por qué estáis con tanto miedo? ¿Cómo no tenéis fe?» (v. 40). Los discípulos se habían dejado llevar por el miedo, porque se habían quedado mirando las olas más que mirar a Jesús. Y el miedo nos lleva a mirar las dificultades, los problemas difíciles y no a mirar al Señor, que muchas veces duerme. También para nosotros es así: ¡cuántas veces nos quedamos mirando los problemas en vez de ir al Señor y dejarle a Él nuestras preocupaciones! ¡Cuántas veces dejamos al Señor en un rincón, en el fondo de la barca de la vida, para despertarlo solo en el momento de la necesidad! Pidamos hoy la gracia de una fe que no se canse de buscar al Señor, de llamar a la puerta de su Corazón. La Virgen María, que en su vida nunca dejó de confiar en Dios, despierte en nosotros la necesidad vital de encomendarnos a Él cada día.

20 junio 2021

CEQUESIS DEL PAPA

“La oración sacerdotal de Jesús

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En esta serie de catequesis hemos recordado en varias ocasiones cómo la oración es una de las características más evidentes de la vida de Jesús: Jesús rezaba, y rezaba mucho. Durante su misión, Jesús se sumerge en ella, porque el diálogo con el Padre es el núcleo incandescente de toda su existencia.

Los Evangelios testimonian cómo la oración de Jesús se hizo todavía más intensa y frecuente en la hora de su pasión y muerte. Estos sucesos culminantes de su vida constituyen el núcleo central de la predicación cristiana: esas últimas horas vividas por Jesús en Jerusalén son el corazón del Evangelio no solo porque a esta narración los evangelistas reservan, en proporción, un espacio mayor, sino también porque el evento de la muerte y resurrección —como un rayo— arroja luz sobre todo el resto de la historia de Jesús. Él no fue un filántropo que se hizo cargo de los sufrimientos y de las enfermedades humanas: fue y es mucho más. En Él no hay solamente bondad: hay algo más, está la salvación, y no una salvación episódica – la que me salva de una enfermedad o de un momento de desánimo – sino la salvación total, la mesiánica, la que hace esperar en la victoria definitiva de la vida sobre la muerte.

En los días de su última Pascua, encontramos por tanto a Jesús, plenamente inmerso en la oración.

Él reza de forma dramática en el huerto del Getsemaní —lo hemos escuchado—, asaltado por una angustia mortal. Sin embargo, Jesús, precisamente en ese momento, se dirige a Dios llamándolo “Abbà”, Papá (cfr. Mc 14,36). Esta palabra aramea —que era la lengua de Jesús— expresa intimidad, expresa confianza. Precisamente cuando siente la oscuridad que lo rodea, Jesús la atraviesa con esa pequeña palabra: Abbà, Papá.

Jesús reza también en la cruz, envuelto en tinieblas por el silencio de Dios. Y sin embargo en sus labios surge una vez más la palabra “Padre”. Es la oración más audaz, porque en la cruz Jesús es el intercesor absoluto: reza por los otros, reza por todos, también por aquellos que lo condenan, sin que nadie, excepto un pobre malhechor, se ponga de su lado. Todos estaban contra Él o indiferentes, solamente ese malhechor reconoce el poder. «Padre, perdónales, porque no saben lo que hacen» (Lc 23,34). En medio del drama, en el dolor atroz del alma y del cuerpo, Jesús reza con las palabras de los salmos; con los pobres del mundo, especialmente con los olvidados por todos, pronuncia las palabras trágicas del salmo 22: «Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?» (v. 2): Él sentía el abandono y rezaba. En la cruz se cumple el don del Padre, que ofrece el amor, es decir se cumple nuestra salvación. Y también, una vez, lo llama “Dios mío”, “Padre, en tus manos pongo mi espíritu”: es decir, todo, todo es oración, en las tres horas de la Cruz.

Por tanto, Jesús reza en las horas decisivas de la pasión y de la muerte. Y con la resurrección el Padre responderá a la oración. La oración de Jesús es intensa, la oración de Jesús es única y se convierte también en el modelo de nuestra oración. Jesús ha rezado por todos, ha rezado también por mí, por cada uno de vosotros. Cada uno de nosotros puede decir: “Jesús, en la cruz, ha rezado por mí”. Ha rezado. Jesús puede decir a cada uno de nosotros: “He rezado por ti, en la Última Cena y en el madero de la Cruz”. Incluso en el más doloroso de nuestros sufrimientos, nunca estamos solos. La oración de Jesús está con nosotros. “Y ahora, padre, aquí, nosotros que estamos escuchando esto, ¿Jesús reza por nosotros?”. Sí, sigue rezando para que Su palabra nos ayude a ir adelante. Pero rezar y recordar que Él reza por nosotros.

Y esto me parece lo más bonito para recordar. Esta es la última catequesis de este ciclo sobre la oración: recordar la gracia de que nosotros no solamente rezamos, sino que, por así decir, hemos sido “rezados”, ya somos acogidos en el diálogo de Jesús con el Padre, en la comunión del Espíritu Santo. Jesús reza por mí: cada uno de nosotros puede poner esto en el corazón, no hay que olvidarlo. También en los peores momentos. Somos ya acogidos en el diálogo de Jesús con el Padre en la comunión del Espíritu Santo. Hemos sido queridos en Cristo Jesús, y también en la hora de la pasión, muerte y resurrección todo ha sido ofrecido por nosotros. Y entonces, con la oración y con la vida, no nos queda más que tener valentía, esperanza y con esta valentía y esperanza sentir fuerte la oración de Jesús e ir adelante: que nuestra vida sea un dar gloria a Dios conscientes de que Él reza por mí al Padre, que Jesús reza por mí.

16 junio 2021

CAMINANDO CON JESÚS

Mateo 5,38-42

En el evangelio, en este recorrido aplicando las bienaventuranzas a la vida de los seguidores de Jesús, nos encontramos con: “Habéis oído que se dijo: “Ojo por ojo, diente por diente”. Yo, en cambio, os digo: No hagáis frente al que os ofende”. A nosotros la “ley del Talión” nos suena como una ley salvaje, pero es claro que buscaba evitar el abuso de los fuertes frente a quienes nada tenían. Así se aseguraba que el más pobre tendría al menos un resarcimiento de la ofensa.

Jesús perfecciona la ley, la verdadera justicia no consiste sólo en castigar al que hace el mal, sino más bien en corregir, en educar y en perdonar.

Y es que, en el centro del evangelio está el respeto sagrado a la persona y la denuncia contra todo aquello que, aun camuflado de artificio legal, atente contra la dignidad del hombre y de la mujer.

. Jesús se mueve en la órbita del Reino. Y eso es otra cosa, otra forma de mirar la realidad, otra forma de construir la relación entre las personas. 

Nos dice que no debemos responder al injusto, a la injusticia con venganza. El principio: ”Ojo por ojo y diente por diente” no es cristiano. Debemos, más bien, sufrir la injusticia y dejar que la gente abuse de nosotros, al menos cuando la injusticia es cometida contra nosotros mismos.

. En otras partes de la Escritura se nos dicen que debemos defender a otros si han sido injustamente maltratados y agraviados, como los pobres, y que debemos luchar contra la injusticia por medio de la bondad y del perdón. Así es como tenemos que romper la espiral del mal.

Con seguridad nuestra historia comenzará a ir de otra manera: más fraterna y más al estilo del Reino del que tanto habló Jesús.

. Hoy podemos revisar cuál es nuestra actitud cuando hemos sido ofendidos, si somos capaces de perdonar, de pedir explicaciones; o si simplemente buscamos venganzas y revanchas que acrecientan la violencia.

Pensemos si buscamos caminos de reconciliación y de paz o preferimos vivir con sabor amargo de la venganza.

. “Si uno te abofetea en la mejilla derecha, preséntale la otra”. Qué duras son estas palabras. Cualquier persona que las escucha siente un rechazo a este mensaje, sobre todo cuando se es víctima de un abuso o una injusticia.

En diálogo con jóvenes italianos el Papa Francisco decía el 27 de julio de 2016:.«¿Se puede perdonar totalmente? Es una gracia que debemos pedir al Señor. Nosotros, por nosotros mismos, no podemos: hacemos el esfuerzo, tú lo has hecho; pero es una gracia que te da el Señor, el perdón, perdonar al enemigo, perdonar al que te ha herido, al que te ha hecho daño. Cuando Jesús en el Evangelio nos dice: “Al que te golpee en una mejilla, preséntale también la otra”, quiere decir esto: dejar en las manos del Señor esta sabiduría del perdón, que es una gracia. Pero a nosotros nos toca poner todo de nuestra parte para perdonar».

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Las parábolas que hoy nos presenta la Liturgia —dos parábolas— se inspiran en la vida ordinaria, y revelan la mirada atenta de Jesús, que observa la realidad y, mediante pequeñas imágenes cotidianas, abre ventanas hacia el misterio de Dios y la historia humana. Jesús hablaba en un modo fácil de entender, hablaba con imágenes de la realidad, de la vida cotidiana. Así, nos enseña que incluso las cosas de cada día, esas que a veces parecen todas iguales y que llevamos adelante con distracción o cansancio, están habitadas por la presencia escondida de Dios, es decir, tienen un significado. Por tanto, necesitamos ojos atentos para saber “buscar y hallar a Dios en todas las cosas”.

Hoy Jesús compara el Reino de Dios, esto es, su presencia que habita el corazón de las cosas y del mundo, con el grano de mostaza, la semilla más pequeña que hay: es pequeñísima. Sin embargo, arrojada a la tierra, crece hasta convertirse en el árbol más grande (cf. Mc 4,31-32). Así hace Dios. A veces, el fragor del mundo y las muchas actividades que llenan nuestras jornadas nos impiden detenernos y vislumbrar cómo el Señor conduce la historia. Y sin embargo —asegura el Evangelio— Dios está obrando, como una pequeña semilla buena que silenciosa y lentamente germina. Y, poco a poco, se convierte en un árbol frondoso que da vida y reparo a todos. También la semilla de nuestras buenas obras puede parecer poca cosa; mas todo lo que es bueno pertenece a Dios y, por tanto, humilde y lentamente, da fruto. El bien —recordémoslo— crece siempre de modo humilde, de modo escondido, a menudo invisible.

Queridos hermanos y hermanas, con esta parábola Jesús quiere infundirnos confianza. De hecho, en muchas situaciones de la vida puede suceder que nos desanimemos al ver la debilidad del bien respecto a la fuerza aparente del mal. Y podemos dejar que el desánimo nos paralice cuando constatamos que nos hemos esforzado, pero no hemos obtenido resultados y parece que las cosas nunca cambian. El Evangelio nos pide una mirada nueva sobre nosotros mismos y sobre la realidad; pide que tengamos ojos grandes que saben ver más allá, especialmente más allá de las apariencias, para descubrir la presencia de Dios que, como amor humilde, está siempre operando en el terreno de nuestra vida y en el de la historia.

Y esta es nuestra confianza, es esto lo que nos da fuerzas para seguir adelante cada día con paciencia, sembrando el bien que dará fruto. ¡Qué importante es esta actitud para salir bien de la pandemia! Cultivar la confianza de estar en las manos de Dios y, al mismo tiempo, esforzarnos todos por reconstruir y recomenzar, con paciencia y constancia.

También en la Iglesia puede arraigar la cizaña del desánimo, sobre todo cuando asistimos a la crisis de la fe y al fracaso de varios proyectos e iniciativas. Pero no olvidemos nunca que los resultados de la siembra no dependen de nuestras capacidades: dependen de la acción de Dios. A nosotros nos toca sembrar, y sembrar con amor, con esfuerzo, con paciencia. Pero la fuerza de la semilla es divina. Lo explica Jesús en la otra parábola de hoy: el campesino arroja la semilla y luego no sabe cómo produce fruto, porque es la semilla misma la que crece de manera espontánea, durante el día, por la noche, cuando él menos se lo espera (cf. vv. 26-29). Con Dios siempre hay esperanza de nuevos brotes, incluso en los terrenos más áridos.

Que María Santísima, la humilde sierva del Señor, nos enseñe a ver la grandeza de Dios que obra en las cosas pequeñas, y a vencer la tentación del desánimo: fiémonos de Él cada día.

13 junio 2021

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

NO TODO ES TRABAJAR

Pocas parábolas pueden provocar mayor rechazo en nuestra cultura del rendimiento, la productividad y la eficacia que esta pequeña parábola en la que Jesús compara el reino de Dios con ese misterioso crecimiento de la semilla, que se produce sin la intervención del sembrador.

Esta parábola, tan olvidada hoy, resalta el contraste entre la espera paciente del sembrador y el crecimiento irresistible de la semilla. Mientras el sembrador duerme, la semilla va germinando y creciendo «ella sola», sin la intervención del agricultor y «sin que él sepa cómo».

Acostumbrados a valorar casi exclusivamente la eficacia y el rendimiento, hemos olvidado que el evangelio habla de fecundidad, no de esfuerzo, pues Jesús entiende que la ley fundamental del crecimiento humano no es el trabajo, sino la acogida de la vida que vamos recibiendo de Dios.

La sociedad actual nos empuja con tal fuerza hacia el trabajo, la actividad y el rendimiento que ya no percibimos hasta qué punto nos empobrecemos cuando todo se reduce a trabajar y ser eficaces.

De hecho, la «lógica de la eficacia» está llevando al hombre contemporáneo a una existencia tensa y agobiada, a un deterioro creciente de sus relaciones con el mundo y las personas, a un vaciamiento interior y a ese «síndrome de inmanencia» (José María Rovira Belloso) donde Dios desaparece poco a poco del horizonte de la persona.

La vida no es solo trabajo y productividad, sino regalo de Dios que hemos de acoger y disfrutar con corazón agradecido. Para ser humana, la persona necesita aprender a estar en la vida no solo desde una actitud productiva, sino también contemplativa. La vida adquiere una dimensión nueva y más profunda cuando acertamos a vivir la experiencia del amor gratuito, creativo y dinamizador de Dios.

Necesitamos aprender a vivir más atentos a todo lo que hay de regalo en la existencia; despertar en nuestro interior el agradecimiento y la alabanza; liberarnos de la pesada «lógica de la eficacia» y abrir en nuestra vida espacios para lo gratuito.

Hemos de agradecer a tantas personas que alegran nuestra vida, y no pasar de largo por tantos paisajes hechos solo para ser contemplados. Saborea la vida como gracia el que se deja querer, el que se deja sorprender por lo bueno de cada día, el que se deja agraciar y bendecir por Dios.

 José Antonio Pagola

Marcos 4,26-34

Domingo XI TO B

13 juni 2021

CAMINANDO CON JESÚS

Juan 19,31-37

Estamos en la última parte del relato de la Pasión, en el evangelio de Juan, un relato profundamente remodelado por el evangelista para mostrar en todo momento la autoridad y majestad de Jesús durante su pasión y muerte

San Juan se centra en lo que le ocurre a Jesús. Él está en medio de dos crucificados, es el centro. Su cuerpo no es quebrantado como ocurre a los otros dos, y de su costado, herido por la lanza, brota sangre y agua. “No le quebraron las piernas, sino que uno de los soldados, con la lanza, le traspasó el costado, y al punto salió sangre y agua”.

La sangre puede significar el don que Jesús hacía de su vida, revelando a los hombres el amor con que los amaba e incluso la comunicación de su misma vida en pura gracia. El agua es Jesús. Él es manantial de donde brota el agua viva que empieza a fluir, es la fuente de vida; es el don que los profetas habían situado al final de los tiempos. El agua es el Espíritu dado. Nos viene a la memoria: “Si alguno tiene sed, que venga a mí y beba…”.

. Esta escena de la plena entrega que hace Jesús por nosotros hasta el último aliento es impresionante. De su costado brota la vida para nosotros, sus hermanos. Éste es el gran misterio de este día: el amor incondicional de Jesús por nosotros. Nos ama en todo momento, en todo lugar y muy a pesar de nuestras faltas. Hace realidad lo que nos narraba en su parábola del Buen Pastor: da la vida por sus ovejas.

El Conc. Vaticano II (Const. Gaudium et spes, n. 22) dijo: “Amó con corazón de hombre”: aquí está todo sintetizado. La fiesta del Corazón de Jesús que celebramos habla de la cercanía de Dios y de su amor humano por todos, como proclama la Iglesia: Jesús, durante su vida, su agonía y su pasión nos ha conocido y amado a todos y a cada uno de nosotros y se ha entregado por cada uno de nosotros (…) Nos ha amado a todos con un corazón humano. Por esta razón, el sagrado Corazón de Jesús, (…) ‘es considerado como el (…) símbolo del amor con que el divino Redentor ama continuamente (…) a todos los hombres’” (Catecismo n. 478).

Jesús es una manifestación del misterio divino: El amor de Dios que nunca se retira. Es el Señor de la desmesura.

. La tradición recogió este pasaje evangélico para invitar a los creyentes a entrar cada vez más profundamente “en el costado del Crucificado”, para reconocer allí el amor infinito de Dios. Desde la Edad Media, la reflexión cristiana ha descubierto en este texto evangélico los fundamentos de la devoción al Sagrado Corazón. La muerte de Jesús es un acto de amor-obediencia-entrega al Padre y signo de su fidelidad hasta la muerte. Y, al mismo tiempo, es signo del amor “a los suyos”, hasta la consumación, hasta la locura que es la perfección del amor.

Este evangelio nos llama a dejarnos llevar y guiar por el amor regalado en Jesús. Los discípulos, debemos saber leer que la muerte de Jesús es signo del amor en el que tenemos que permanecer. Como Jesús, así sus discípulos debemos caminar en sus mismas huellas.

. Hoy dejémonos amar por Jesús, sintamos su amor incondicional por nosotros. Y si nos hemos desviado del camino, si andamos por barrancas o cañadas de oscuridad, escuchemos los silbos amorosos de quien nos busca lleno de dolor.

Día del Sagrado Corazón, día para disfrutar el amor pleno de Jesús.

11 junio 2021

CAMINANDO CON JESÚS

Mateo 5,20-26

. Continuando la reflexión de ayer sobre la “plenitud de la ley”, decíamos que esa perfección esel mandamiento del amor. Hoy Jesús pone ejemplos bien concretos. Nos dice que nuestra práctica de amor debe ir más lejos que la de los escribas y fariseos. Todas las leyes y todo el discipulado se basan en el amor.

Para los discípulos de Jesús esta enseñanza es de capital importancia: una justicia que vaya más allá de la practicada por los escribas y fariseos y una reconciliación que supere las diferencias y los obstáculos que presentan los desencuentros y agresiones.

Se trata, en realidad, de un cambio de espíritu. O, mejor, de pasar de un ley “escrita en libros”, a una ley escrita en el corazón. Jesús es, de hecho, el hombre de corazón nuevo, de corazón de carne, en la que Dios ha escrito su ley. Cuando se actúa según este espíritu, las exigencias de la ley no suenan como una voz extraña, que dice “tú debes”, sino que es una inspiración interna por la que nos decimos a nosotros mismos “yo debo”.

. Y cuando se vive desde el corazón uno no se limita a “cumplir” preceptos. Desde el corazón, el ser humano se interesa por hacer el bien, por amor del bien mismo y no de intereses más o menos subjetivos. Cristo propone un cambio substancial en las relaciones de la comunidad.

“Habéis oído que se dijo a los antiguos: “no matarás”, Jesús amplía el significado de este mandamiento: “Pero yo os digo: todo el que se deja llevar de la cólera contra su hermano…”. “Vivir peleados” es una manera de matar la convivencia; insultar al prójimo es una forma de matar la dignidad del otro, que es criatura de Dios… Todo aquello que destruya la vida, en cualquiera de sus formas, se aleja del querer de Dios.

. Por eso Jesús nos invita a que “si tu hermano tiene quejas contra ti” (y no tanto “si tú tienes quejas contra tu hermano”), vayamos a reconciliarnos antes de buscar la comunión con Dios en la celebración cristiana.

El mandamiento del “no matarás” encierra un gran “sí a la vida”, que estamos llamados a recrear y cuidar, personal y comunitariamente, allá donde estemos.

El amor, en su nivel más profundo, se muestra en el perdón sin condiciones, aun cuando la otra persona sea la culpable. ¡Eso no es nada fácil! Si de verdad te reconoces amado por Dios tienes que buscar una verdadera reconciliación que termine con la enemistad. La propuesta de Jesús es alejar de nuestro corazón todo resentimiento, todo odio y toda venganza.

10 junio 2021

CATEQUESIS DEL PAPA

Perseverar en el amor

Catequesis 37

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! En esta penúltima catequesis sobre la oración hablamos de la perseverancia al rezar. Es una invitación, es más, un mandamiento que nos viene de la Sagrada Escritura. El itinerario espiritual del Peregrino ruso empieza cuando se encuentra con una frase de san Pablo en la primera carta a los Tesalonicenses: «Orad constantemente. En todo dad gracias» (5,17-18). La palabra del Apóstol toca a ese hombre y él se pregunta cómo es posible rezar sin interrupción, dado que nuestra vida está fragmentada en muchos momentos diferentes, que no siempre hacen posible la concentración. De este interrogante empieza su búsqueda, que lo conducirá a descubrir la llamada oración del corazón. Esta consiste en repetir con fe: “¡Señor Jesucristo, Hijo de Dios, ten piedad de mí, pecador!”. Una oración sencilla, pero muy bonita. Una oración que, poco a poco, se adapta al ritmo de la respiración y se extiende a toda la jornada. De hecho, la respiración no cesa nunca, ni siquiera mientras dormimos; y la oración es la respiración de la vida.

¿Cómo es posible custodiar siempre un estado de oración? El Catecismo nos ofrece citas bellísimas, tomadas de la historia de la espiritualidad, que insisten en la necesidad de una oración continua, que sea el fulcro de la existencia cristiana. Cito algunas de ellas.

Afirma el monje Evagrio Póntico: «No nos ha sido prescrito trabajar, vigilar y ayunar constantemente —no, esto no se nos ha pedido— pero sí tenemos una ley que nos manda orar sin cesar» (n. 2742). El corazón en oración. Hay por tanto un ardor en la vida cristiana, que nunca debe faltar. Es un poco como ese fuego sagrado que se custodiaba en los templos antiguos, que ardía sin interrupción y que los sacerdotes tenían la tarea de mantener alimentado. Así es: debe haber un fuego sagrado también en nosotros, que arda en continuación y que nada pueda apagar. Y no es fácil, pero debe ser así.

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CAMINANDO CON JESÚS

Mateo 5,17-19

. El evangelio de hoy aclara la actitud de Jesús y la Iglesia primitiva respecto a la ley mosaica.

Cuando reflexionamos con profundidad sobre el Antiguo Testamento descubrimos la grandeza de un Dios que acompaña a su pueblo, que lo construye, que está a su lado. Los profetas hablan en su nombre, buscan la justicia, lo enderezan cuando se desvían. Hay una riqueza y valor grandes en toda la historia y vivencia del Antiguo Testamento.

Por eso Jesús comienza afirmando “No creáis que he venido a abolir…sino a dar plenitud”. Toda la Ley tenía valor de profecía, cuyo cumplimiento se verifica en Cristo, una vez llegada la plenitud de los tiempos inaugurados en Jesús.

. Dios nos habla en la revelación dirigida al pueblo de Israel. Sin embargo, es como incompleta cuando la comparamos con la Palabra que se hace carne y viene no tanto a hablarnos sino a mostrarnos y a darnos a conocer la profundidad de un Dios Trino y Uno.

El Antiguo Testamento también explica, ayuda y encamina para entender mejor la revelación plena del Nuevo Testamento.

Cristo no viene a quitar ni anular. No puede desconocer a los profetas y la ley. Al contrario, les da plenitud. Es el más grande de los profetas porque es el que puede hablar con mayor verdad el misterio de Dios.La nueva ley de Cristo, proclamada en las Bienaventuranzas, da profundidad y altura a la Alianza y a la Ley antigua. Jesús ha venido a dar plenitud a la ley, a llevarla a su perfección. Y esa perfección es la ley y el mandamiento del amor.

. Vivimos bajo la nueva ley del amor, y el Espíritu Santo liberador nos libera de la servidumbre de la ley. Jesús ha asumido el compromiso de una vida entregada por amor. Sus palabras, en el evangelio de hoy, deben entenderse en este sentido.

Cristo nos da plenitud. Su vida, sus palabras, sus enseñanzas nos traen plenitud. Cada una de las expresiones tienen ahora un sentido pleno: el amor, el servicio, el perdón, la reconciliación, la manifestación de la Trinidad, el sentido de la vida que en ella tiene su origen y su fin.

. ¿Cómo nos hemos acercado a Jesús? ¿Con qué actitud y profundidad leemos, meditamos y vivimos las verdades enunciadas en el Antiguo Testamento? ¿Qué muestras de plenitud damos en nuestra vida al haber conocido a Jesús?

9 junio 2021

CAMINANDO CON JESÚS

Mateo 5:13-16

Siguiendo el Discurso del Monte que comenzábamos ayer, el texto evangélico resume las actitudes básicas del que quiere pertenecer al Reino de Dios. Tras declarar bienaventurados a sus discípulos: “Bienaventurados vosotros cuando os insulten y persigan y os calumnien de cualquier modo por mi causa”, Jesús recuerda la responsabilidad que ha de acompañar al don recibido.

Mediante tres parábolas-proverbio muestra la identidad de sus discípulos: “Vosotros sois la sal de la tierra. Pero si la sal se vuelve sosa, ¿con qué la salarán?… Vosotros sois la luz del mundo. No se mete una vela para meterla debajo del celemín, sino para ponerla en el candelero y que alumbre a todos los de casa”.

Estas tres parábolas sirven de introducción a las instrucciones que seguirán, en que Jesús explica más detalladamente la identidad y el talante de su seguidor. Las tres imágenes señalan una misma dirección: testimonio personal de la vida del creyente al servicio de los demás.

. Por razón de brevedad nos fijamos en la primera. La sal, que es tan pequeña e insignificante, pero siempre presente e indispensable en todas las mesas, hoy se nos presenta como el modelo del discípulo. Sin alardes, pero con una actividad constante la sal da sabor. A una vida sin sentido, donde nos ahogan las preocupaciones y el trabajo, el discípulo de Jesús debe darle sentido y sabor.

La sal también sirve para conservar, para evitar la corrupción. Así debe ser el cristiano está llamado a conservar y a preservar a la comunidad. El cristiano debe conservar en la comunidad y en sí mismo el buen sabor de la vida de Dios.

. Para que la sal cumpla su cometido necesita dos cosas: La primera, es que debe deshacerse para poder ser eficaz. Si no se deshace no puede dar sabor. Si no se deshace y se disuelve, echa a perder todos los sabores.

Es decir, lo podemos traducir que se necesita la entrega, el servicio, el don de sí mismo para poder realizar la misión. Así lo hizo Jesús.

. Y la segunda es que, casi siempre, pasa desapercibida. Si trata de imponerse, a hacerse notar, lo hecha a perder todo, se “sala”. Si el cristiano trata de imponer su imagen y personalidad y predicarse a sí mismo, quita el rostro de Cristo y corrompe la vida de los demás.

. Tratemos de llevar a nuestra vida lo que nos pide el evangelio de hoy: testimonio personal de vida: ¿Cómo somos sal? ¿Cómo damos sabor?, y servicio a los demás: ¿Cómo protegemos y cuidamos? ¿Cómo nos entregamos en el servicio? ¿Sin alardes, pero con una actividad constante, como la sal?