VIDA

Juan 16,29-33

Comenzamos la semana cuyo protagonista va a ser el Espíritu Santo, el gran huésped que recibiremos el próximo domingo. Tal vez, también sucede hoy entre nosotros lo que refiere la primera lectura; “Ni siquiera hemos oído hablar del Espíritu Santo”. A Él hemos de invocarle durante toda la semana para que fortalezca nuestra fe e ilusione nuestra tarea, la tarea que ayer nos encomendaba el Señor: “Id al mundo entero y proclamad el evangelio a toda la creación”.

. Fijándonos en el evangelio que acabamos de escuchar, “le dicen los discípulos: Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones”.

Los discípulos expresan su confianza y su seguridad en haber comprendido las palabras y la misión de Jesús. Pero ¡qué lejos están todavía!

Jesús va a sufrir la pasión, pero no se siente solo; aunque sus discípulos le abandonen, el Padre siempre está con Él. “Mirad, llega la hora, mejor, ya ha llegado, en que os dispersaréis cada cual por su lado y a mí me dejaréis solo. Pero no estoy solo, porque está conmigo el Padre”.

Cuando lleguen el dolor, la dispersión y el sufrimiento, dejarán solo a Jesús. Por eso los quiere prevenir y asegurarles que no estarán solos, sino que Él continuará con ellos. Los anima a que tengan valor porque Él ha vencido al mundo.

. Este evangelio es la conclusión del llamado «Discurso de despedida» de Jesús. El versículo final nos da una pista fundamental de interpretación: «os he hablado de esto, para que encontréis la paz en mí. En el mundo tendréis luchas; pero tened valor: yo he vencido al mundo».

Al despedirse de sus discípulos Jesús les invita una vez más a tener confianza. A pesar de las pruebas y dificultades que tendrán no deben desanimarse. ¡Cristo ha vencido al mundo!

. Nuestra seguridad la pondremos en el Señor. Es cierto que habrá dolor y angustia, pero nuestra seguridad estará en el Señor. Jesús nos enseña que la paz puede darse junto al dolor porque no es al estilo de la paz del mundo: es la paz que brota de la fe en Jesús y de nuestro compromiso en su seguimiento. Por otra parte, la primera lectura nos ayuda a entender el sentido de esta semana: prepararse para recibir al Espíritu Santo.

. Nosotros hemos sido bautizados y confirmados, pero necesitamos diariamente abrir nuestros corazones para recibir el Espíritu. Es obra de cada día adecuar nuestra vida y nuestra voluntad a la inspiración del Espíritu. Esta semana terminará con la fiesta de Pentecostés, preparémonos con la oración, con la disposición y con la entrega al Señor.

17 mayo 2021

REGINA CAELI

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

Hoy, en Italia y en otros países, se celebra la solemnidad de la Ascensión del Señor. La página evangélica (Mc 16,15-20) —la conclusión del Evangelio de Marcos— nos presenta el último encuentro del Resucitado con los discípulos antes de subir a la derecha del Padre. Normalmente, lo sabemos, las escenas de despedidas son tristes, causan en quien se queda un sentimiento de pérdida, de abandono; sin embargo, esto no les sucede a los discípulos. No obstante, la separación del Señor, no se muestran desconsolados, es más, están alegres y preparados para partir como misioneros en el mundo.

¿Por qué los discípulos no están tristes? ¿Por qué nosotros también debemos alegrarnos al ver a Jesús que asciende al cielo?

La ascensión completa la misión de Jesús en medio de nosotros. De hecho, si es por nosotros que Jesús bajó del cielo, también es por nosotros que asciende. Después de haber descendido en nuestra humanidad y haberla redimido —Dios, el Hijo de Dios, desciende y se hace hombre, toma nuestra humanidad y la redime— ahora asciende al cielo llevando consigo nuestra carne. Es el primer hombre que entra en el cielo, porque Jesús es hombre, verdadero hombre, es Dios, verdadero Dios; nuestra carne está en el cielo y esto nos da alegría. A la derecha del Padre se sienta ya un cuerpo humano, por primera vez, el cuerpo de Jesús, y en este misterio cada uno de nosotros contempla el propio destino futuro. No se trata de un abandono, Jesús permanece para siempre con los discípulos, con nosotros.

Permanece en la oración, porque Él, como hombre, reza al Padre, y como Dios, hombre y Dios, le hace ver las llagas, las llagas con las cuales nos ha redimido. La oración de Jesús está ahí, con nuestra carne: es uno de nosotros, Dios hombre, y reza por nosotros. Y esto nos debe dar una seguridad, es más, una alegría, ¡una gran alegría! Y el segundo motivo de alegría es la promesa de Jesús. Él nos ha dicho: “Os enviaré el Espíritu Santo”. Y ahí, con el Espíritu Santo, se hace ese mandamiento que Él da precisamente en la despedida: “Id por el mundo, anunciad el Evangelio”. Y será la fuerza del Espíritu Santo que nos lleva allá en el mundo, a llevar el Evangelio. Es el Espíritu Santo de ese día, que Jesús ha prometido, y entonces nueve días después vendrá en la fiesta de Pentecostés. Precisamente es el Espíritu Santo que ha hecho posible que todos nosotros seamos hoy así. ¡Una gran alegría! Jesús se ha ido al cielo: el primer hombre ante el Padre. Se fue con sus llagas, que han sido el precio de nuestra salvación, y reza por nosotros. Y después nos envía el Espíritu Santo, nos promete el Espíritu Santo, para ir a evangelizar. Por esto la alegría de hoy, por esto la alegría de este día de la Ascensión.

Hermanos y hermanas, en esta fiesta de la Ascensión, mientras contemplamos el Cielo, donde Cristo ha ascendido y se sienta a la derecha del Padre, pidamos a María, Reina del Cielo, que nos ayude a ser en el mundo testigos valientes del Resucitado en las situaciones concretas de la vida.

16 mayo 2021

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

CONFIAR EN EL EVANGELIO

La Iglesia tiene ya veinte siglos. Atrás quedan dos mil años de fidelidad y también de no pocas infidelidades. El futuro parece sombrío. Se habla de signos de decadencia en su seno: cansancio, envejecimiento, falta de audacia, resignación. Crece el deseo de algo nuevo y diferente, pero también la impotencia para generar una verdadera renovación.

El evangelista Mateo culmina su escrito poniendo en labios de Jesús una promesa destinada a alimentar para siempre la fe de sus seguidores: «Yo estaré con vosotros todos los días hasta el fin del mundo». Jesús seguirá vivo en medio del mundo. Su movimiento no se extinguirá. Siempre habrá creyentes que actualicen su vida y su mensaje. Marcos nos dice que, después de la Ascensión de Jesús, los apóstoles «proclamaban el evangelio por todas partes y el Señor actuaba con ellos».

Esta fe nos lleva a confiar también hoy en la Iglesia: con retrasos y resistencias tal vez, con errores y debilidades, siempre seguirá buscando ser fiel al evangelio. Nos lleva también a confiar en el mundo y en el ser humano: por caminos no siempre claros ni fáciles el reino de Dios seguirá creciendo.

Hoy hay más hambre y violencia en el mundo, pero hay también más conciencia para hacerlo más humano. Hay muchos que no creen en religión alguna, pero creen en una vida más justa y digna para todos, que es, en definitiva, el gran deseo de Dios.

Esta confianza puede darle un tono diferente a nuestra manera de mirar el mundo y el futuro de la Iglesia. Nos puede ayudar a vivir con paciencia y paz, sin caer en el fatalismo y sin desesperar del evangelio.

Hemos de sanear nuestras vidas eliminando aquello que nos vacía de esperanza. Cuando nos dejamos dominar por el desencanto, el pesimismo o la resignación, nos incapacitamos para transformar la vida y renovar la Iglesia. El filósofo norteamericano Herbert Marcuse decía que «la esperanza solo se la merecen los que caminan». Yo diría que la esperanza cristiana solo la conocen los que caminan tras los pasos de Jesús. Son ellos quienes pueden «proclamar el evangelio a toda la creación».

José Antonio Pagola

Mateo 16,15-20

Ascensión del Señor.

16 mayo 2021

CATEQUESIS DEL PAPA

El combate de la oración

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días! Estoy contento de retomar este encuentro cara a cara, porque os digo algo: no es bonito hablar delante de la nada, de una cámara. No es bonito. Y ahora, después de tantos meses, gracias a la valentía de monseñor Sapienza —que ha dicho: “¡No, lo hacemos allí!”— estamos aquí reunidos. ¡Es bueno monseñor Sapienza! Y encontrar la gente, y encontraros a vosotros, cada uno con su propia historia, gente que viene de todas las partes, de Italia, de Estados Unidos, de Colombia, después ese pequeño equipo de fútbol de cuarto hermanos suizos —creo— que están allí… cuatro. Falta la hermana, esperemos que llegue… Y veros a cada uno de vosotros a mí me alegra, porque somos todos hermanos en el Señor y mirarnos nos ayuda a rezar el uno por el otro. También la gente que está lejos pero siempre se hace cercana. La hermana sor Geneviève, que no puede faltar, que viene del Lunapark, gente que trabaja: son muchos y están aquí todos. Gracias por vuestra presencia y vuestra visita. Llevad el mensaje del Papa a todos. El mensaje del Papa es que yo rezo por todos, y pido rezar por mí unidos en la oración.

Y hablando de la oración, la oración cristiana, como toda la vida cristiana, no es “como dar un paseo”. Ninguno de los grandes orantes que encontramos en la Biblia y en la historia de la Iglesia ha tenido una oración “cómoda”. Sí, se puede rezar como los loros —bla, bla, bla, bla, bla— pero esto no es oración. La oración ciertamente dona una gran paz, pero a través de un combate interior, a veces duro, que puede acompañar también periodos largos de la vida. Rezar no es algo fácil y por eso nosotros escapamos de la oración. Cada vez que queremos hacerlo, enseguida nos vienen a la mente muchas otras actividades, que en ese momento parecen más importantes y más urgentes. Esto me sucede también a mí: voy a rezar un poco… Y no, debo hacer esto y lo otro… Nosotros huimos de la oración, no sé por qué, pero es así. Casi siempre, después de haber pospuesto la oración, nos damos cuenta de que esas cosas no eran en absoluto esenciales, y que quizá hemos perdido el tiempo. El Enemigo nos engaña así.

Todos los hombres y las mujeres de Dios mencionan no solamente la alegría de la oración, sino también la molestia y la fatiga que puede causar: en algunos momentos es una dura lucha mantener la fe en los tiempos y en las formas de la oración. Algún santo la ha llevado adelante durante años sin sentir ningún gusto, sin percibir la utilidad. El silencio, la oración, la concentración son ejercicios difíciles, y alguna vez la naturaleza humana se rebela. Preferiríamos estar en cualquier otra parte del mundo, pero no ahí, en ese banco de la iglesia rezando. Quien quiere rezar debe recordar que la fe no es fácil, y alguna vez procede en una oscuridad casi total, sin puntos de referencia.  Hay momentos de la vida de fe que son oscuros y por esto algún santo los llama: “La noche oscura”, porque no se siente nada. Pero yo sigo rezando.

El Catecismo enumera una larga serie de enemigos de la oración, los que hacen difícil rezar, que ponen dificultades (cfr. nn. 2726-2728). Algunos dudan de que esta pueda alcanzar verdaderamente al Omnipotente: ¿pero por qué está Dios en silencio? Si Dios es Omnipotente, podría decir dos palabras y terminar la historia. Ante lo inaprensible de lo divino, otros sospechan que la oración sea una mera operación psicológica; algo que quizá es útil, pero no verdadera ni necesaria: y se podría incluso ser practicantes sin ser creyentes. Y así sucesivamente, muchas explicaciones.

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VIDA

Juan 16,5-11

El evangelio nos habla de despedida: “Me voy al que me envió”, de una despedida que a los discípulos les entristece (“la tristeza os ha llenado el corazón”), pero que es necesaria “para que venga a vosotros el Paráclito”.

Jesús se va y el corazón de los discípulos se llena de tristeza. Es normal. Al despedirse Jesús de sus discípulos, obviamente se llenan de tristeza y no entienden que pueda abandonarlos.

Con Jesús habían experimentado la grandeza del corazón-amor de Dios que nos ama más allá de cualquier límite, más allá de todas nuestras miserias. Con Jesús habían abierto el horizonte de sus vidas. Pero ahora se va. Se quedan solos. “Os conviene que yo me vaya, porque si no me voy no vendrá a vosotros el Paráclito”. Jesús promete que les va a enviar su Espíritu. El Espíritu les ayudará a encontrar el camino.

Las palabras de consuelo de Jesús le llevan a asegurar la presencia del Paráclito, el Defensor, a quien muestra como quien viene a sostener a los discípulos, a esclarecer lo que han aprendido y a fortalecerlos en el seguimiento. El Espíritu nos ilumina el horizonte al que nos tenemos que dirigir: el Reino, la fraternidad y la justicia de los hijos e hijas de Dios, donde nadie está excluido. Y nos anima a ir haciendo nosotros el camino, a ir tomando las decisiones que vayan haciendo de este mundo la casa de todos los hijos e hijas de Dios. También el Espíritu nos hará ver claramente cuál es nuestra postura ante la vida y nos descubrirá cómo es nuestro actuar.

Dejémonos iluminar por este Espíritu.

11 mayo 2021

VIDA

Juan 15,26-16,4a     

. A partir de hoy, durante dos semanas, el evangelio nos va a hablar del Paráclito, dirigirá nuestra atención, en las lecturas, en las oraciones, o en ambas, a la vez, hacia el Espíritu Santo.

Ya el evangelio insinúa que la vida no va a ser fácil para los que quieran seguir a Jesús; anuncia a sus discípulos que sufrirán, los expulsarán de las sinagogas, que los amenazarán de muerte, pero que encontrarán fortaleza en el Espíritu Consolador.

, Jesús dice que va a venir el Espíritu sobre los discípulos. Es el Espíritu de la verdad, es el Consolador, es el Defensor. Gracias a la fuerza del Espíritu, no tendrán miedo de nada ni de nadie.

. Pero lo que nos debe preocupar y cuestionar es si realmente estamos siendo fieles al Espíritu. El Papa Francisco pide que revisemos nuestras formas de actuar porque podemos quedar en los estándares de una mera ONG que ciertamente busca hacer el bien pero que no pone en su corazón el Evangelio, sus criterios, sus fuentes y sus opciones.

La piedra de toque será la aceptación del Espíritu. Tendremos que abrir los corazones y dejarnos invadir por el Espíritu.

. Y, muchas veces, las ataduras, lo que nos impide dar testimonio de Jesús y de su buena nueva, no viene de fuera sino de dentro de la comunidad cristiana.

Damos la impresión de que fallamos los mismos cristianos. Se diría que no estamos totalmente convencidos de lo que decimos creer.

. Nos hace falta abrir el corazón a ese Espíritu que nos haga fuertes, que nos convenza de la verdad del Evangelio para que nuestra vida lo proclame en todo momento.  

Necesitamos pedir con fe y confianza ese Espíritu que venga a renovarnos y llenarnos de su impulso para ser fieles a Jesús a pesar de las críticas y las acusaciones. Si sufrimos por el Evangelio, tendremos la consolación del Espíritu que nos traerá la verdadera paz.

EL PAPA EN EL REGINA CAELI

Queridos hermanos y hermanas, ¡buenos días!

En el Evangelio de este domingo (Jn 15,9-17), Jesús, después de haberse comparado a Sí mismo con la vid y a nosotros con los sarmientos, explica cuál es el fruto que dan quienes permanecen unidos a Él: este fruto es el amor. Retoma una vez más el verbo clave: permanecer. Nos invita a permanecer en su amor para que su alegría esté en nosotros y nuestra alegría sea plena (vv. 9-11). Permanecer en el amor de Jesús.

Nos preguntamos: ¿cuál es este amor en el que Jesús nos dice que permanezcamos para tener su alegría? ¿Cuál es este amor? Es el amor que tiene origen en el Padre, porque «Dios es amor» (1Jn 4,8). Este amor de Dios, del Padre, fluye como un río en el Hijo Jesús, y a través de Él llega a nosotros, sus criaturas. De hecho, Él dice: «Como el Padre me ama, así os amo yo a vosotros» (Jn 15,9). El amor que Jesús nos dona es el mismo con el que el Padre lo ama a Él: amor puro, incondicionado, amor gratuito. No se puede comprar, es gratuito. Donándonoslo, Jesús nos trata como amigos —con este amor—, dándonos a conocer al Padre, y nos involucra en su misma misión por la vida del mundo.

Y además, podemos preguntarnos: ¿qué hemos de hacer para permanecer en este amor? Dice Jesús: «Si cumplís mis mandamientos, permaneceréis en mi amor» (v. 10). Jesús resumió sus mandamientos en uno solo, este: «Amaos los unos a los otros como yo os he amado» (v. 12). Amar como ama Jesús significa ponerse al servicio, al servicio de los hermanos, tal como hizo Él al lavar los pies de los discípulos. Significa también salir de uno mismo, desprenderse de las propias seguridades humanas, de las comodidades mundanas, para abrirse a los demás, especialmente a quienes tienen más necesidad. Significa ponerse a disposición con lo que somos y lo que tenemos. Esto quiere decir amar no de palabra, sino con obras.

Amar como Cristo significa decir no a otros “amores” que el mundo nos propone: amor al dinero —quien ama el dinero no ama como ama Jesús—, amor al éxito, a la vanidad, al poder… Estos caminos engañosos de “amor” nos alejan del amor al Señor y nos llevan a ser cada vez más egoístas, narcisistas, prepotentes. La prepotencia conduce a una degeneración del amor, a abusar de los demás, a hacer sufrir a la persona amada. Pienso en el amor enfermo que se transforma en violencia —¡y cuántas mujeres son víctimas de la violencia hoy en día!—. Esto no es amor. Amar como ama el Señor quiere decir apreciar a la persona que está a nuestro lado y respetar su libertad, amarla como es, no como nosotros queremos que sea, como es, gratuitamente. En definitiva, Jesús nos pide que permanezcamos en su amor, que habitemos en su amor, no en nuestras ideas, no en el culto a nosotros mismos. Quien habita en el culto de sí mismo, habita en el espejo: siempre está mirándose. Jesús nos pide que abandonemos la pretensión de dirigir y controlar a los demás. No debemos controlarlos, sino servirlos. Abrir el corazón a los demás: esto es amor, donarnos a ellos.

Queridos hermanos y hermanas, ¿a dónde conduce este permanecer en el amor del Señor? ¿A dónde nos conduce? Nos lo ha dicho Jesús: «Para que mi alegría esté en vosotros y vuestra alegría sea plena» (v. 11). El Señor quiere que la alegría que Él posee, porque está en comunión total con el Padre, esté también en nosotros en cuanto unidos a Él. La alegría de sabernos amados por Dios a pesar de nuestras infidelidades nos hace afrontar con fe las pruebas de la vida, nos hace atravesar las crisis para salir de ellas siendo mejores. Ser verdaderos testigos consiste en vivir esta alegría, porque la alegría es el signo característico del verdadero cristiano. El verdadero cristiano no es triste, tiene siempre esa alegría dentro, incluso en los malos momentos.

Que la Virgen María nos ayude a permanecer en el amor de Jesús y a crecer en el amor hacia todos testimoniando la alegría del Señor resucitado.

ARTÍCULO DE J.A.PAGOLA

AL ESTILO DE JESÚS

Jesús se está despidiendo de sus discípulos. Los ha querido apasionadamente. Los ha amado con el mismo amor con que lo ha amado el Padre. Ahora los tiene que dejar. Conoce su egoísmo. No saben quererse. Los ve discutiendo entre sí por obtener los primeros puestos. ¿Qué será de ellos?

Las palabras de Jesús adquieren un tono solemne. Han de quedar bien grabadas en todos: «Este es mi mandato: que os améis unos a otros como yo os he amado». Jesús no quiere que su estilo de amar se pierda entre los suyos. Si un día lo olvidan, nadie los podrá reconocer como discípulos suyos.

De Jesús quedó un recuerdo imborrable. Las primeras generaciones resumían así su vida: «Pasó por todas partes haciendo el bien». Era bueno encontrarse con él. Buscaba siempre el bien de las personas. Ayudaba a vivir. Su vida fue una Buena Noticia. Se podía descubrir en él la cercanía buena de Dios.

Jesús tiene un estilo de amar inconfundible. Es muy sensible al sufrimiento de la gente. No puede pasar de largo ante quien está sufriendo. Al entrar un día en la pequeña aldea de Naín se encuentra con un entierro: una viuda se dirige a dar tierra a su hijo único. A Jesús le sale de dentro su amor hacia aquella desconocida: «Mujer, no llores». Quien ama como Jesús vive aliviando el sufrimiento y secando lágrimas.

Los evangelios recuerdan en diversas ocasiones cómo Jesús captaba con su mirada el sufrimiento de la gente. Los miraba y se conmovía: los veía sufriendo o abatidos, como ovejas sin pastor. Rápidamente se ponía a curar a los más enfermos o a alimentarlos con sus palabras. Quien ama como Jesús aprende a mirar los rostros de las personas con compasión.

Es admirable la disponibilidad de Jesús para hacer el bien. No piensa en sí mismo. Está atento a cualquier llamada, dispuesto siempre a hacer lo que pueda. A un mendigo ciego que le pide compasión mientras va de camino lo acoge con estas palabras: «¿Qué quieres que haga por ti?». Con esta actitud anda por la vida quien ama como Jesús.

Jesús sabe estar junto a los más desvalidos. No hace falta que se lo pidan. Hace lo que puede por curar sus dolencias, liberar sus conciencias o contagiar su confianza en Dios. Pero no puede resolver todos los problemas de aquellas gentes.

Entonces se dedica a hacer gestos de bondad: abraza a los niños de la calle: no quiere que nadie se sienta huérfano; bendice a los enfermos: no quiere que se sientan olvidados por Dios; acaricia la piel de los leprosos: no quiere que se vean excluidos. Así son los gestos de quien ama como Jesús.

 José Antonio Pagola

Juan 15,9-17

Domingo VI Pascua

9 mayo 2021

VIDA

Juan 15,12-17

Hoy Jesús se acerca a nosotros para proclamar: “Este es mi mandamiento: que os améis uso a otros como yo os he amado”. Si retomamos todos los textos de los evangelios que nos hablan del amor de Jesús, y nos situamos nosotros en el lugar de los favorecidos por este amor, descubriremos cómo es el amor que nos tiene. Se ha hecho hombre por nosotros, se hecho igual a cada uno de nosotros y por eso es capaz de comprender nuestras debilidades y caídas.

Por eso podemos sentir ese amor cercano de Jesús hacia cada uno de nosotros. Su muerte y su resurrección son por amor. No es fatalismo o capricho de los hombres, sino es camino de salvación y de amor. Podríamos hablar de muchas obras de Jesús que nos muestran ese gran amor por nosotros.

. El amor de Cristo es inmenso e incondicional, pero nosotros debemos ser capaces de recibirlo, de abrirnos a ese amor. No podemos estar cerca de él y aislados. No podemos negarnos a recibir su amor.

Pero también, si recibimos ese amor, tiene consecuencias: cumplir sus mandamientos. “amarnos como él no ha amado”; quien ama y recibe el amor de Jesús, con alegría se apresta a vivir sus mandamientos como una consecuencia natural de vivir el amor.

. “Vosotros sois mis amigos…Ya no so llamo siervos… a vosotros os llamo amigos, porque todo lo que he oído a miPadre os lo he dado a conocer”. Quien vive el mandamiento del amor como lo vivió Jesús es su verdadero y auténtico amigo: “vosotros sois mis amigos si hacéis lo que yo os mando”. 

Esta es la verdadera amistad. Esta es la amistad que tenemos que vivir los que nos llamamos discípulos suyos. La práctica del mandamiento nuevo hace nuevo al mundo, lo renueva, lo cambia, lo transforma. La mayor contribución de los cristianos a la sociedad es la vivencia y el testimonio del amor fraterno.

El miércoles, en la catequesis semanal, el Papa hablaba de Oración Contemplativa; hoy podemos aplicarla a lo que nos dice Jesús: “Vosotros sois mis amigos”. Y este es el camino de la oración de contemplación: ¡yo le miro, Él me mira! Este acto de amor en el diálogo silencioso con Jesús ha hecho mucho bien a la Iglesia.