EL PAPA EN EL REZO DEL ÁNGELUS

¡Queridos hermanos y hermanas, buenos días! Este segundo domingo de Cuaresma nos invita a contemplar la transfiguración de Jesús en el monte, ante tres discípulos (cf. Mc 9,2-10). Poco antes, Jesús había anunciado que, en Jerusalén, sufriría mucho, sería rechazado y condenado a muerte. Podemos imaginar lo que debió ocurrir en el corazón de sus amigos, de sus amigos íntimos, sus discípulos: la imagen de un Mesías fuerte y triunfante entra en crisis, sus sueños se hacen añicos, y la angustia los asalta al pensar que el Maestro en el que habían creído sería ejecutado como el peor de los malhechores. Y precisamente en ese momento, con esa angustia del alma, Jesús llama a Pedro, Santiago y Juan y los lleva consigo a la montaña.

Dice el Evangelio: «Los llevó a un monte» (v. 2). En la Biblia el monte siempre tiene un significado especial: es el lugar elevado, donde el cielo y la tierra se tocan, donde Moisés y los profetas vivieron la extraordinaria experiencia del encuentro con Dios. Subir al monte es acercarse un poco a Dios. Jesús sube con los tres discípulos y se detienen en la cima del monte. Aquí, Él se transfigura ante ellos. Su rostro radiante y sus vestidos resplandecientes, que anticipan la imagen de Resucitado, ofrecen a estos hombres asustados la luz, la luz de la esperanza, la luz para atravesar las tinieblas: la muerte no será el fin de todo, porque se abrirá a la gloria de la Resurrección. Jesús, pues, anuncia su muerte, los lleva al monte y les muestra lo que sucederá después, la Resurrección.

Continuar leyendo “EL PAPA EN EL REZO DEL ÁNGELUS”

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

NUEVA IDENTIDAD CRISTIANA

Para ser cristiano, lo más decisivo no es qué cosas cree una persona, sino qué relación vive con Jesús. Las creencias, por lo general, no cambian nuestra vida. Uno puede creer que existe Dios, que Jesús ha resucitado y muchas cosas más, pero no ser un buen cristiano. Es la adhesión a Jesús y el contacto con él lo que nos puede transformar.

En los evangelios se puede leer una escena que, tradicionalmente, se ha venido en llamar la «transfiguración» de Jesús. Ya no es posible reconstruir la experiencia histórica que dio origen al relato. Solo sabemos que era un texto muy querido entre los primeros cristianos, pues, entre otras cosas, los animaba a creer solo en Jesús.

La escena se sitúa en una «montaña alta». Jesús está acompañado de dos personajes legendarios en la historia judía: Moisés, representante de la Ley, y Elías, el profeta más querido en Galilea. Solo Jesús aparece con el rostro transfigurado. Desde el interior de una nube se escucha una voz: «Este es mi hijo querido. Escuchadlo a él».

Lo importante no es creer en Moisés ni en Elías, sino escuchar a Jesús y oír su voz, la del Hijo amado. Lo más decisivo no es creer en la tradición ni en las instituciones, sino centrar nuestra vida en Jesús. Vivir una relación consciente y cada vez más comprometida con Jesucristo. Solo entonces se puede escuchar su voz en medio de la vida, en la tradición cristiana y en la Iglesia.

Continuar leyendo “ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA”

HACIA LA PASCUA

Mt 5,20-26

. El evangelio de hoy se toma del discurso de Jesús en el Monte, y comienza estableciendo una premisa sobre la nueva justicia, es decir sobre la fidelidad que pide el reino de Dios. “Si vuestra justicia no es mayor que la de los escribas…”

Al discípulo de Cristo se le pide más, Jesús no quiere que nos conformemos con la actitud externa, basada en la observancia escrupulosa de los preceptos como los escribas y fariseos.

. También se mata al hermano en el corazón con pensamientos o sentimientos hostiles e, incluso, sencillamente, con la indiferencia. Se le mata también con palabras injuriosas o despectivas.  

. Superior a esta justicia que se funda solo en el saber o el hacer, es la del amor, que sabe hacerse cargo de la realidad y perdonar, que no excluye, sino que ofrece misericordia.

Hoy podemos recordar las tres palabras que suele recomendar el Papa Francisco: gracias, perdón y permiso. Disculparse o pedir perdón es una palabra sagrada que no puede usarse como muletilla para salir del paso.

Continuar leyendo “HACIA LA PASCUA”

HACIA LA PASCUA

Mt 7,7-12

El evangelio de hoy nos invita a la perseverancia en la oración, “pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”.

Jesús nos anima a orar con confianza y perseverancia.

Durante este tiempo de Cuaresma se nos convoca a volver a lo que es esencial para nuestra vida y nuestras opciones vitales: redescubrir, en los momentos de oración, una verdad profunda: Dios es nuestro Padre y nos ama con un amor sin límites.

. En la oración podemos conocer la riqueza de la bondad de Dios para con nosotros. Dios no puede rechazarnos cuando nos volvemos con confianza a él desde nuestras necesidades, también desde nuestras alegrías, incluso desde nuestro silencio cuando no sabemos qué decir. “Si vosotros, aun siendo malos…”

Del mismo modo que nos revela cómo es el corazón del Padre que sabe dar «cosas buenas a los que le piden» (Mt 7,11), nos indica cómo debe ser la actitud de un corazón orante: “pedid y se os dará, buscad y encontraréis, llamad y se os abrirá”. Jesús nos invita a entrar en comunión viva con Dios Padre, y esta experiencia nos sana interiormente.

.  La oración ha de ser el clima habitual de quien se sabe hijo de Dios. La oración para el cristiano es como el aire que respiramos: sin la oración estamos vacíos y somos como el cardo en la estepa.

Continuar leyendo “HACIA LA PASCUA”

HACIA LA PASCUA

Lucas 11,29-32

En el texto evangélico aparece Jesús hablando a las multitudes: “La gente se apiñaba alrededor de Jesús”. Lesreprocha que reclaman una señal como garantía de su mesianismo, algo que legitime sus palabras y sus actos. Piden señales. pero no están dispuestos a aceptarlas. «Esta generación es una generación perversa. Pide un signo, pero no se le dará más signo que el signo de Jonás».

. La señal que ofrece Jesús a su pueblo es la señal de la conversión de los pobres y pecadores al Reino de Dios. No se trata de un signo en los astros o de un milagro portentoso; se trata de la nueva vida que surge de la aceptación de la Buena Noticia.

“Como Jonás fue una señal para los ninivitas, así será el Hijo del Hombre para esta generación”. Nínive, la despreciada por el  mismo profeta Jonás, de la que no se esperaba su conversión, reconoció su pecado, hizo penitencia y oración, y se arrepintieron de su mala conducta.

. El evangelio nos presenta también otra figura: «La reina del Sur», la cual «vino desde los confines de la tierra para escuchar la sabiduría de Salomón»

La Reina de Saba fue atraída por la sabiduría de Salomón, los ninivitas llegaron a la conversión por la predicación de un profeta de otras tierras. Todos ellos supieron descubrir el paso de Dios en su historia y acogieron la propuesta de Dios sin que pertenecieran al pueblo de la Alianza.

. A partir de estas dos referencias bíblicas podemos decir que la protesta de Jesús apunta a la disponibilidad al menos para escuchar su palabra hasta dejarse interpelar por su enseñanza.

. Nosotros, por nuestro bautismo, somos parte del nuevo pueblo de Dios y recibimos la gracia a través de los sacramentos, la escucha de la Palabra, el servicio al prójimo y las obras de misericordia, pero, muchas veces sentimos la tentación de pedir “otros” signos  que den garantía y soporte a nuestra fe; entramos en una especie de trueque con Dios donde ya no bastan las palabras y obras de Jesús, sino que anhelamos intervenciones mágicas del cielo que sobrepasan la fe.

. A todos se nos ha confiado una tarea y por ello es prioritario que tengamos clara cuál es la voluntad de Dios en nuestra vida. A esa voluntad divina debemos ser fieles y en ella debemos mantenernos.

Por eso, debemos silenciar las voces que escapen de los márgenes del plan de Dios y abrirnos a la escucha de la Palabra.

Dios siempre ofrece los medios adecuados para que comprendamos qué debemos hacer en los momentos de aridez, duda o dificultad. Como Jesús debemos clamar siempre “hágase tu voluntad así en la tierra como en el cielo”.

HACIA LA PASCUA

Mt 6,7-15

. Hoy el evangelio nos ha puesto delante el tema de la oración. Y, en concreto, la oración del Padrenuestro.La cuaresma como «viaje de regreso a Dios» es un tiempo propicio para potenciar nuestra oración. La cual nos lleva a la intimidad con el Padre, que no solo escucha nuestra oración, sino que nos atrae a su corazón para “hacernos” según su misericordia y perdón.

. Orar, nos lo acaba de recordar Jesús, no es decir muchas palabras como los paganos que se imaginan que hablando mucho obtendrán el favor que piden. Orar es estar en la presencia de Dios, nuestro Padre, como el niño hace con su padre, y hablar con Él con la total confianza de saber que siempre nos escucha.

. Por eso Jesús nos dice que cuando oremos “no digamos muchas palabras”, sino que estemos delante de nuestro Padre con una actitud de fe confiada.

Y nos enseñó el PADRENUESTRO: una oración que contiene siete peticiones concretas; las tres primeras se refieren a Dios Padre y las cuatro siguientes a las necesidades de los hombres.

Continuar leyendo “HACIA LA PASCUA”

EL PAPA EN EL ÁNGELUS

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! El pasado miércoles, con el rito penitencial de la ceniza, iniciamos el camino de la Cuaresma. Hoy, primer domingo de este tiempo litúrgico, la Palabra de Dios nos indica el camino para vivir fructuosamente los cuarenta días que conducen a la celebración anual de la Pascua. Es el camino recorrido por Jesús, que el Evangelio, en el estilo esencial de Marcos, resume diciendo que Él, antes de comenzar su predicación, se retiró durante cuarenta días al desierto, donde fue tentado por Satanás (cf. 1,12-15). El evangelista subraya que «el Espíritu empuja a Jesús al desierto» (v. 12). El Espíritu Santo, que descendió sobre Él nada más recibir el bautismo de Juan en el río Jordán, el mismo Espíritu le empuja ahora a ir al desierto, para enfrentarse al Tentador, para luchar contra el diablo. Toda la existencia de Jesús se pone bajo el signo del Espíritu de Dios, que lo anima, lo inspira y lo guía.

Pero pensemos en el desierto. Detengámonos un momento en este entorno, natural y simbólico, tan importante en la Biblia. El desierto es el lugar donde Dios habla al corazón del hombre, y donde brota la respuesta de la oración, o sea, el desierto de la soledad, el corazón sin apego a otras cosas y solo, en esa soledad, se abre a la Palabra de Dios. Pero es también el lugar de la prueba y la tentación, donde el Tentador, aprovechando la fragilidad y las necesidades humanas, insinúa su voz engañosa, alternativa a la de Dios, una voz alternativa que te muestra otro camino, un camino de engaños. El Tentador seduce. Efectivamente, durante los cuarenta días vividos por Jesús en el desierto, comienza el “duelo” entre Jesús y el diablo, que terminará con la Pasión y la Cruz. Todo el ministerio de Cristo es una lucha contra el Maligno en sus múltiples manifestaciones: curaciones de enfermedades, exorcismos de los endemoniados, perdón de los pecados. Después de la primera fase en la que Jesús demuestra que habla y actúa con el poder de Dios, parece que el diablo prevalezca cuando el Hijo de Dios es rechazado, abandonado y finalmente capturado y condenado a muerte. Parece que el vencedor es el diablo. En realidad, la muerte era el último “desierto” a atravesar para derrotar definitivamente a Satanás y liberarnos a todos de su poder. Y así Jesús triunfó en el desierto de la muerte para triunfar después en la Resurrección.

Continuar leyendo “EL PAPA EN EL ÁNGELUS”

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

LA CONVERSIÓN NOS HACE BIEN

La llamada a la conversión evoca casi siempre en nosotros el recuerdo del esfuerzo exigente, propio de todo trabajo de renovación y purificación. Sin embargo, las palabras de Jesús: «Convertíos y creed en la Buena Noticia», nos invitan a descubrir la conversión como paso a una vida más plena y gratificante.

El evangelio de Jesús nos viene a decir algo que nunca hemos de olvidar: «Es bueno convertirse. Nos hace bien. Nos permite experimentar un modo nuevo de vivir, más sano y gozoso. Nos dispone a entrar en el proyecto de Dios para construir un mundo más humano». Alguno se preguntará: pero ¿cómo vivir esa experiencia?, ¿qué pasos dar?

Lo primero es detenerse. No tener miedo a quedarnos a solas con nosotros mismos para hacernos las preguntas importantes de la vida: ¿quién soy yo?, ¿qué estoy haciendo con mi vida?, ¿es esto lo único que quiero vivir?

Este encuentro consigo mismo exige sinceridad. Lo importante es no seguir engañándonos por más tiempo. Buscar la verdad de lo que estamos viviendo. No empeñarnos en ocultar lo que somos y en parecer lo que no somos. Es fácil que experimentemos entonces el vacío y la mediocridad. Aparecen ante nosotros actuaciones y posturas que están arruinando nuestra vida. No es esto lo que hubiéramos querido. En el fondo deseamos vivir algo mejor y más gozoso.

Descubrir cómo estamos dañando nuestra vida no tiene por qué hundirnos en el pesimismo o la desesperanza. Esta conciencia de pecado es saludable. Nos dignifica y nos ayuda a recuperar la autoestima. No todo es malo y ruin en nosotros. Dentro de cada uno está actuando siempre una fuerza que nos atrae y empuja hacia el bien, el amor y la bondad. Es Dios, que quiere una vida más digna para todos.

La conversión nos exigirá sin duda introducir cambios concretos en nuestra manera de actuar. Pero la conversión no consiste en esos cambios. Ella misma es el cambio. Convertirse es cambiar el corazón, adoptar una postura nueva en la vida, tomar una dirección más sana. Colaborar en el proyecto de Dios.

Todos, creyentes y menos creyentes, pueden dar los pasos evocados hasta aquí. La suerte del creyente es poder vivir esta experiencia abriéndose confiadamente a Dios. Un Dios que se interesa por mí más que yo mismo, para resolver no mis problemas, sino «el problema», esa vida mía mediocre y fallida que parece no tener solución. Un Dios que me entiende, me espera, me perdona y quiere verme vivir de manera más plena, gozosa y gratificante.

Por eso el creyente vive su conversión invocando a Dios con las palabras del salmista: «Ten misericordia de mí, oh Dios, según tu bondad. Lávame a fondo de mi culpa, limpia mi pecado. Crea en mí un corazón limpio. Renuévame por dentro. Devuélveme la alegría de tu salvación» (Sal 51 [50]).

José Antonio Pagola

Marcos 1,12-15

Domingo I Cuaresma

21 febrero 2021

HACIA LA PASCUA

Mateo 9,14-15

La liturgia de la Palabra nos habla del “ayuno”, que es una de las prácticas de la Cuaresma junto con la oración y la limosna. Pero ¿cómo entender hoy el ayuno? 

Hay quien se pone a régimen, para realizar una dieta de adelgazamiento por motivos estéticos, de salud o deportivos, es una práctica que muchas personas realizan. En el aspecto religioso es diferente.

La Cuaresma nos invita a.ayunar, no sólo de alimentos, sino de todo aquello que nos aleja de Dios como pueden ser otras prácticas que nos esclavizan. Y la Palabra de Dios nos invita a buscar un sentido más profundo al ayuno: ¿para qué ayunar? ¿Cuál es su finalidad?

El profeta Isaías (1ª) responde al sentido verdadero del ayuno. “El ayuno que yo quiero es éste: abrir las prisiones injustas, hacer saltar los cerrojos de los cepos, dejar libres a los oprimidos, romper todos los cepos, partir tu pan con el hambriento, hospedar a los pobres sin techo, vestir al que ves desnudo y no cerrarte a tu propia carne”.

. El ayuno que Dios quiere es la conversión a Él y al amor a los hermanos; es el ayuno del egoísmo, compartiendo con los demás lo que se tiene. Porque ayuno sin amor vale poco.

Un ayuno cuaresmal ha de producir beneficio en los otros, ha de tener consecuencias positivas para los demás, especialmente para los más necesitados.

. Todo ayuno religioso supone, por un lado, ayunar de todo aquello que nos haga más libres, y nos haga más receptivos para escuchar a Dios; y que beneficie a los demás. Nuestro ayuno tiene que hacer la vida más agradable, más liberadora, tiene que ser luz para los otros.

Volviendo al evangelio, en otros pasajes, Jesús da una respuesta semejante a la del profeta Isaías, pero hoy dice que sus discípulos no ayunan porque él ha venido y está con sus discípulos; éstos deberían regocijarse más que ayunar.

Actualmente la Iglesia ha mitigado la ley del ayuno, sólo el miércoles de ceniza y el viernes santo, y lo que importa no es tanto la privación de alimento cuanto el ayuno del pecado, y de la fiebre del consumismo.